Suplementos

Suplementos. Entre la promesa y el riesgo

Cápsulas, extractos, polvos, ampollas e incluso gominolas prometen hoy más energía, mejor concentración, noches sin insomnio o un sistema inmune reforzado. Los suplementos se han instalado en nuestra rutina. En concreto, los de supuesto origen “natural” gozan de un aura de seguridad que rara vez se cuestiona. Pero, más allá del marketing, ¿qué dice realmente la ciencia sobre su eficacia y su seguridad?
1 abril de 2026

Suplementos. Entre la promesa y el riesgo

Los suplementos se han convertido en el remedio rápido para casi todo: mejorar la concentración, dormir de un tirón, fortalecer el pelo o recuperar la energía. En una época marcada por la prisa y la búsqueda de soluciones inmediatas, estos productos se presentan como imprescindibles. Y los datos lo confirman: cada vez los compramos más. Según un estudio de Ipsos, la pandemia de la covid-19 aceleró el interés de las nuevas generaciones por la salud y el bienestar. En ese contexto, muchas personas incorporaron los suplementos a sus rutinas diarias. A ello se suma el papel de las redes sociales, en las que se ha popularizado el llamado biohacking, un conjunto de prácticas que promete “optimizar” el cuerpo mediante dietas, suplementos, técnicas mentales o tecnología.

Hay otros factores que han acelerado el proceso: el recelo hacia los compuestos químicos (quimifobia), la omnipresencia de influencers sin formación científica que recomiendan este tipo de productos y la tendencia a buscar soluciones rápidas a problemas complejos. El resultado: las ventas de complementos alimenticios crecieron en los últimos años. La facturación en España de este sector se situó en 2023 en más de 2.000 millones de euros, 300 millones más que en 2017, según la Federación Española de Industrias de la Alimentación y Bebidas (FIAB). Está visto que el negocio funciona, pero ¿estos complementos realmente cumplen lo que prometen?

Según los datos de un estudio de 2023 de la Academia Española de Nutrición y Dietética, el 75% de la población española afirma haber tomado algún tipo de suplemento durante el último año, y 7 de cada 10 lo han hecho “para mejorar su estado de salud”. Eduard Baladía, dietista-nutricionista y coautor del estudio, considera que un 75% es demasiado. “No tanta gente necesita ese suplemento que toma. Hay un fenómeno de marketing y la mayoría de las veces no se requieren suplementos si no hay una deficiencia clara”, señala Baladía.

De hecho, es cierto que se prescriben en determinadas circunstancias muy específicas. “Hay situaciones en las que existe la necesidad de suplementación; por ejemplo, cuando hay un déficit de hierro diagnosticado o el del ácido fólico durante el embarazo”, apunta Baladía. Lo mismo sucede con la vitamina B12 para personas veganas y vegetarianas. Por su parte, Beatriz Collado, doctora en Bioquímica, biología molecular y farmacéutica comunitaria, sí considera que la dieta actual puede ser deficiente en algunas vitaminas y minerales. “La población tiene niveles bajos de vitamina D si no se suplementa”, apunta la especialista. No obstante, en la mayoría de ocasiones, no suelen hacer falta. “Si una persona sana come bien y descansa lo suficiente, no necesita ese aporte extra. El marketing nos ha convencido de que nuestra dieta es insuficiente, y eso es un mensaje muy peligroso porque desplaza la importancia de la comida real”, añade Baladía. Para saber si realmente necesitamos ese suplemento, ambos expertos coinciden en que hay que ponerse en manos de profesionales sanitarios, que son quienes van a determinar su necesidad, pero sobre todo insisten en la importancia de alejarse del marketing y de los consejos de influencers sin formación científica, ya que tomarlos sin supervisión puede acarrear problemas de salud, algunos graves.

5 suplementos bajo la lupa

El hecho de que un producto sea de origen vegetal no garantiza su seguridad. La falta de regulación estricta y las altas concentraciones de extractos pueden poner en riesgo nuestra salud:

Ashwagandha (Withania somnifera). Esta planta se usa habitualmente para tratar el estrés, la ansiedad o el insomnio, pero en la literatura médica se han descrito casos de lesión hepática con ictericia, incluyendo situaciones graves en personas con enfermedad hepática previa.

Aloe vera. Ingerida, se utiliza a menudo para aliviar el estreñimiento o “digestiones pesadas”, pero se han documentado episodios de hepatitis tóxica idiosincrática, una lesión hepática asociada a su consumo, que suele mejorar al suspender las tomas.

Cúrcuma y curcumina. Se usan como antiinflamatorio “natural” para dolor articular, pero también acumulan señales de posible hepatotoxicidad cuando se consumen en suplementos, especialmente en formulaciones que buscan aumentar la absorción. Por ejemplo, combinaciones con piperina/pimienta negra. El Hospital Clínic de Barcelona advierte del riesgo hepático asociado a estas combinaciones.

