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: Alergias desde la cuna

Uno de cada 10 menores en edad escolar presenta alguna reacción adversa a los alimentos. Muchos de estos síntomas desaparecen con la edad, pero algunos pueden ser tan graves que resulta perentorio diagnosticarlas cuanto antes y saber cómo actuar ante un shock anafiláctico.

Cómo debemos actuar

La primera medida que se toma ante una alergia alimentaria es evitar el alimento que la provoca. Ahora bien, esta decisión corresponde al profesional. “Nunca debemos quitar un alimento porque sí, solo porque pensemos que le ha sentado mal al niño. Es algo que muchos adultos hacen: por ejemplo, prescinden del gluten o de la leche. Pero, con ellos, todo lo que se haga debe ser meditado, sopesado; no podemos olvidar que se trata de organismos en crecimiento que van a necesitar muchos nutrientes. Y eliminar alguno de ellos puede tener consecuencias”, advierte Echeverría.

  • En los casos de alergias severas, en las que ya se sabe que el consumo del alimento, por mínimo que sea, puede provocar reacciones gravísimas, el médico ya habrá informado a la familia de qué alimento o grupo de alimentos debe evitar, y también de qué actitud se debe tomar ante una transgresión.
  • Un problema de todos. Es fundamental que todos los adultos del entorno del niño, desde sus familiares a cuidadores y profesores, aprendan a manejar las alergias alimentarias, a reconocer sus síntomas y cómo responder ante una crisis anafiláctica. Pero es igualmente decisivo que el niño conozca este riesgo y que se le entrene en evitar el alimento.
  • Reacciones alérgicas. La mayoría se produce de forma accidental fuera del hogar, y especialmente cuando se rompen las rutinas: fiestas de cumpleaños, extraescolares, excursiones… En las mesas con muchos alimentos y diferentes elaboraciones puede estar oculto el peligro. Por tanto, hay que contar con un plan de emergencia. Se trata de tener previsto qué hacer en caso de ingestión accidental: teléfonos de emergencia, centros hospitalarios próximos, medicación… Ante un niño con una alergia alimentaria, el adulto no puede correr el riesgo de quedarse parado sin saber cómo reaccionar.
  • Ante una ingestión accidental, la actuación variará dependiendo de la situación. Si los síntomas son leves, puede que sea suficiente con administrar antihistamínicos. “Pero aquellos niños con riesgo de una reacción anafiláctica deberán llevar siempre un autoinyector de adrenalina: les salvará la vida. Y no solo es llevarlo, sino saber usarlo. En el 70% de las muertes por anafilaxia, o no tenían a mano la adrenalina o la administraron mal. Hay que vigilar que no se caduque y entrenarse”, insiste Echeverría.
  • Cuidado con las trazas. La reacción alérgica no va a depender de la cantidad ingerida, sino de cómo sea el niño de sensible a ese alérgeno. Es posible que aparezcan síntomas con cantidades muy pequeñas, lo que se conoce como trazas. Por eso, en la actualidad, el etiquetado alimentario obliga a advertir de la presencia de trazas.

¿Es posible el tratamiento? 

La mayoría de los niños con alergias al huevo y a la leche las superan de forma espontánea antes de los tres años. Pero no siempre sucede así y, dado que ambos alimentos son básicos en la dieta y su ausencia puede afectar a la calidad de vida de los pequeños, existen programas de desensibilización. Con ellos, se busca lograr que el niño pueda tomar estos alimentos o, al menos, que sea capaz de tolerar la ingesta de pequeñas cantidades; de esa forma se evita el riesgo de una reacción grave por un consumo accidental (como cuando se toma una salsa en la que había trazas de huevo). La desensibilización consiste en ir dando mínimas cantidades del alimento problemático para aumentar la dosis hasta llegar a una ración normal para su edad. Este proceso debe hacerse siempre a nivel hospitalario y bajo la vigilancia de expertos en alergología. Al terminar el tratamiento, el niño podrá consumir un vaso de leche (200 ml) al día o un huevo cada dos días.

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