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Hoy más que nunca, la lectura corre el riesgo de ser vista por los niños como una imposición más de padres y profesores
El chaval puede crecer sin el hábito de dedicar parte de su tiempo a sumergirse en las letras y a enfrentarse con fascinantes aventuras en los mares del sur. Es precisamente en la primera década de la vida cuando las personas pueden adquirir este hábito; en esos diez años se tiene la oportunidad de asimilar para siempre el placer de leer como una necesidad consentida y deseada. Los pedagogos afirman que se aprende a disfrutar de la lectura y, por lo tanto, hay que ser conscientes de que se trata de algo que se puede enseñar. Para ello, es básico el núcleo familiar. Enseñar a leer es la asignatura que los padres deben transmitir a sus hijos, teniendo en cuenta siempre su carácter, motivación, apetencias e intereses. En definitiva, el reto es estimular la curiosidad por los libros.
La oferta de literatura infantil y juvenil es muy variada. Mantenerse al día es difícil y, en ocasiones, son los propios niños los que demandan títulos o colecciones concretas que se ponen de moda. Y es que, en España, según los últimos datos de la Federación de Editores, se pusieron a la venta 18.145 títulos de literatura en 1999, de los que más de la mitad correspondían títulos infantiles o juveniles.
Escritores consagrados han tenido siempre una inclinación por añadir a su obra libros dirigidos a niños y jóvenes. Roald Dahl y Bernardo Atxaga son dos ejemplos de escritores fundamentalmente de obras infantiles y juveniles, aunque sus libros son leídos en todas las edades. Pero también autores tan serios como Graham Greene (Todo marcha sobre ruedas), Ana María Matute (Todos mis cuentos), Rosa Montero (Las barbaridades de Bárbara), Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y Rafael Alberti (Mi primer libro de poemas), Lewis Carroll (Alicia en el País de las Maravillas), Kipling (El libro de la selva), Carmen Martín Gaite (Caperucita en Manhattan), Manuel Rivas (Bala perdida), Tolstoi (Cuentos para niños), Pedro Antonio de Alarcón (Historietas nacionales), Carlos Dickens (Las recetas del doctor Mari Gold), Emilia Pardo Bazán (Cuentos) o Becquer (Las leyendas) han completado sus colecciones con obras dirigidas a los más pequeños.
No en vano, obras maestras de la Literatura Universal se corresponden al género infantil y juvenil. Es el ejemplo de La Isla del Tesoro (Stevenson), Tom Sawyer (Mark Twain), La historia interminable (Michael Ende), El Señor de los Anillos (Tolkien), Don Camilo (Guareschi), El Principito (Antoine de Saint-Exupéry), Adiós cordera (Leopoldo Alas Clarín), Las aventuras de Zalacain el Aventurero (Pio Baroja), Corazón (E. de Amicis), La abeja Maya (Bonsels), Peter Pan (Barrie), Emilio y los detectives (Kaestner) o La llamada de la selva (Jack London). Entre todos ellos conforman una sopa de letras de lo más apetecible.
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