Extracto de té verde. Se vende sobre todo como antioxidante y “quemagrasas”. Aquí la diferencia clave es la forma de consumo: no se habla de la infusión habitual, sino de extractos concentrados en cápsulas, que han sido vinculados a casos de daño hepático. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) evaluó la seguridad de las catequinas del té verde en suplementos y alertó sobre niveles que pueden resultar preocupantes.

Arroz de levadura roja. Se usa como “alternativa natural” para bajar el colesterol, pero su principal componente activo (monacolina K) es químicamente equivalente a una estatina, lo que explica que pueda producir efectos adversos similares (dolor muscular, miopatía y, en casos raros, problemas más graves). También puede causar daños hepáticos.

¿Que sea natural es mejor?

Los suplementos pueden proceder del reino vegetal, como la cúrcuma; del animal, como el aceite de pescado, o ser sintetizados en un laboratorio. La diferencia fundamental radica en que, mientras los naturales extraen complejos de sustancias directamente de una fuente biológica, los sintéticos son réplicas químicas exactas fabricadas de forma controlada. Sin embargo, esta distinción es más comercial que funcional; una molécula de vitamina C es idéntica para nuestro cuerpo tanto si viene de una naranja como de una probeta, y el origen “natural” no es un salvoconducto de seguridad ni el “sintético” una señal de peligro.

“Como dietista-nutricionista, la etiqueta ‘natural’ sobra. Hay que hablar de suplementos necesarios o no necesarios, efectivos o no efectivos”, expone Baladía. Beatriz Collado, que también es vocal de Alimentación y Nutrición del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid (COFM), está de acuerdo y añade: “La gente busca tomar un complemento nutricional que no tenga efectos colaterales negativos, algo que atribuyen a lo ‘natural’, y eso no es así. Hay muchos compuestos naturales que pueden tener efectos secundarios negativos”. Muchos se decantan por tomar suplementos naturales para no contribuir al negocio de la farmaindustria, pero “muchas veces son las mismas farmacéuticas las que venden estos productos y, al final, acabamos haciendo ricos a los mismos”, señala Baladía.

Misma sustancia, legislación distinta

La comercialización de complementos en la UE se rige por un sistema de listas que determina la seguridad de cada ingrediente. Hay listas positivas de complementos aceptados y listas negativas con sustancias prohibidas o restringidas por su toxicidad o potente efecto farmacológico. Pero también existe una “zona gris” con los compuestos botánicos y otras sustancias con efecto fisiológico. A diferencia de los micronutrientes, no existe una lista única de plantas permitidas en toda la UE: lo que está prohibido en un país, puede estar está permitido en otro.

El problema tiene un nombre técnico: principio de reconocimiento mutuo. Esto significa que, si un país de la UE dice que una planta es segura y permite venderla como suplemento, España está obligada a dejar que ese producto se venda aquí, aunque nuestros expertos de la Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESAN) consideren que esa planta es peligrosa o debería ser un medicamento. Es el caso del hipérico o hierba de San Juan, un potente antidepresivo natural que interactúa con muchos medicamentos. En España, el hipérico debería venderse bajo regulación estricta, pero a causa del principio de reconocimiento mutuo, productos con hipérico formulados y autorizados legalmente en otros Estados miembros –como Alemania, Austria o Francia, en los que puede venderse como medicamento de venta libre o como suplemento–, pueden adquirirse en España sin receta, en herbolarios u otros establecimientos.

Los riesgos de estos productos

La publicidad y la extrema facilidad con la que se pueden comprar los suplementos, junto con la baja percepción de riesgo que tiene la mayoría de los consumidores, pueden llevar a situaciones de peligro para la salud. En el mejor de los casos, solo estaremos tirando el dinero en productos que no funcionan, pero las consecuencias adversas pueden ser de otra índole.

