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: Paso 1. Qué impacto tiene en la sociedad y cuál es su gravedad

Ahora que una corriente crítica cuestionaba su eficacia contra muchas enfermedades, el planeta suspira por una vacuna contra la Covid-19. Detrás de cada fórmula hay muchas horas de investigación. Estos son los pasos que se siguen en la fabricación de una vacuna. También de la más esperada.

Paso 1. Qué impacto tiene en la sociedad y cuál es su gravedad

Es el primer planteamiento entre los expertos: ¿está justificada la inversión? “La búsqueda de una vacuna no es un tema sencillo ni fácil de hacer, entre otras cuestiones se debe a que las vacunas se van a utilizar en una población sana y, por lo tanto, la seguridad es fundamental. Si fuese fácil tendríamos muchas más vacunas en el mercado y, sin embargo, contamos con menos de las que nos gustaría”, nos cuenta el Ángel Gil, catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Por ello, este largo y costoso camino de fabricación de la vacuna tiene que estar bien justificado, no solo respecto al número de personas que se pueden ver afectadas por la enfermedad, también por lo grave que resulta, aunque no infecte a la gran mayoría.“Por ejemplo, tenemos vacunas frente a las meningitis bacterianas que, aunque no son enfermedades muy frecuentes, sin embargo, su gravedad y letalidad (con una tasa del 15-20%) justifican la búsqueda de vacunas frente a ellas. Ahora nos encontramos con el caso de coronavirus, cuyas alta contagiosidad y patogenicidad [capacidad para producir una enfermedad infecciosa], además de una tasa de letalidad importante en los mas vulnerables, han hecho que plantearse una vacuna sea un objetivo importante”, detalla el experto Ángel Gil.

Paso 2. Conocer el microorganismo, crear el antígeno y elegir el tipo de vacuna. Una vez está clara su justificación y se tiene identificado al agente que nos causa la enfermedad, hay que crear el antígeno, que es el principio activo de la vacuna y, por lo tanto, el responsable principal de estimular la respuesta inmune protectora frente a la enfermedad que queremos prevenir. Carolina Hurtado Marcos, responsable de la Unidad Docente de Inmunología de la Universidad CEU San Pablo, explica que las vacunas se pueden fabricar contra un virus, una bacteria o un parásito, pero resulta más difícil crearla contra estos últimos, porque son muy complejos. “El ejemplo lo tenemos en la gran cantidad de vacunas que existen para virus y bacterias y las pocas que existen frente a parásitos. Sin embargo, el proceso de desarrollar una vacuna frente a un virus o una bacteria es muy parecido: ambas se fabrican a partir de los propios agentes infecciosos que provocan la enfermedad, es decir a partir de los mismos agentes contra los que se vacunan”, cuenta Hurtado. En la fabricación de una vacuna se pueden utilizar diferentes tipos de antígenos, lo que determinará el tipo de producto final: 

  • Vacunas vivas atenuadas. Desarrolladas con el microorganismo entero debilitado. 
  • Vacunas inactivadas. Desarrolladas con el microorganismo entero destruido.
  • Vacunas de subunidades. Desarrolladas solo con una parte del microorganismo. 

A la hora de optar por una u otra, los investigadores tienen en cuenta a quién va dirigida la vacuna, de qué manera el sistema inmunitario responde al germen o cuál será el mejor enfoque o tecnología para crearla. “Las que se desarrollan con el microorganismo vivo atenuado resultan muy eficaces (ya que son muy similares a la infección natural a combatir), pero se corre un cierto riesgo con la seguridad”, explica Ángel Gil. Un ejemplo lo constituye la vacuna triple vírica, en la que los tres antígenos que la componen son los virus vivos atenuados, que protegen muy bien y dan una respuesta inmune muy duradera, pero no se puede aplicar en personas inmunocomprometidas porque podrían inducir la aparición de la enfermedad. “Por eso, la tendencia de los investigadores es crear vacunas inactivadas, en las que lo que se emplean son proteínas u otras partes del microorganismo que son capaces de producir inmunidad, pero no la enfermedad”, comenta Ángel Gil, que insiste en que los investigadores buscan seguridad por encima de todo; es decir, inducir la producción de anticuerpos, pero nunca la enfermedad.

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