Medicamentos y calor: una combinación de riesgo

Determinados fármacos interactúan con las altas temperaturas y pueden interferir en los procesos de termorregulación del organismo. Conocer cómo funcionan y cuáles son sus efectos es fundamental para evitar problemas de salud potencialmente graves. Más aún en un escenario de cambio climático, que augura canículas más largas, intensas y frecuentes.
1 junio de 2026

Medicamentos y calor: una combinación de riesgo

Nuestro organismo necesita mantener su temperatura interna cerca de los 37 ºC. Cuando esta aumenta demasiado, funciones esenciales del cuerpo empiezan a fallar. Para evitarlo, contamos con un sofisticado sistema térmico en el que participan el cerebro, los vasos sanguíneos, el corazón, los riñones y el sudor. El gran coordinador de este mecanismo es el hipotálamo, una pequeña región cerebral que actúa como un termostato.

“Cuando llega una ola de calor, el cuerpo entra en una situación de estrés térmico”, explica Mariano Madurga, docente del Máster en Farmacovigilancia y Farmacoepidemiología de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid). En ese momento, el organismo activa distintas estrategias para enfriarse: los vasos sanguíneos se dilatan –de ahí el enrojecimiento de la piel–, el corazón bombea más rápido y aparece el sudor, que ayuda a disipar el calor. Al mismo tiempo, los riñones mantienen el equilibrio de líquidos y sales minerales para evitar la deshidratación. El problema surge cuando algunos medicamentos pueden interferir en este delicado sistema natural de refrigeración. Y esto tiene consecuencias importantes: desde favorecer la deshidratación o el agotamiento por calor hasta aumentar el riesgo de sufrir un golpe de calor. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) ha identificado distintos fármacos que pueden agravar estos problemas durante los episodios de altas temperaturas.

  • Medicamentos que favorecen la deshidratación. Es el caso de los diuréticos –utilizados para tratar la hipertensión o la insuficiencia cardiaca–, especialmente los llamados diuréticos del asa, como la furosemida, que aumentan la eliminación de líquidos por la orina.
  • Medicamentos que pueden afectar al funcionamiento de los riñones. Algunos fármacos, como ciertos antiinflamatorios (AINE), tratamientos para la hipertensión o determinados antibióticos y antivirales, pueden dificultar que los riñones regulen correctamente el equilibrio de líquidos del organismo. Este efecto aumenta el riesgo de deshidratación y problemas renales.
  • Medicamentos cuyo efecto puede alterarse con la deshidratación. Cuando el cuerpo pierde demasiados líquidos, algunos tratamientos pueden concentrarse más en la sangre y aumentar el riesgo de efectos adversos. Es el caso de determinados fármacos para el corazón, la diabetes, la epilepsia o el colesterol, como el litio, la digoxina o algunas estatinas.
  • Medicamentos que dificultan que el cuerpo se enfríe correctamente. Entre ellos se encuentran algunos antidepresivos, antipsicóticos, antihistamínicos, tratamientos para el párkinson o ciertos broncodilatadores. También algunos fármacos para la tensión.

Madurga suma a la lista aquellos medicamentos que aumentan la sensibilidad de la piel al sol. Tomarlos sin una protección adecuada puede provocar desde irritaciones y manchas hasta quemaduras. Entre estos fármacos se encuentran algunos diuréticos, antibióticos, antiinflamatorios, antihistamínicos, antidepresivos, tratamientos para la tensión arterial o para el acné, tanto en crema como por vía oral. Por eso, durante los meses de más calor, los expertos recomiendan extremar la protección solar, consultar el prospecto o preguntar al farmacéutico.

Las señales de alarma del calor extremo

No es lo mismo sufrir agotamiento por calor que un golpe de calor. El primero es una señal de alarma mientras que el segundo, una emergencia médica grave que implica actuar con urgencia. Saber diferenciarlos es clave, ya que actuar a tiempo puede evitar complicaciones serias.

Los riesgos de estos fármacos

Cuando los medicamentos interfieren en el sistema de refrigeración, el organismo pierde capacidad para adaptarse al calor. El resultado puede ir desde agotamiento y deshidratación hasta un golpe de calor, una emergencia que, en sus manifestaciones más extremas, puede provocar la muerte. “Las personas mayores, los niños pequeños, las mujeres embarazadas, los pacientes con ciertas enfermedades crónicas –cardiovasculares, renales o metabólicas– o las personas polimedicadas son las más sensibles a estos efectos”, enumera Pablo Caballero, miembro del Consejo General de Colegios Farmacéuticos. “Las personas mayores son especialmente vulnerables a causa del deterioro de su capacidad para detectar la sed y regular correctamente el equilibrio de agua y sal del organismo”, concreta Madurga. Además, suelen tomar múltiples fármacos.

Prohibido automedicarse

El documento Medicamentos y olas de calor, de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), recoge varias medidas para reducir los riesgos que pueden provocar algunos tratamientos durante las altas temperaturas.