  1. Interacción con otros fármacos. El uso de suplementos puede alterar o reducir el efecto terapéutico de algunos medicamentos. Beatriz Collado pone un ejemplo concreto: “La ashwagandha es un adaptógeno (ayuda al organismo a adaptarse al estrés físico, mental y emocional) muy eficaz, pero se metaboliza en el hígado. Si hay un paciente que está tomando estatinas para bajar el colesterol, el mecanismo de transformación de ese medicamento también pasa por el hígado. Si a ese órgano que está trabajando más porque el paciente toma un medicamento para salvar una situación patológica, le añades ashwagandha, puede causar problemas”. Otro ejemplo. La hierba de San Juan (Hypericum perforatum), que se usa como antidepresivo natural, modifica el metabolismo del hígado haciendo que elimine los medicamentos mucho más rápido de lo normal, por lo que puede alterar el efecto de la píldora anticonceptiva y, si se consume junto con antidepresivos, puede provocar agitación extrema, taquicardia, alucinaciones, espasmos o fiebre alta.
  2. Retraso diagnóstico. A veces el uso de un suplemento natural puede tapar los síntomas de una enfermedad, por lo que se demora la consulta médica y la patología se puede agravar. “Si un paciente toma un complemento alimenticio que le han dicho que va a funcionar, podemos estar perdiendo la oportunidad de diagnosticar lo qué le está pasando y que deje de enfermar. Luego tendremos que tratar a una persona mucho más enferma”, apunta en este sentido el dietista-nutricionista Eduard Baladía.
  3. Efectos adversos directos. Cualquier tratamiento que tomemos, sea un medicamento o un suplemento, puede tener un efecto favorable, pero también puede producir consecuencias adversas. En muchos casos, los efectos secundarios de los suplementos suelen ser leves, como problemas gastrointestinales, náuseas o vómitos, pero, en algunas ocasiones, el daño puede ser mayor, en especial en niños y en mujeres embarazadas.
  4. Contaminación con sustancias no declaradas. Un estudio de 2017 en el que también participó Eduard Baladía concluyó que entre el 12% y el 58% de los suplementos deportivos analizados contenían sustancias dopantes no reflejadas en el etiquetado: estimulantes, esteroides anabólicos y derivados hormonales como testosterona, androsterona o nandrolona. “Hay suplementos que contienen compuestos que no deberían llevar y eso hay que perseguirlo”, asegura Baladía. En su página web, la agencia antidopaje americana (USADA) hace algunas recomendaciones al respecto para detectar productos sospechosos. Esta institución aconseja desconfiar y evitar productos que prometan resultados “rápidos”, “milagrosos” o sean anunciados como un “nuevo descubrimiento científico”; se promocionen como alternativas a medicamentos recetados; contengan ingredientes con nombres complejos, números o terminaciones en -ol, -diol o -stene; o afirmen ser aprobados por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA), la USADA o la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), porque estas instituciones no aprueban ningún suplemento.

¿Quién vigila lo que ingerimos?

En la Unión Europea los suplementos están regulados por la directiva 2002/46/CE co­mo complementos alimenticios. Se trata de una suerte de cajón en el que se incluyen vitaminas, minerales, productos “quemagrasas” o compuestos botánicos en cáp­sulas, entre otros productos. Este marco legal no garantiza su eficacia, ya que al ser conside­rados como alimentos no se exige una evaluación previa de su efecto para ponerse a la venta. Por tanto, “esto hace que las pruebas sobre su eficacia y seguridad que tienen que pasar sean totalmente distintas a las de los fármacos, a pesar de que en muchas ocasiones se usan como medicamentos o como sustitutos de ellos”, explica el dietista-nutricionista. “Un medicamento está sujeto a una regulación exhaustiva y muy rigurosa que ha pasado por la Agencia Europea del Medicamento y por la Agencia Española del Medicamento. Pasan una serie de controles que un complemento nutricional, por desgracia, nunca va a tener”, advierte Collado. En el caso de los complementos alimenticios, un fabricante puede usar una “declaración de propiedades saludables” aprobada por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), como “el omega 3 contribuye al funcionamiento normal del corazón”, siempre que el producto contenga una cantidad mínima de ese compuesto.

“Los complementos tendrían que estar regidos por una legislación similar a la de los medicamentos, sin embargo, están sujetos a la misma legislación que los alimentos”, añade la farmacéutica Beatriz Collado. Estos fallos en la regulación hacen que en el mercado podamos encontrar complementos bien formulados y con ingredientes de calidad junto con otros productos de pésima calidad y que no cumplen lo que prometen.

En definitiva, que un suplemento se presente como “natural” no significa que sea necesario, eficaz o inocuo. Antes de recurrir a pastillas o extractos, conviene preguntarnos si realmente los necesitamos o si podemos cubrir esas carencias con una alimentación equilibrada y hábitos saludables. La mayoría de las personas sanas no requieren suplementos y, cuando sí están indicados, deben utilizarse con asesoramiento de un profesional sanitario.

Diccionario de “modas” y palabros

El mundo de los suplementos está lleno de términos sin evidencia científica.

  • Adaptógenos. Plantas que “ayudan a adaptarse al estrés”. El concepto no está reconocido por las agencias reguladoras, pero se usa de manera muy laxa en publicidad.
  • Biodisponibilidad mejorada. Concepto real que significa un aumento en la cantidad y velocidad con la que un fármaco o nutriente se absorbe, pero usado en ocasiones para justificar sobreprecios frente a formas estándar que ya se absorben bien.
  • “Biohacking”. Sinónimo de “cuidarse” con un envoltorio tecnológico y suplementos caros. Mucha narrativa, poca ciencia.
  • “Detox”. No existen suplementos que desintoxiquen: esa función ya la hacen hígado y riñones.
  • Hongos funcionales. Reishi, Cordyceps, Melena de León… Su eficacia solo está basada en estudios preliminares, sin estándares sobre las dosis y calidades del producto.
  • Nootrópicos. Potenciadores de memoria y concentración. Evidencia limitada.
  • Superalimento. Ningún alimento o suplemento compensa una mala alimentación.