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: ORO BLANCO DIETA SANA

MODAS DIETÉTICAS Y FALSOS MITOS HAN PROPICIADO QUE EL CONSUMO DE LECHE HAYA DECRECIDO PAULATINAMENTE A LO LARGO DE LAS DOS ÚLTIMAS DÉCADAS. SIN EMBARGO, GRACIAS A SU VALOR NUTRITIVO CONTINÚA SIENDO UN ALIMENTO RECOMENDADO EN CUALQUIER DIETA EQUILIBRADA. AVERIGUA POR QUÉ ES BUENO INCLUIRLA Y DESCUBRE LO QUE HAY BAJO SU SUPERFICIE.

Un paseo por el lineal del supermercado parece mandarnos el mensaje de un supuesto auge en el consumo de leche: ya se ofrecen «de soja», «de almendra», «de avena» o «de arroz», sin ir más lejos. Presentaciones que se han unido a las versiones más tradicionales (entera, semi y desnatada), basadas en el contenido de grasa. Con una salvedad: en realidad no son leches, ya que para ser consideradas como tales deben tener origen animal y, como mucho, incluir vitaminas y minerales añadidos (como el calcio). Más allá de la similitud en el color, estos preparados vegetales pueden ser una alternativa para aquellas personas con intolerancia a la lactosa o alergia a la leche, pero no tienen ni la misma composición ni propiedades similares.

Según el Informe del consumo de alimentación en España de 2017, cada persona consume una media de 69,9 litros de leche al año (equivalente a 48,45 ? anuales), aunque la tendencia a la baja ha sido constante desde el año 2000 (salvo en 2009 y 2010), al abrigo de modas dietéticas y mitos urbanos que han venido desaconsejando su ingesta. Las recomendaciones apuntan, según la edad y situación fisiológica (durante el embarazo, lactancia, adolescencia, premenopausia y en edades avanzadas se recomienda una ingesta mayor), a entre dos y cuatro raciones de lácteos diarias. Sin incluir, por supuesto, la amplia variedad de postres azucarados elaborados con leche cuyo consumo ha crecido en los últimos años (derivados lácteos poco recomendables como natillas, flanes, arroz con leche, batidos de sabores…).

PROTAGONISTA DE NUESTRA DIETA.

Económica, rica en calcio -su principal nutriente-, pero también fuente de vitaminas (A, D, E y del grupo B) y de proteínas fácilmente digeribles como la caseína y la albúmina, la leche suele tener un papel relevante en nuestra alimentación a lo largo de todas las etapas de la vida. Según la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria, «un niño en edad escolar que beba medio litro de leche al día consigue, por esta vía, la mitad de las proteínas y más del 80% del calcio y la vitamina B2 que necesita. Con igual cantidad, un adulto cubre el 30% de sus necesidades diarias de proteínas y el 100% de las de calcio».

La leche disponible en el mercado procede mayoritariamente de tres animales: la vaca (88%), la cabra (6%) y la oveja (6%). De entre ellas, «la de cabra se oferta, en teoría, como fuente láctea con más ventajas que la de vaca, por tener más calcio, fósforo, zinc y magnesio, una absorción más fácil de la grasa que contiene y por el menor tamaño de la estructura de sus glóbulos grasos», cuenta Carlos Casabona, pediatra especializado en nutrición infantil. Su olor y su sabor, algo más fuertes, hace sin embargo que muchos niños no la acepten. La de oveja es, por otra parte, «mucho más proteica y bastante más grasa, por lo que su uso se destina más a la producción de queso que a la ingesta líquida».

La prevalencia del sobrepeso y obesidad en nuestra sociedad ha hecho que instituciones y guías dietéticas hayan priorizado el consumo de leches con un contenido reducido de grasas. Sin embargo, recientes estudios han contribuido a matizar la validez de estos razonamientos, hasta el punto de apuntar en la dirección opuesta. Según un trabajo publicado en The American Journal of Clinical Nutrition (2016), el consumo infantil de leche entera conlleva un menor riesgo de obesidad, y sugiere que esto puede deberse a su efecto saciante, que hace que si un niño no se siente satisfecho tienda a comer más cantidad de otros alimentos. A la vez, aquellos menores que bebían una taza de leche entera al día registraron niveles de vitamina D comparables a los que tomaban tres tazas de leche con un 1% de grasa.

FALSAS ATRIBUCIONES

A pesar de su alto valor nutritivo, la leche continúa siendo víctima de rumores con poco rigor científico, pero ampliamente difundidos en las redes sociales. Puede que el hombre sea el único mamífero que toma leche después de la lactancia, pero esto es así por ser la única especie que practica la ganadería o que es capaz de ordeñar. Existen a su vez falsas creencias como que la grasa láctea es perjudicial o que hay que retirarla de la leche incluso para la población infantil. «Hay que tener en cuenta que más del 60% del calcio de la dieta española procede de los lácteos, y el 75% de los escolares tiene ingestas de calcio inferiores a las recomendadas», sostiene Luis Calabozo, director general de la Federación Nacional de Industrias Lácteas (FeNIL).

Los mitos, sin embargo, no se quedan ahí. Los hay también sobre la relación de la leche de vaca con el aumento de la mucosidad y enfermedades como el asma, la diabetes o enfermedades cardiovasculares, acusaciones desmentidas repetidamente por la literatura científica. Numerosos estudios han probado sus beneficios tanto para la población infantil como adulta. La investigación ya mencionada de The American Journal of Clinical Nutrition, de Canadá, concluía que los niños que beben leche de vaca son un poco más altos (1,5 cm de media para los niños de tres años) que aquellos que consumen bebidas vegetales como la de soja. Para la doctora Ana Suero Roig, del servicio de geriatría del Hospital General de Segovia, el consumo de lácteos se considera también uno de los primeros tratamientos ante los problemas de sueño de los pacientes mayores, debido al triptófano, un aminoácido esencial precursor de la melatonina y la serotonina, hormonas relacionadas con el ritmo biológico que actúan como promotores del sueño.

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