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: No podemos conformarnos

Un año más, un centenar de familias de nuestro país marcarán la Semana Santa en su particular calendario de tragedias. Han perdido a una o varias de sus personas más queridas y necesarias, muertas en accidente de tráfico mientras iban o regresaban de sus lugares de destino vacacional.

Estamos ante un problema endémico, cuya resolución, siquiera parcial, requiere imaginación, compromiso social e intervención en muchos frentes. Es hora de pensar en medidas drásticas, como el reparto de periodos vacacionales a lo largo de todo el año, o la flexibilidad en las empresas para salir y regresar unos días antes y/o después de las fechas más frecuentes. Nos ahorraríamos muchas muertes.

La Administración, de su parte, podría mejorar la seguridad (construcción, mantenimiento y señalización ) de las carreteras, gestionar más eficazmente la circulación en las carreteras conflictivas, proporcionar un sistema de información a los usuarios que funcione de verdad -con exactitud y proponiendo rutas alternativas- en los momentos de más tensión, instruir a los ciudadanos desde la infancia en la moderación al volante y en el respeto a las normas de tráfico, reducir coyunturalmente las velocidades máximas, endurecer las sanciones a las infracciones inadmisibles, fletar transporte público competitivo (tren, buses, aviones, …) durante esas fechas a los destinos más concurridos, liberar de peaje las autopistas durante las operaciones salida y regreso, ….

Y nosotros, los ciudadanos, también podemos contribuir. En primer lugar, conduciéndonos bien, atenta y racionalmente, en la carretera. Si optamos por periodos vacacionales distintos de los tradicionales; si al decidir a dónde vamos y a qué hora salimos en nuestros días de ocio, incorporamos la variable de «¿cuánto tráfico hay?»; si, cuando realizamos viajes largos, nos permitimos los descansos necesarios y elegimos recorridos alternativos a los habituales, estamos colaborando en que se reduzca el número de accidentes. Este goteo de muertes que mancha indeleblemente nuestras carreteras cada verano, cada puente, cada Semana Santa, es tan dramático como inaceptable. Cualquier medida, institucional o desde nuestro propio ámbito privado, que reduzca esta sangría hemos de mirarla con buenos ojos, aunque suponga cambios que nuestras muchas inercias rechacen en un principio. Las muertes de esta última Semana Santa han de ser suficiente aliciente.

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