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Infecciones urinarias: Siempre molestas, a veces agudas

Las infecciones del tracto urinario son uno de los problemas infecciosos más frecuentes en las consultas médicas.

  Cuando alguien presenta molestias al orinar (disuria) o siente necesidad de orinar varias veces y en pequeñas cantidades (polaquiuria) se dice que padece una "cistitis", término inadecuado ya que comporta una idea de localización que no siempre es cierta. La disuria y la polaquiruria son síntomas miccionales que pueden deberse a una infección, pero que pueden también presentarse sin infección, motivadas por circunstancias diversas, como una enfermedad de transmisión sexual.

Cuando se afectan la pelvis renal o el parénquima renal (el riñón y el inicio de los uréteres) es más correcto hablar de infección urinaria alta. Alguna cursa con tan escasos síntomas, que pasan desapercibidas durante años y se manifiestan cuando el riñón está ya dañado.

Otras veces (pielonefritis aguda), el cuadro es violento, con fiebre elevada, de subidas y bajadas bruscas, escalofríos y dolor en la región lumbar. Precisa diagnóstico y un tratamiento correcto, para evitar las complicaciones y el nada deseable paso hacia su expresión crónica.

Cuando la infección se localiza exclusivamente en la vegiga y la uretra, estamos ante una infección urinaria baja, que cursa con síntomas miccionales: picor, dolor al orinar; se orina muchas veces y en pequeñas cantidades, y cuando se ha finalizado se tiene la sensación de necesitar orinar nuevamente.

Estas infecciones bajas pueden llegar al riñón convirtiéndose en altas, a través de los uréteres.

Más en mujeres.

La incidencia de infecciones urinarias va ligada a la edad y el sexo. Las mujeres las padecen mucho más hasta llegar a los 55-60 años, si bien en los varones, a partir de los 55 años, experimentan un incremento progresivo, de forma que a edades avanzadas hombres y mujeres muestran estadísticamente la misma proporción. Mientras que de las mujeres adultas, un 20% padecerá infecciones urinarias, en los hombres esta proporción se queda en un irrelevante 0,1%. En las embarazadas, la prevalencia es casi el doble respecto a las mujeres que no lo están.

La mayoría de las infecciones urinarias vienen producidas por gérmenes, bacterias de la propia flora de las heces, que de forma ascendente y por proximidad, van colonizando la vagina, la región periuretral. Es decir, la zona alrededor del meato urinario y, finalmente la uretra, a través de la cual penetran en las vías urinarias. La anatomía del aparato genitourinario es determinante: la uretra femenina es de escasa longitud y está próxima a la región anal y a su flora, por lo que su contaminación es fácil. El responsable más frecuente de estas infecciones es el conocido germen E. coli. En el hombre, el meato uretral está alejado de la región anal, y el trayecto uretral es largo. La flora vaginal de las mujeres fértiles mantiene un pH ácido en la vagina, de efecto desinfectante, que impide la colonización de bacterias como el E. coli. Pero hay factores que alcalinizan el pH y favorecen la infección: las relaciones sexuales, el uso de preservativos y los diafragmas con espermicidas.

El uso de espermicidas en forma de cremas, y la utilización de jabones en la higiene íntima también influyen.

En las mujeres menopaúsicas en tratamiento con estrógenos, éstos acidifican el medio vaginal y tienen un efecto protector. En los hombres, sólo a partir de los 50 años aparecen con frecuencia las infecciones urinarias, debido a que el crecimiento de la próstata estrecha el canal uretral con lo que la orina se remansa y tiene más dificultades para salir. Este remansamiento favorece el desarrollo de gérmenes. Hay otras circunstancias que favorecen estas infecciones: cálculos (la infección predispone a la formación de cálculos y cristales, y éstos a su vez favorecen la infección; debe romperse este círculo vicioso con un tratamiento), reflujos vésico-uretrales, malformaciones congénitas, sondajes exploratorios y la excesiva alcalinización de la orina. En las embarazadas las infecciones urinarias son más frecuentes, por el remansamiento de la orina y por otros cambios durante la gestación, pero lo peor es que las embarazadas muestran presdisposición a la pielonefritis con afectación renal. Por ello, hay que detectar las infecciones al principio del embarazo, mediante análisis de orina.

No a la automedicación.

El diagnóstico y tratamiento de las infecciones urinarias ha de hacerlos un médico. Cuando se produce una recaida y aparecen los síntomas al orinar, muchos enfermos echan mano de la medicación que le recetaron en la ocasión anterior. No siempre la recaida está producida por el mismo germen. Hablamos de recidiva cuando es la misma bacteria la responsable del problema sanitario, y de reinfección cuando son bacterias distinta las causantes. El tratamiento es, en cada caso, distinto. La automedicación es muy desaconsejable, ya que con el tratamiento pueden desaparecer los síntomas mientras permanace la infección. Ello posibilita que la infección se transforme en crónica y llegue a afectar a las vías urinarias altas.

El análisis de orina es imprescindible. La presencia de leucocitos en la orina es un dato valioso, aunque no siempre indica infección. La toma de orina en un frasco estéril que expenden en farmacias y la correcta forma de tomar la orina, desechando las partes inicial y final del chorro, es esencial para la fiabilidad del análisis. El urocultivo, ver qué bacterias crecen y en qué número, así como la realización de un antibiograma y comprobar a qué antibiótico son sensibles los gérmenes, son los pasos para tratar la infección y esterilizar la orina. Una vez completado el tratamiento, hay que hacer controles de la orina a las dos y a las cuatro semanas, para comprobar si la infección ha sido eliminada. Un tratamiento incorrecto facilita nuevos episodios y que los gérmenes desarrollen resistencia.

Ya en otra cuestión, salvo en situaciones especiales, no son necesarios los fármacos para acidificar el pH urinario. Es más, una acidificación excesiva de la orina puede formar cristales y cálculos de ácido úrico. Si las infecciones se repiten, deben practicarse exploraciones para descartar una malformación, cálculos u otra causa que las favorezca.

  • Las infecciones urinarias, siempre molestas, normalmente no tienen repercusiones serias, pero a veces se presentan en forma severa. Y ello entraña cierto peligro.
  • Hasta que superan los 55 años, las mujeres padecen infecciones urinarias con doscientas veces más frecuencia que los hombres. A partir de esa edad, esta desproporción se reduce.
  • No es correcto llamar "cistitis" a las molestias al orinar o a la necesidad de orinar varias veces y en pequeñas cantidades. Pueden deberse a una enfermedad de tranmisión sexual.
  • Ante estos síntomas, hay que acudir al médico. Y llevar el tratamiento prescrito. Evitemos la automedicación. La infección podría estar causada por gérmenes distintos de los de " la vez anterior", y el tratamiento sería inadecuado. La infección podría hacerse crónica.
  • La flora vaginal de las mujeres fértiles mantiene un pH ácido en la vagina, lo que tiene un efecto desinfectante que impide la colonización de bacterias. Pero hay factores que alcalinizan el pH y favorecen la infección: relaciones sexuales, uso de preservativos y diafragmas con espermicidas. El tratamiento con estrógenos (normalmente en mujeres tras la menopausia) acidifica el medio vaginal y tiene un efecto protector ante las infecciones urinarias.

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