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Real Academia Española : Sobre los cimientos de la palabra

A la vera de Los Jerónimos y del Museo del Prado se encuentra la sede principal de la Real Academia Española, un edificio construido ex profeso para esta institución que el año que viene cumplirá tres siglos.

Limpia, Fija y da Esplendor

La RAE se fundó en 1713 por iniciativa del marqués de Villena. Un año después, una Real Cédula de Felipe V aprobó que la Academia redactara sus estatutos y concedió a los académicos los mismos privilegios y ventajas que gozaba la servidumbre de la Casa Real. En su fundación, el objetivo de la RAE fue «fijar las voces y vocablos de la lengua castellana en su mayor propiedad, elegancia y pureza». No en vano, su escudo tiene inscrita la leyenda Limpia, Fija y da Esplendor. Hoy, la misión de la RAE es «velar porque los cambios que experimente la Lengua Española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico».

Letras con mucho talento, trabajo y conocimiento

La espina dorsal de la RAE son los académicos de número. Son 46, incluido su director, y cada uno de ellos tiene asignado un sillón con una letra mayúscula o minúscula del alfabeto. Por ejemplo, Mario Vargas Llosa es la «L» mayúscula y Margarita Salas la «i» minúscula. Cada candidato a la Real Academia, siempre por fallecimiento de otro académico ya que el cargo es vitalicio, debe ser presentado al menos por tres académicos de número y obtener la mitad más uno de los votos. Los académicos, dependiendo de su especialidad, se dividen en pequeños grupos llamados comisiones, como la de Vocabulario científico y técnico, Gramática, Ciencias Humanas, Información Lingüística, etc. Cada comisión elabora sus trabajos y los propone semanalmente en el Pleno.

Palabras que fluyen en una atmósfera particular

Todos los jueves, religiosamente de 19:30 a 20:30, los académicos de número acuden a este Pleno. Si llegan antes, quizás tengan tiempo de leer la prensa, tomarse un café o charlar en la Sala de Pastas. En el vestíbulo del Salón de Plenos se encuentran los percheros, dedicados también a cada uno de los académicos y etiquetados por orden de antigüedad. El más veterano es Martín de Riquer, que ingresó en 1965. Dentro, las sillas se disponen en torno a una mesa ovalada. A las pupilas les cuesta adaptarse a la escasa luz reinante en el resto de la sala, así que la atención se centra en la mesa, en los rostros y, sobre todo, en las palabras. Las comisiones y el pleno, junto con el Instituto de Lexicografía y las propuestas de académicos de las restantes veintiuna academias de la Lengua Española, como la colombiana, mexicana, filipina, etc., fraguan la obra más conocida de la RAE: el Diccionario de la Lengua Española. Además de esta Biblia del idioma español, la institución publica otros diccionarios especializados y ediciones conmemorativas de grandes obras literarias.

Paraíso de los bibliófilos

En la planta baja los techos sin fin y la madera envuelven otra sala, decorada con los retratos de los directores de la RAE a lo largo de los siglos. En la primera planta se encuentran los legados de Dámaso Alonso y Rodríguez Moñino, dos exquisitas bibliotecas particulares que cedieron a la Academia y que suman cerca de 60.000 volúmenes. El Salón de Actos, que rezuma solemnidad, con las coloridas vidrieras dedicadas a la poesía y la elocuencia, es el escenario de las ceremonias de ingresos y las presentaciones de obras.

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