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Siempre que las respuestas de estrés se repiten con mucha frecuencia o intensidad, el organismo encuentra dificultades para recuperarse y se manifiestan trastornos médicos y psicológicos asociados
Raro es el día en que la palabra estrés no forme parte de nuestro vocabulario habitual. Algunos expresan así sus penas laborales, otros lo hacen para pedir ayuda y muchos más de los que pensamos recurren a este vocablo para despertar admiración: "qué persona más exitosa y ocupada", es su frase. En lo que casi todos coinciden, sin embargo, es en que el nivel de estrés actual está por encima del deseable. Pero, ¿las personas que dicen estar estresadas lo están de verdad? Se vive una situación de estrés cuando una persona percibe que las demandas de su entorno y los retos que se ha impuesto superarán sus capacidades para afrontarlos con éxito y que esta situación pondrá en peligro su estabilidad. Es decir, cuando anticipamos el fracaso y no nos conformamos (y cuando lo hacemos solemos deprimirnos), tendemos a estresarnos.
El estrés se ha convertido en un compañero de viaje habitual en nuestras vidas. No sólo no puede evitarse, sino que facilita la adaptación a cualquier cambio que irrumpa en nuestro entorno. Esta forma de reaccionar ante problemas, demandas y peligros, viene predeterminada por una actitud innata de lucha/huida heredada de nuestros antepasados: sobrevivieron aquellos que, ante situaciones amenazantes para su integridad física (ver un enemigo) o que informaban de la posibilidad de obtener un beneficio (cobrar una presa), mejor activaban su organismo. Dilatación de pupilas para aumentar la visión periférica y permitir una mayor entrada de luz en la oscuridad, músculos tensados para reaccionar con más velocidad y fuerza, aumento de la frecuencia respiratoria y cardiaca para mejorar la oxigenación y aportar mayor flujo de sangre al cerebro y al resto de órganos vitales, son algunos de los cambios que les proporcionaba una clara ventaja sobre sus enemigos y sus presas.
Este complejo mecanismo de adaptación se ha perpetuado hasta nuestros días gracias a la selección natural. Si bien en la actualidad los peligros han cambiado de tercio, seguimos recurriendo a este recurso para garantizar el éxito en nuestra adaptación a las constantes alteraciones de nuestro entorno. Una mayor activación fisiológica y cognitiva nos permite percibir mejor y con más rapidez la situación, seleccionar la conducta más adecuada y llevarla a término de la forma más rápida e intensa posible.
Pero el inconveniente de este fabuloso mecanismo de adaptación es que genera un importante desgaste del organismo y un alto consumo de energía, por lo que es necesario desarrollar unos cuidados y un periodo de recuperación del que no siempre somos conscientes.
Siempre que las respuestas de estrés se repiten con mucha frecuencia o intensidad, o durante un prolongado periodo de tiempo (estrés crónico), el organismo encuentra dificultades para recuperarse y se manifiestan trastornos médicos y psicológicos asociados. Algunos autores llegan a considerar el estrés como causa directa o indirecta de más del 75% del total de consultas médicas.
La dificultad para detectar las señales de estrés y 'desactivarlas' para prevenir daños al organismo es cada día más habitual. Uno de los motivos es que nos hemos ido acostumbrando a un ritmo de vida acelerado que consideramos imprescindible para tener éxito, es decir, una conducta ocasional se convierte en un estilo de vida. Las respuestas de estrés también son "desadaptativas" cuando una situación no requiere un nivel tan elevado de activación e interfiere en la emisión de una respuesta adecuada, y el nivel de activación se mantiene (no 'desconectamos') a pesar de que la situación estresante ha desaparecido.
A todo ello hay que añadir que nos encontramos estresados cuando aparecen consecuencias negativas desde el punto de vista médico y psicológico, como aumento de la presión arterial y de la frecuencia cardiaca, liberación de triglicéridos y colesterol en plasma, irritación gástrica, supresión del apetito y desarrollo de sentimientos asociados a depresión, indefensión, o de desesperanza y de pérdida de control.
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