  • Revisar qué medicamentos pueden dificultar que el cuerpo se adapte al calor o aumentar el riesgo de deshidratación.
  • Valorar si todos los tratamientos son necesarios y retirar, siempre bajo supervisión médica, los que no sean imprescindibles.
  • Ajustar la medicación para la tensión, ya que las altas temperaturas pueden hacer que la presión baje más de lo habitual y aumentar el riesgo de mareos, desmayos o deshidratación.

La recomendación para los pacientes es clara: evitar la automedicación. Nunca se debe modificar un tratamiento por cuenta propia durante una ola de calor. “En ningún caso se debe reducir o interrumpir la toma de fármacos que pueden interactuar con la adaptación al calor del organismo. Tampoco, duplicar la dosis por sospecha de pérdida de eficacia”, resume Caballero.

Los expertos insisten en que cualquier ajuste en la medicación debe hacerse siempre con el consejo del médico. También recuerdan la importancia de conservar bien los fármacos, ya que el calor puede alterar su eficacia. Uno de los errores más frecuentes es dejarlos en el coche, donde en verano pueden alcanzar los 45 ºC en tan solo 30 minutos y superar los 60 ºC en menos de una hora. También conviene evitar lugares como la cocina o el baño, por la humedad y los cambios de temperatura. Lo más recomendable es guardarlos en un lugar fresco, seco y protegido de la luz.

Tirar la caja y el prospecto nada más empezar un tratamiento es otro error frecuente. En ellos aparece información clave sobre cómo conservar el medicamento y a qué temperatura. Tampoco debemos confundir el significado de “temperatura ambiente” en plena canícula. “Lo ideal es que no supere los 25 °C o 30 °C; si el medicamento se siente caliente al tacto, es probable que se haya alterado”, puntualiza Madurga.

Prevención, la mejor arma

La mejor forma de evitar problemas es adelantarse al calor. Los expertos recomiendan beber agua con frecuencia, evitar el sol y el ejercicio intenso en las horas centrales del día y controlar la tensión arterial. La evidencia de los ensayos clínicos sobre los efectos de las altas temperaturas en el organismo es limitada, por eso muchas de las recomendaciones actuales se basan en la experiencia clínica acumulada.

Las señales de alerta más habituales son mareo, debilidad, dolor de cabeza, confusión, calambres, palpitaciones, sed intensa o una disminución de la sudoración y de la cantidad de orina. En los casos más graves pueden aparecer desmayos. “Si se sospecha un golpe de calor, hay que llamar inmediatamente al 112”, advierte Madurga, ya que actuar tarde puede provocar daños graves en órganos como el cerebro, el corazón o los riñones. Los expertos también desaconsejan usar paracetamol para bajar la temperatura, ya que no resulta eficaz y puede agravar algunos daños asociados.

Información no falta. La web de la AEMPS, el Centro de Información online de Medicamentos (CIMA) o los propios prospectos incluyen advertencias sobre medicamentos y calor. El problema, reconoce Caballero, es que muchas veces toda esa información no llega de forma clara a quienes más la necesitan. Por eso insiste en reforzar la educación sanitaria, especialmente entre las personas mayores y los pacientes crónicos. Porque contar con información fiable puede marcar la diferencia.

Dime tus hábitos y te diré si estás bien protegido frente a las altas temperaturas

El farmacéutico Mariano Madurga resume los hábitos que apoyan o desregulan el termostato biológico. Apunta:

Consumir alimentos que nos enfrían: no requieren de mucha energía para ser digeridos:

  • Frutas y verduras ricas en agua, como la sandía, el melón, el pepino, el calabacín o el tomate, que ayudan a mantener una buena hidratación y favorecen la sudoración, el principal mecanismo del cuerpo para enfriarse.
  • Alimentos ricos en magnesio y potasio, como las espinacas, las acelgas o el plátano. Estos minerales son esenciales para el buen funcionamiento muscular y nervioso durante el calor.
  • Yogur natural, una opción fresca y ligera que, además, aporta probióticos beneficiosos para el sistema digestivo, especialmente sensible durante los episodios de calor intenso.

Evitar alimentos que nos sobrecalientan:

  • Carnes rojas y fritos, ya que su digestión exige más trabajo al organismo y generan más calor interno, justo cuando el cuerpo intenta enfriarse.
  • Alcohol y bebidas con exceso de cafeína o teína, como las bebidas energéticas, porque favorecen la pérdida de líquidos y aumentan el riesgo de deshidratación.

Hábitos saludables para combatir el calor:

  • Beber agua de forma regular, sin esperar a tener sed. Lo ideal es hacerlo en pequeñas cantidades a lo largo del día para mantener una buena hidratación y ayudar al cuerpo a regular la temperatura.
  • Duchas templadas, mejor que muy frías. Aunque pueda parecer lo contrario, el agua helada dificulta que el cuerpo libere calor. El agua tibia ayuda a refrescarse de forma eficaz.
  • Aplicar frío en zonas como el cuello, las muñecas o los tobillos ayuda a refrescar el cuerpo más rápidamente y a aliviar la sensación de calor.
  • Usar ropa de fibras naturales, como algodón o lino, favorece la evaporación del sudor y ayuda al cuerpo a enfriarse mejor. Las prendas sintéticas, en cambio, dificultan ese proceso.