Leche materna. Un milagro indescifrable (aún) para la ciencia
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda la lactancia materna exclusiva durante los seis primeros meses de vida, y numerosos estudios han demostrado que sus beneficios van mucho más allá de la nutrición. La leche de fórmula cumple un papel esencial cuando la lactancia materna no es posible o no es la opción elegida, pero la leche materna sigue siendo un fluido biológico extraordinariamente complejo que, de momento, es imposible replicar de manera artificial. Su composición cambia, se adapta y combina nutrientes con compuestos bioactivos que intervienen en procesos clave para el bebé, desde la maduración del intestino hasta el desarrollo del sistema inmunitario. Pese a años de investigación, la ciencia aún no comprende del todo cómo interactúan todos sus componentes ni cómo logra coordinar tantos procesos a la vez.
¿Qué hay en la leche humana?
La leche materna está lejos de ser un alimento estático. Su composición varía con los meses, a lo largo del día e incluso dentro de una misma toma. También cambia en función del propio binomio madre-bebé. “La leche materna se adapta a la edad evolutiva del bebé”, resume Vanessa Pleguezuelos, bióloga y responsable del Banco de Leche Materna de Cataluña. “Al final, la producción de la leche es un proceso vivo y dinámico”, añade Nadia García Lara, neonatóloga del Hospital 12 de Octubre y coordinadora del Banco Regional de Leche Materna de la Comunidad de Madrid. Esta capacidad de adaptación es tan notable que una revisión científica publicada en 2016 planteó que la composición de la leche podría “ajustarse” a las necesidades cambiantes del bebé. La hipótesis resulta fascinante y cuenta con indicios que la respaldan, aunque los mecanismos que la explican todavía no se entienden.
Hoy conocemos muchos de los compuestos presentes en la leche materna y algunas de las funciones que desempeñan, pero todavía quedan incógnitas por resolver. Se estima que contiene más de 200 componentes, entre ellos agua, grasas, azúcares, proteínas, hormonas, vitaminas, minerales, bacterias y otras muchas moléculas bioactivas. Sin embargo, el reto ya no está solo en identificarlos. Lo difícil es averiguar la función de cada uno, cómo interactúa con el resto de componentes y cuáles son sus efectos sobre el organismo del bebé. En otras palabras, conocemos muchas de las piezas del puzle, pero todavía no sabemos exactamente cómo encajan todas. Más allá de la lista de compuestos, la clave está en cómo actúan juntos: la leche materna funciona como una matriz biológica en la que sus componentes interactúan entre sí y generan efectos que no se explican por separado.
No todos los componentes de la leche materna están pensados para nutrir directamente al bebé. Algunos cumplen otra función no menos importante: alimentar a las bacterias beneficiosas que viven en su intestino. Es el caso de los oligosacáridos de la leche materna (OLM), el tercer componente sólido más abundante tras la lactosa y las grasas. Estos compuestos actúan como fertilizante para la microbiota del bebé y ayudan a crear un ecosistema intestinal saludable desde los primeros días de vida. Además, dificultan que determinados microorganismos patógenos se adhieran al intestino. “Los oligosacáridos también evitan que algunos patógenos puedan colonizar el intestino del bebé”, explica Vanessa Pleguezuelos.
Las investigaciones les atribuyen múltiples funciones: favorecen el crecimiento de bacterias beneficiosas, contribuyen a la maduración del sistema inmunitario, ayudan a proteger frente a infecciones y se han relacionado con un menor riesgo de enterocolitis necrotizante.
