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Las fracturas y la pérdida de calidad de vida son las principales consecuencias de las caídas de las personas mayores de 65 años, un problema ante el que la prevención es la mejor fórmula
Las caídas no saben de edades, pero la frecuencia y la gravedad de sus efectos crecen cuando la persona envejece. Así, cerca de la tercera parte de las mujeres mayores de 65 se caen cada año, mientras que el 6% sufre fracturas como resultado de la caída. A partir de esta edad el riesgo de caerse, tanto en hombres como en mujeres, es mayor, más aún en el propio hogar, donde el 30% de los mayores de 65 años sufren una caída anual en su domicilio, porcentaje que asciende de manera notable a medida que aumenta la edad, superando el 50% a los 80 años.
Estas caídas tienen múltiples consecuencias en los ancianos: desde traumatismos leves a fracturas importantes e, incluso, la muerte. De entre todas ellas, la fractura de cadera es una de las consecuencias más graves asociadas a las caídas. Cada año se registran en España más de 61.000 fracturas de cadera, una cifra entre un 25% y un 30% superior a la de hace unos años. La "Guía de buena práctica clínica en geriatría. Anciano afecto de fractura de cadera", de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG) asegura, además, que el 33% de los pacientes fracturados ya han sufrido con anterioridad una rotura previa. Y la tendencia es que esta cifra vaya al alza.
Por detrás de la fractura de cadera (50%) se encuentra la de cabeza y cara (24%), mano (10%), hombro (9%) y tobillo (9%). En conjunto, entre el 20% y el 30% de las personas afectadas sufren lesiones que merman su movilidad e independencia, con un riesgo de fallecimiento prematuro, según datos divulgados en la "Segunda Jornada de movilidad, caídas y ejercicio físico en las personas mayores", organizada por el Colegio de Fisioterapeutas de Cataluña, del Instituto del Envejecimiento y la Escuela Universitaria de Enfermería y Fisioterapia Blanquerna, celebrada en Barcelona el pasado mes de febrero.
El principal problema es que aunque la mayoría de las fracturas no son graves y el paciente se recupera, estas personas que ya han soportado una caída se convierten en ancianos frágiles con riesgo de caerse en más ocasiones: si sufren más de tres caídas al año, su pronóstico empeora, y los datos indican que la tercera parte precisa hospitalización, ingresa en una residencia o fallece en el año siguiente. Las consecuencias, sin embargo, no se limitan al plano físico, ya que también pierden la confianza en sí mismos, restringen su actividad física para evitar caerse de nuevo y tienden al aislamiento social.
El estudio llevado a cabo por el equipo de la especialista Sonia De Santillana Hernández, con una muestra de casi 1.000 pacientes hospitalizados entre 2000-2001 por una caída, detalla varios de los mecanismos que precipitan a los ancianos al suelo.
El 39% cayeron por un resbalón debido a la humedad en el suelo de la cocina o el baño, por no observar un escalón o rampa para bajar, pisar una piedra, pasto o lodo, así como una cáscara de un alimento o un jabón en un patio, la cocina o el baño, el uso de zapatos de suela lisa o por intentar sentarse en la cama, una silla o el sillón. Un 27% tropezó con distintos muebles (sillón, cama, mesa o silla), con el bastón, el andador, una alfombra o tapete, al enredarse el pie con una tela o plástico, o meterlo en un hoyo. El restante 23% sufrieron pérdida del equilibrio por causas tan diversas como un empujón, un mareo, pérdida de fuerza en las extremidades inferiores o el consumo de bebidas alcohólicas.
De la misma forma que los mecanismos que conducen a las caídas son numerosos, también lo son los factores de riesgo. Las caídas, según la SEGG, están consideradas un síndrome geriátrico, es decir, un problema multifactorial. De hecho, pueden ser la primera señal de una enfermedad que aún no se ha detectado y, cuando se producen de forma repetida, conducen al deterioro funcional de la persona.
Estudios científicos han hallado factores de riesgo intrínsecos, es decir, del propio paciente, que pueden favorecer una caída. Entre ellos se incluyen: caídas previas, sufrir más de una enfermedad crónica y precisar más de un tratamiento, tomar ciertos fármacos (antidepresivos), tener más de 80 años, hipertensión e hipotensión, osteoporosis, ictus, discapacidad para deambular (problemas de marcha y de equilibrio debidos, por ejemplo, al Parkinson) y discapacidad visual.
Las caídas pueden ser la primera señal de una enfermedad que aún no se ha detectado
De todos estos factores destaca la osteoporosis (pérdida de densidad mineral ósea), un problema que aumenta con la edad y, en especial, en las mujeres después de la menopausia. Por esta razón, es conveniente que las personas con riesgo de sufrir osteoporosis se sometan a una densitometría ósea, una exploración para determinar el estado de sus huesos, y, si es necesario, comiencen un tratamiento farmacológico para frenarla. Cabe recordar que en ocasiones el anciano sufre primero la fractura osteoporótica y después la caída y que, otras, se cae primero y después se fractura.
Otro factor de gran relevancia es el número de caídas previas. En el estudio LASA, realizado en Amsterdam durante diez años, con una submuestra de 1.374 participantes de 75 años de media, se vio que un 33% había sufrido al menos una caída, el 22% una sola caída y el 11%, varias. Las fracturas fueron más frecuentes en los que sufrieron varias caídas que en los que tuvieron una o ninguna. Y las caídas repetitivas fueron más frecuentes en hombres que en mujeres.
Una iluminación deficiente, sillas demasiado bajas, alfombras sueltas o la presencia de barreras arquitectónicas y obstáculos tanto en el domicilio como en la vía pública son algunos de los factores externos que más influyen en el riesgo de caídas. Cuando se unen a los intrínsecos, las probabilidades de que se produzca una caída accidental se multiplican. Hay que identificarlos bien para poder contrarrestarlos de manera adecuada.
Aunque la eficacia de la fisioterapia todavía no está validada al 100%, algunos estudios empiezan a señalarla como ventajosa en estas situaciones. Así lo demuestra una investigación realizada con 105 residentes de la residencia Claror, de Barcelona. Los participantes se sometieron a una intervención de fisioterapia durante seis meses, tras los cuales fueron evaluados con el Test de Tinetti, que comprueba el equilibrio estático (cuando una persona está de pie y quieta) y dinámico (al andar).
Después de ese semestre, se constató que el 51% de los residentes mejoraron, el 23% se mantuvieron y el 27% empeoraron. Mejorar el Test de Tinetti significa mejorar la marcha y el equilibrio y, por lo tanto, disminuir el riesgo de caídas. Y el empeoramiento de parte de los residentes es normal y atribuible al inevitable proceso de envejecimiento, pero no a la intervención de fisioterapia.
Fuente: Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), Belén Requena (fisioterapeuta de la Residencia Claror) y elaboración propia
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