‘Barataflación’

‘Barataflación’. Mismo precio, peor calidad

A simple vista parece que no ha cambiado, pero en realidad estamos pagando el mismo dinero por un producto peor. Este fenómeno es más frecuente de lo que pensamos y puede afectar a nuestra dieta.
1 septiembre de 2025

‘Barataflación’. Mismo precio, peor calidad

Te has dado cuenta de que el helado que compras tiene menos almendras? ¿Has notado que el flan ahora lleva leche desnatada en lugar de entera? ¿Has caído en que el chocolate contiene más grasas y menos cacao que antes? No es casualidad. Detrás de estos pequeños cambios se esconde una tendencia económica que afecta a todos los sectores, incluida la industria alimentaria: la cheapinflation (cheap, barato; inflation, inflación), que en castellano sería algo así como barataflación. 

La presión inflacionaria de los últimos años no solo ha golpeado al bolsillo de los consumidores. También ha impactado de lleno en los márgenes de las empresas, que se han visto obligadas a lidiar con costes de producción cada vez más elevados. Ante esta situación, se ha dado un doble efecto: los consumidores han comenzado a decantarse por artículos más económicos y sacar el máximo partido a las promociones, mientras que los fabricantes se han lanzado a buscar nuevas fórmulas para contener costes y no perder terreno.

Un fenómeno generalizado

Guillermo Peña, jefe global de ingresos de Gelt, una start-up española especializada en datos de compra en el sector de gran consumo, explica que algunas de estas prácticas comenzaron a cobrar fuerza hacia finales de 2021 y principios de 2022, como una reacción directa al aumento generalizado de los costes de producción –materias primas, energía, transporte y salarios– con el objetivo de preservar los márgenes sin trasladar subidas al consumidor, lo que provocaría una pérdida de demanda. “La barataflación en ocasiones es más difícil de detectar frente a la reduflación, que consiste en reducir el tamaño de los envases o la cantidad de producto sin modificar el precio”, advierte. Y no se limita solo a los alimentos, sino que también afecta a bienes de consumo, servicios, plataformas digitales y experiencia de marca. Por ejemplo, los productos de higiene personal como geles de ducha, champús y jabones generan menos espuma o se consumen más rápido debido a una reducción de la concentración de sus compuestos (dilución) o a una reformulación con ingredientes menos costosos. La evidencia directa de la dilución no siempre se hace pública, pero los expertos indican que la inclusión de componentes más baratos o la reducción de la concentración es una práctica conocida entre los productores. 

En el mundo textil, las marcas sustituyen tejidos de calidad por materiales más finos o con menor densidad de costuras. Ello provoca deformaciones, desgaste y pérdida de color. La tecnología tampoco se libra: algunos electrodomésticos han eliminado funciones útiles o reemplazado piezas internas por versiones más baratas y menos duraderas. En algunos casos, el cambio no afecta al diseño exterior ni al precio, pero sí a la vida útil del producto.

¿Puede afectar a nuestra salud?

Más allá de su impacto económico, la barataflación puede suponer un riesgo para nuestra salud al reducir el valor nutricional de algunos alimentos mediante la sustitución de ingredientes de calidad por otros más baratos, como la grasa láctea por grasa vegetal o el aceite de oliva por aceites refinados. Estas reformulaciones pueden aumentar la cantidad de grasas saturadas y aumentar los azúcares, aditivos y almidones, alterando el perfil nutricional. De acuerdo con el British Medical Journal, estos cambios elevan el riesgo de enfermedades metabólicas, como la obesidad, la diabetes tipo 2 o la hipertensión arterial, debido al uso de aditivos y grasas industriales.

En la misma línea, el Instituto Nacional de Salud Pública de Francia señala que los cambios imperceptibles en alimentos procesados tienen un efecto acumulativo en la dieta global de las personas, reduciendo su densidad nutricional sin que estas lo perciban. Como explica la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN): “La confianza en el etiquetado y la composición es fundamental para que el consumidor tome decisiones informadas. Cualquier cambio sin una adecuada comunicación puede tener efectos negativos en la percepción de la seguridad alimentaria”.

Alimentos con una nueva composición

La barataflación es un fenómeno más sutil que la reduflación, pero igual de relevante. “Ambas estrategias responden a la misma lógica empresarial que es la de contener costes o mejorar márgenes sin alterar el precio final”, explica José María Ferrer, responsable del departamento de derecho alimentario del Instituto Tecnológico de la Alimentación Ainia. “Mientras que una reducción en la cantidad de un producto se puede apreciar fácilmente, ya que la normativa obliga a mostrarlo en el etiquetado, los cambios en la composición suelen pasar desapercibidos porque muchas veces se requieren conocimientos técnicos que la mayoría de los consumidores no tienen”, explica Peña. Además, el fenómeno de la reduflación ha sido estudiado más a fondo. Según un estudio de la consultora Ipsos de noviembre de 2023, más de la mitad de los consumidores españoles –un 54%– ha notado que los productos que compran habitualmente, como snacks, pan, pasta, arroz, dulces y comida precocinada, han reducido su tamaño o cantidad.