Del calostro a la leche madura
Para entender mejor la leche materna, hay que conocer sus etapas. El calostro es la de los primeros días y cumple una función muy importante. “Tiene un color más amarillento, es más espesa y tiene un alto contenido proteico y de inmunoglobulinas”, explica Pleguezuelos. “El sistema inmune del recién nacido aún es inmaduro y ese primer fluido que la madre transfiere al bebé contiene parte de su experiencia inmunológica. Es decir, le pasa defensas ya fabricadas. Podríamos decir que sería como la primera vacuna. Es el primer alimento que pasa por su sistema digestivo”, añade la experta. Esta primera leche a veces preocupa a las madres porque “sale poco”, pero lo cierto es que su volumen encaja con la anatomía del recién nacido. Al cabo de unos tres días se produce la subida de la leche. Aquí empieza a aparecer la leche de transición y, después, la leche madura, cada una con una composición y unas funciones diferentes. “En las primeras semanas su contenido es más proteico y, a medida que crece el bebé, aumenta la concentración de carbohidratos y grasas”, señala Vanessa Pleguezuelos.
Pero los cambios no solo se producen con el paso de los días o los meses. La composición de la leche también varía durante una misma toma. “Cuando el bebé empieza a mamar, la leche contiene menos grasa, pero su concentración aumenta progresivamente hacia el final”, explica Pleguezuelos. Por eso, los especialistas recomiendan que el bebé vacíe el pecho antes de pasar al otro. “La parte más calórica está al final de la toma”, señala García Lara.
En la composición de la leche influyen muchos otros factores: la alimentación de la madre, los cambios hormonales a lo largo del día, el tiempo transcurrido desde la última toma o extracción, lo completo que haya sido ese vaciado y si la leche la toma directamente el bebé o se obtiene con un extractor. Además, cada mujer tiene una composición ligeramente distinta.

Un entrenador del sistema inmunitario
Una de las funciones más importantes de la leche materna es ayudar a proteger al recién nacido frente a las infecciones. Al nacer, su sistema inmunitario todavía es inmaduro, especialmente en barreras como el intestino y las vías respiratorias. En este contexto, la leche humana actúa como una especie de puente inmunológico entre la madre y el bebé. “Previene la aparición de algunas patologías respiratorias y digestivas”, resume García Lara. Pero la leche materna no solo protege, también contribuye a educar el sistema inmunitario del bebé. “Contiene compuestos bioactivos que actúan como entrenadores inmunológicos y aportan inmunoglobulinas que el recién nacido todavía no produce en cantidad suficiente”, explica la especialista. Las inmunoglobulinas son anticuerpos, es decir, proteínas capaces de reconocer y ayudar a neutralizar virus, bacterias y otros agentes potencialmente dañinos para el organismo.
La salud del bebé y la composición de la leche materna se influyen mutuamente. Una revisión científica publicada en 2016 en Nutrición Hospitalaria planteó que la producción de anticuerpos puede aumentar cuando el lactante atraviesa una infección. Otra investigación de 2023 publicada en Nutrients observó que, cuando los niños padecen infecciones respiratorias, la leche presenta cambios en su composición celular, con una mayor presencia de determinados linfocitos y otras células inmunitarias. Aunque los mecanismos no se conocen por completo, una de las hipótesis más aceptadas apunta a la propia lactancia como canal de comunicación: durante la succión, pequeñas cantidades de saliva del bebé entran en contacto con el pezón y el conducto mamario, lo que podría actuar como una señal biológica para el organismo materno. A partir de ahí, se producirían ajustes en la respuesta inmunitaria y en la composición de la leche. Se trata de un proceso todavía en estudio, pero que refuerza la idea de la lactancia como un sistema dinámico e interactivo.
La leche materna también contiene bacterias, hongos y bacteriófagos (virus que infectan bacterias) que ayudan a colonizar el intestino del bebé y a moldear su microbiota. Este ecosistema de microorganismos desempeña un papel fundamental en la salud, ya que influye en procesos tan diversos como la digestión, el metabolismo o el funcionamiento del sistema inmunitario. “La leche materna ayuda a establecer una microbiota mucho más sana a largo plazo”, incide García Lara.
