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: Obesidad infantil: el gran desafío en el hogar

La familia es fundamental para extender los hábitos saludables entre los más pequeños. Sin embargo, con una sociedad cada vez más estresada y con largas jornadas laborales, a los progenitores no les queda mucho tiempo para planificar menús, hacer la compra o cocinar. Analizamos los principales obstáculos y retos con los que se encuentran los padres para combatir el sobrepeso y la obesidad de sus hijos.

“Necesitaríamos un siglo para volver a las cifras de obesidad infantil de 1984”

Carlos Casabona, pediatra y divulgador

Lleva más de 30 años atendiendo una consulta de pediatría. Un tiempo que le ha permitido ver en primera fila todos los cambios –demográficos, sociales, económicos y culturales– que han favorecido el auge de la obesidad infantil. Carlos Casabona no vacila en denunciar los factores que están detrás de esta epidemia. De entre ellos, destaca que “las decisiones de las familias a la hora de elegir los alimentos están muy condicionadas por el influjo de la industria alimentaria y el poder de la publicidad”. 

¿Por qué a los padres y madres les cuesta elegir productos saludables? La disponibilidad de alimentos saludables fuera de casa es escasa y poco asequible. Si salimos de viaje, ni en las estaciones de tren, ni en el avión ni en gasolineras vamos a encontrar a un precio razonable fruta fresca entera. En los restaurantes, el postre que ofrecen son flanes, natillas, mousses… Y, además, es muy dificil obviar la publicidad.

¿Y en la compra en el supermercado? Estamos bombardeados por alegaciones de salud en productos que no son saludables. Bollos con alto contenido en hierro, cacaos vitaminados que, combinados con leche, “te dan fuerza y energía…”. Estos mensajes dificultan que conozcamos el verdadero contenido del producto.

¿Los progenitores no están más informados que antes? Sí, pero no es suficiente. Las familias ya saben que la bollería industrial y los refrescos no son saludables; a partir de ahí, actúan en consecuencia. Pero siguen confundiéndose con los cereales mal llamados “de desayuno”. Los menores están condicionados por los dibujos del envase y los regalos; los padres, por la información de vitaminas y minerales, sin darse cuenta de su gran cantidad de azúcar. Otro problema lo encontramos en los lácteos que “ayudan a las defensas”, los yogures azucarados “con sabor” a fruta…

Cuando en consulta les hablan de todo esto, ¿qué responden los padres? Dicen que sus hijos comen muy bien porque no toman bollería industrial. No se dan cuenta de que se están metiendo calorías líquidas en los zumos, en los lácteos azucarados, azúcar y fécula en el jamón de york… En alimentos que, además, no les quitan el hambre, porque luego deben tomarse el bocadillo.

¿Influye la condición socioeconómica de los padres? Sí. Lo vemos en el estudio Aladino. Entre el 70 y el 80% de niños con obesidad pertenecen a clases bajas. Tienen menos acceso a la información de calidad y poco tiempo en el centro de salud para las revisiones. Tienen menos recursos económicos y culturales.

¿Qué es el “aburrimiento económico”? Hay familias que no tienen opciones de ocio saludable. Ni montar en bici, hacer una excursión al campo, extraescolares… Muchas de ellas solo tienen como recurso lúdico la comida. Comer da placer, y se compran unas bolsas de cruasanes, o de ganchitos.

¿Es imposible comer sano y barato? Es difícil, a menos que sigas una alimentación muy repetitiva. La fruta de calidad, quitando manzanas Golden, plátanos de oferta y peras, está cara siempre. La carne y el pescado de calidad, lo mismo. Y lo no saludable es muy barato. Pero, además, está la saciedad. Un kilo de galletas cuesta un euro y tiene 4.000 calorías; uno de tomates también cuesta un euro, pero tiene 200 kcal.

¿Qué implica el que ambos progenitores trabajen fuera de casa? Hay que integrarlo en el entorno socioeconómico. Si tienes pocos recursos y, además, te pasas el día trabajando fuera de casa, cuando llegas lo último que puedes hacer es ir a hacer la compra, preparar un sofrito, cocinar a fuego lento… Y ahí entra la industria, que ha conseguido elaborar productos sabrosos, preparados, saciantes y baratos. Si no tienes tiempo, harás croquetas congeladas que solo llevan patata, o tirarás de un bote de tomate frito que lleva mucho azúcar. Los últimos estudios reflejan un estancamiento en las cifras de obesidad infantil, incluso de un descenso… Era imposible ir a peor. En los últimos años, solo han bajado un punto. Eso significa que necesitaríamos un siglo para volver a las cifras de 1984 [un 3% de obesidad infantil, actualmente es del 40%]. Es un problema estructural.

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