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: Obesidad infantil: el gran desafío en el hogar

La familia es fundamental para extender los hábitos saludables entre los más pequeños. Sin embargo, con una sociedad cada vez más estresada y con largas jornadas laborales, a los progenitores no les queda mucho tiempo para planificar menús, hacer la compra o cocinar. Analizamos los principales obstáculos y retos con los que se encuentran los padres para combatir el sobrepeso y la obesidad de sus hijos.

La educación de los padres

Los resultados del estudio Infancia y futuro: nuevas realidades, nuevos retos, realizado por el Observatorio de la Infancia, sugieren que los niños cuyos padres han terminado la secundaria tienen menos probabilidad de tener obesidad, especialmente si los padres –y, en concreto, la madre– tienen estudios universitarios. Las distintas investigaciones apuntan que es el nivel cultural de la madre el que más cuenta, posiblemente porque sigue siendo ella la que gestiona las comidas en el hogar. En este sentido, un proyecto reconocido por el Ministerio de Sanidad con el premio Estrategia NAOS y coordinado por la doctora Etelvina Suárez, jefa de Pediatría del Hospital San Agustín de Avilés, encontró que “a menor grado de instrucción de la madre –el padre, curiosamente, no influía– mayor era el porcentaje de niños con sobrepeso”.

Pero, ¿es tan importante la educación nutricional? Si tenemos en cuenta el consumo de alimentos saludables por tipo de familias, los hogares con hijos pequeños son los que comen menos cantidad de fruta (47,3 kilos por persona al año), según el Informe de Consumo Alimentario en España 2019. Los jubilados, sin embargo, casi multiplican por cuatro este consumo (174,4 kilos por persona al año). Es decir, los hábitos siguen siendo muy importantes a la hora de elegir los alimentos más saludables y, por eso, las generaciones más mayores, que han crecido en una época con menos opciones de alimentos industriales, son los que mayores cantidades de frutas y verduras consumen.

Un factor añadido

El estudio Infancia y futuro también revelaba que “el porcentaje de niños de origen inmigrante que presentan problemas de obesidad es superior al de niños autóctonos (21 y 16%, respectivamente). Si controlamos el efecto de otras características sociodemográficas, los niños de cinco a 10 años de origen inmigrante presentan un riesgo casi un 80% más alto de padecer obesidad que los hijos de padres españoles. Estos tres factores, apunta el pediatra Carlos Casabona, a menudo se imbrican entre sí: “Nos encontramos a personas que vienen con múltiples condicionantes: a menudo no tienen una buena educación sanitaria y proceden de países en los que no hay tanta oferta alimentaria. En consulta veo más obesidad en clases con menos recursos, tanto económicos como culturales”. Todo esto se suma a que, en las familias con menos recursos, los alimentos insanos como los refrescos azucarados o las hamburguesas, son vistos muchas veces como un premio, al no poder permitirse otros caprichos.

El consejo profesional

¿Quién decide lo que debe comer un niño? La influencia del profesional de la salud (pediatra, enfermera pediátrica o dietista-nutricionista) disminuye a medida que el niño crece. Es decir, pedimos consejo y seguimos sus instrucciones cuando es un bebé, pero alrededor del año de vida es un momento de especial riesgo nutricional, al disminuir la influencia de la recomendación pediátrica y ganar en importancia los patrones alimentarios familiares, que se alejan en muchas ocasiones de la alimentación saludable.

Los niños comen, los padres eligen

En su primera infancia, cuando apenas ha dejado de ser un bebé, el menor no elige: come lo que se le da. Es el momento de ofrecerle una dieta con alimentos variados, frescos y sanos. “Los niños no son los que compran ni los que cocinan”, corrobora la doctora Cenarro. “En las casas se toma lo que se ha comprado, lo que está en la despensa o en la nevera. Los adultos son los que tienen el poder de decisión; si sus hábitos son malos, cambiarlos es muy complicado”. Así es: un niño pequeño no pide el filete empanado en vez de a la plancha, ni poner nata a una crema, bechamel a una coliflor o tocino a unas legumbres. Pero, si se acostumbra desde pequeño a alimentos tan palatables, después los seguirá pidiendo.

La cuestión de los hábitos nos lleva a los progenitores espejo: somos un ejemplo (bueno o malo) para los hijos. Si no tomamos verduras ni fruta, si come mos bollos industriales y alimentos ultraprocesados, nuestros hijos se educan pensando que esa es la pauta habitual. El ejemplo que damos a nuestros hijos es fundamental. Hay que dedicar tiempo, dentro y fuera de casa. Muchas familias hacen la compra en torno al niño, y eso puede ser bueno, pero también malo, dependiendo de cómo les orientemos.

Qué tipo de familia come más fruta

Las parejas con hijos pequeños son las que menos kilos de fruta por persona consumen al año. Los jubilados, los que más. Esto demuestra que los hábitos y el entorno social son más importantes a la hora de mantener una dieta saludable.

Alimentos ocasionales que se convierten en habituales 

Muchos menores en edad escolar toman con frecuencia productos que deberían evitarse y solo comer “muy de vez en cuando” (por ejemplo, una vez al mes). Así lo reflejan los porcentajes de menores que ingieren estos alimentos cuatro veces a la semana.

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