Pero sus efectos no terminan ahí. También parece participar en la regulación del comportamiento alimentario del lactante. “Existen estudios que vinculan la lactancia materna con la regulación de la saciedad y el apetito”, añade la neonatóloga del Hospital 12 de Octubre. Aunque los mecanismos todavía se investigan, los estudios apuntan a que algunos de sus compuestos bioactivos podrían influir en la forma en que el bebé aprende a reconocer las señales de hambre y saciedad.

La lactancia materna no es solo una forma de alimentar al bebé: contribuye a la salud y el bienestar de la madre y el lactante. Durante la toma se activan mecanismos fisiológicos que van más allá de la nutrición. El contacto piel con piel y la succión contribuyen a estabilizar la frecuencia cardíaca y la respiración del recién nacido, además de reducir sus niveles de estrés.
En la madre, la lactancia estimula la liberación de hormonas como la oxitocina y la prolactina, implicadas en la producción de leche y en la conducta de cuidado. Este proceso favorece la adaptación al posparto y refuerza la interacción entre la madre y el bebé. Por eso, la lactancia se entiende hoy como un proceso integrado en el que nutrición, regulación fisiológica y relación madre-bebé forman parte de un mismo sistema.
Leche que salva vidas
Hay situaciones en las que su importancia resulta mucho más evidente: las unidades neonatales, donde ingresan los bebés prematuros. En estos niños y niñas, la leche materna no solo es un alimento, sino una herramienta terapéutica de primer orden. “Los bebés prematuros tienen más riesgo de sufrir algunas patologías graves, como la enterocolitis”, advierte Vanessa Pleguezuelos. Esta enfermedad inflamatoria del intestino puede tener consecuencias muy graves e incluso poner en peligro la vida del bebé.
Nadia García Lara, coautora de un estudio publicado en 2018 en Anales de Pediatría sobre la importancia de la donación de leche materna en neonatología, lo resume así: “El principal beneficio que ha demostrado la leche materna donada es la prevención de la enterocolitis necrotizante”. Esta enfermedad afecta sobre todo a los bebés prematuros y provoca una inflamación grave del intestino que puede llegar a destruir parte del tejido intestinal. La práctica totalidad de la leche donada se destina a bebés prematuros. “Siempre necesitamos más, igual que ocurre con la sangre”, explica García Lara.
La leche materna no es solo alimento: es un fluido vivo, cambiante y extraordinariamente complejo, capaz de adaptarse al bebé y de participar en procesos clave para su desarrollo. La ciencia conoce cada vez mejor muchas de sus funciones, pero todavía no ha descifrado todos sus mecanismos. Precisamente por eso, y por su papel decisivo en los bebés más vulnerables, proteger la lactancia y apoyar los bancos de leche materna es una cuestión de salud pública.
Las biopsias líquidas buscan en fluidos corporales señales moleculares que permitan detectar un cáncer sin necesidad de extraer tejido del tumor. Habitualmente se realizan a partir de una muestra de sangre, pero un grupo de investigadores del Hospital Universitario Vall d’Hebron y del Vall d’Hebron Instituto de Oncología (VHIO) estudia si la leche materna podría servir para el mismo fin. La idea surgió de forma inesperada. Una paciente con cáncer de mama conservaba leche materna congelada de 18 meses antes de recibir el diagnóstico y la entregó a los investigadores por temor a haber transmitido la enfermedad a su hija, algo que no es posible. “Al analizar la muestra, las mutaciones que veíamos en el tumor también las veíamos en la leche materna”, explica Cristina Saura, jefa de la Unidad de Cáncer de Mama del Hospital Universitario Vall d’Hebron.
Los resultados preliminares son prometedores. En un estudio posterior con 15 mujeres, los investigadores detectaron esas alteraciones genéticas en la leche de 13 de ellas. Ahora trabajan para confirmar estos hallazgos en estudios mucho más amplios. El objetivo es ambicioso: que una simple muestra de leche tras el parto pueda ayudar algún día a detectar tumores en fases muy tempranas, cuando las posibilidades de curación son mayores.