Pero que no se haya estudiado a fondo no quiere decir que no sea frecuente. En la industria alimentaria existen diversos ejemplos de barataflación. Quizás el más generalizado está en los helados industriales, según los expertos consultados. Algunos de esos postres han dejado de ser lácteos para convertirse en congelados elaborados a base de grasas vegetales en lugar de grasa láctea. Otra muestra de este fenómeno se puede ver en algunos “quesos”, en los que, para abaratarlos, se sustituye la grasa de leche por algunos aceites vegetales, como el de girasol o el de soja. En ocasiones, este cambio modifica la microestructura y la textura del producto, haciéndolo más compacto o elástico, algo que puede modificar el sabor y la calidad sensorial. Para compensarlo, explican los expertos, algunos fabricantes añaden concentrado de proteína de suero para contrarrestar la pérdida de grasa y mantener ciertas propiedades nutricionales.

La información de la etiqueta

En España no existe una legislación que prohíba o regule de manera explícita la barataflación. “La normativa española de defensa del consumidor exige que el etiquetado sea veraz y no induzca al error, pero no impide directamente esta práctica siempre que se informe correctamente sobre la composición del producto”, comenta Ferrer. Aunque la normativa que describe el responsable de Ainia se refiere principalmente al ámbito alimentario, la misma lógica legal puede aplicarse a otros sectores: si se informa correctamente en el etiquetado, la práctica no es ilegal. No obstante, el riesgo de confusión persiste cuando los cambios no se destacan claramente o se presentan bajo etiquetas ambiguas, como “nueva fórmula”, indican los expertos consultados.

“Por ejemplo, si una conserva de atún sustituye el aceite de oliva por el de girasol, esta modificación debe aparecer en la lista de ingredientes, ya que puede afectar tanto el valor nutricional como al precio del producto. En este caso, la sustitución suele ser evidente”, señala Ferrer. Pero existen algunos productos en los que no es así. Como el chocolate, en el que la manteca de cacao, clave para su textura y sabor, es parcialmente reemplazada por otras grasas vegetales más baratas, lo que afecta a la calidad. En este último caso, se informa al cliente en la lista de ingredientes, pero no de manera explícita. “En algunas ocasiones, se enmascaran las modificaciones bajo mensajes como ‘nueva receta’, ‘producto mejorado’ o ‘nuevo sabor’, que pueden ocultar una optimización de costes”, menciona Guillermo Peña, de Gelt. 

También en los embutidos o mercancías cárnicas, de acuerdo con el experto de Ainia, se observa la sustitución parcial de carne por almidones, gelatinas y otros aditivos. Estos añadidos mantienen el volumen y la textura, pero reducen la proporción real de carne en el alimento final. “En algunos flanes industriales, de igual forma, se han dado cambios en la receta. En ciertos casos se ha sustituido la leche entera por la semidesnatada, que resulta más económica. En otros productos de este mismo tipo, además de sustituir ingredientes se ha reducido la cantidad de huevo y se ha incorporado espesante adicional, que es un aditivo de origen vegetal que actúa como estabilizante para mejorar la textura y mantener la consistencia del alimento”, apunta Ferrer. 

¿Qué dice la ley?

El reglamento (UE) 1169/2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor establece un marco claro para garantizar que los usuarios reciban información veraz, clara y comprensible sobre los alimentos que adquieren. En particular, contemplan la posibilidad de que algunos ingredientes sean sustituidos por otros, siempre que dicha modificación se comunique de forma adecuada. Cuando se produce, el etiquetado debe incluir, además de la lista completa de los componentes, una indicación clara y visible sobre el ingrediente que ha sido utilizado en la sustitución. 

Dicha información, según el reglamento, tiene que aparecer muy cerca de la denominación del producto –que suele estar encima de la lista de ingredientes– y con un tamaño de letra suficientemente destacado para que el usuario pueda detectar de manera fácil el cambio. En España, este reglamento se complementa con el Real Decreto 126/2015, que amplía las exigencias en materia de información alimentaria, especialmente en el caso de alimentos no envasados y para la hostelería. “El sector alimentario puede recurrir legalmente a modificar las recetas de los productos, pero siempre debe cumplir ciertos requisitos de información y transparencia”, abunda Ferrer. La clave está en evitar lo que comúnmente se conoce como dar gato por liebre. 

La barataflación, en definitiva, revela cómo, en un contexto de inflación persistente, las empresas reconfiguran sus productos para adaptarse al nuevo equilibrio económico. Más allá de la industria alimentaria, se trata de un fenómeno transversal que afecta a la calidad y durabilidad de múltiples productos. Una tendencia silenciosa, pero cada vez más presente.

¿Cómo detectarla?
  • Lista de ingredientes. Leerla atentamente es crucial para saber los componentes de un producto. Un aumento en estabilizantes o almidones en alimentos que antes solo llevaban leche y fermentos, puede indicar una reducción de calidad en el producto final. 
  • Rendimiento y durabilidad. ¿Nos hemos dado cuenta de que ahora necesitamos más detergente para poner las mismas lavadoras? La reducción de eficacia o durabilidad es una señal clara de que algo ha cambiado en el producto que compramos. 
  • Cambios sutiles. Flanes menos cremosos o prendas que se deforman rápido pueden indicar reformulaciones o materiales más baratos. La Organización Europea de Consumo destaca que los consumidores suelen pasar por alto estos cambios. 
  • Envases. Comparar envases antiguos y nuevos es un buen sistema de comprobación. Hay que revisar las diferencias en los ingredientes, peso neto o valores nutricionales. Si hay cambios se reflejarán en el etiquetado. 
  • Nueva fórmula. Las asociaciones de consumidores recomiendan desconfiar cuando los productos tengan frases como “mejorado”, “nueva fórmula”. Esto puede suponer un recorte en la calidad de un producto.