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Queso rallado : Queso rallado: el mejor no siempre es el más caro

Los quesos rallados nos permiten ahorrar tiempo y esfuerzo, pero conviene prestar atención porque podemos encontrar grandes diferencias entre ellos. A continuación, mostramos algunas claves para conocer este producto.

El queso es uno de los alimentos que no suele faltar en la cesta de la compra. Para hacernos una idea, cada persona consumió 7,8 kg de queso en España durante 2019. Es decir, una cantidad equivalente a casi ocho piezas de queso curado de un kilo cada una o a unas 53 bolsas de queso rallado. Este elevado consumo se debe entre otras cosas a que se trata de un alimento muy versátil. Por ejemplo, es habitual comerlo en trozos o en lonchas acompañado de un poco de pan, pero también solemos darle muchos otros usos: lo empleamos en postres, sándwiches, tostas o en recetas de carne, como hamburguesas, sanjacobos o cachopos. Aunque si hablamos de platos calientes, sin duda las recetas en las que utilizamos queso con más frecuencia son las pizzas y la pasta.

En estos platos solemos emplear queso rallado para cubrir la superficie y gratinar (como en una pizza o una lasaña), o bien, queso en polvo para mezclar con el alimento (como en unos espaguetis). Para ello podemos utilizar una pieza de queso y rallarla directamente en el momento, o comprar una bolsa de queso rallado. Esta última opción es muy habitual, sobre todo porque nos permite ahorrar tiempo y esfuerzo. Pero si nos decidimos por ella debemos prestar atención, porque existen notables diferencias entre los distintos productos.

No es queso todo lo que parece

A primera vista todos los quesos rallados pueden parecer similares. Quizá las diferencias más importantes se encuentran en cuestiones como el precio, la marca, el diseño del envase o la variedad de queso, por ejemplo, si se trata de emmental o de una mezcla de cuatro quesos. Pero antes de fijarnos en esos detalles deberíamos tener presente un aspecto más relevante: las diferentes categorías comerciales que existen. En este grupo de productos podemos distinguir tres tipos:

  • Queso. Es lo que normalmente esperamos encontrar cuando adquirimos estos productos. Se trata simplemente de queso que ha sido rallado para obtener así esas pequeñas virutas con las que preparamos diferentes recetas. Se elabora a partir de leche, gracias a la coagulación que se produce por la acción del cuajo o de otros coagulantes permitidos. Además de leche –ya sea entera o desnatada total o parcialmente–, se pueden emplear otros ingredientes lácteos, como nata, suero de mantequilla o una mezcla de algunos o de todos ellos, siempre que la relación entre la caseína (la principal proteína de la leche) y las proteínas del suero (líquido que se desprende después de la coagulación) sea igual o superior a la de la leche.
  • Queso fundido. Este producto no es queso, sino queso que ha sido sometido a un proceso de fusión. Concretamente se obtiene a partir de la transformación del queso mediante diferentes procedimientos. Normalmente se muelen uno o varias variedades, se mezclan entre sí o con otros ingredientes, se funden y se emulsionan, es decir, se amasan o se baten hasta obtener una mezcla homogénea. Se pueden añadir leche o productos lácteos –por ejemplo, suero lácteo, nata o mantequilla– y otros ingredientes permitidos, como colorantes, potenciadores del sabor o sales fundentes.
  • Sucedáneos de queso. Son todos los productos que parecen queso o queso fundido, pero no encajan en ninguna de esas dos categorías porque no cumplen los requisitos necesarios para ello. Suele tratarse de productos compuestos principalmente por una mezcla de grasas o aceites a los que se añaden una pequeña proporción de queso y otros ingredientes. Es decir, se trata de productos de baja categoría comercial y que son más baratos que los anteriores. El principal problema es que su envase puede despistarnos. Por ejemplo, suelen mostrarse palabras como “sándwich”, “pizza” o “burger”, junto a imágenes de esos alimentos, de modo que si no leemos la etiqueta con atención podemos acabar metiendo en la cesta de la compra algo que no tiene mucho que ver con lo que queríamos comprar, dada su escasa proporción de queso.

Para saber de qué tipo de producto se trata es importante leer la denominación legal de venta, que normalmente se muestra encima de la lista de ingredientes. Entre los productos analizados no se incluyó ningún sucedáneo de queso porque es poco frecuente encontrarlo en el supermercado. Lo que sí hay entre los productos seleccionados son dos quesos fundidos (El Caserío Filatto y El Caserío en polvo), mientras que el resto son quesos. En estos últimos la denominación de venta también nos ofrece información importante acerca de la variedad de queso, que es un factor clave, ya que determina las características del producto: composición, sabor, aroma, textura, precio…

Análisis

Para realizar esta guía de compra se seleccionaron quesos rallados o en polvo elaborados por marcas líderes en el mercado, en los que se analizó principalmente:

  • Los ingredientes. Para conocer la calidad comercial, especialmente en lo que respecta al contenido de leche y al tipo de queso.
  • Puntuación Nutri-Score. La valoración viene determinada por el aporte de calorías y la cantidad de grasa, proteínas y sal.
  • La información comercial. Analizamos si aporta información de valor o si esta puede resultar confusa o llevar a engaño al consumidor.
  • Precio. No fue un criterio para evaluar la calidad, pero la relación calidad-precio se ha tenido en cuenta para las posiciones del ranking.
  • El etiquetado. Se analizó si cumple la legislación vigente.

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