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Primera Comunión : Una boda en miniatura

Una celebración para 25 invitados puede costar entre 1.200 euros y 5.300 euros en función del menú, el atuendo y los regalos para los pequeños protagonistas

Acertar con el regalo

También en los regalos se aprecia una evolución respecto a hace apenas cinco años; los cubiertos de plata, biblias y muñecas de comunión han dado paso a ordenadores, aparatos de MP3, cámaras digitales, bicicletas o videoconsolas. Como grandes clásicos se mantienen las cruces, medallas y pulseras de oro con el nombre del menor y la fecha del evento grabados, los relojes y el juego de bolígrafos o plumas.

En el caso de un obsequio de comunión, el objetivo es que perdure en el tiempo y en la memoria de los niños como recuerdo de una fecha tan especial. Hay que tener en cuenta que ellos son consciente de que van a recibir regalos, no les importa tanto su precio como el hecho de acumularlos. Por eso, el desembolso a realizar depende del presupuesto del que se disponga, ya que por menos de 50 euros se pueden adquirir muñecas de comunión, relojes, películas, videojuegos, libros, etc. Eso sí, algunos regalos pueden alcanzar los 1.000 euros. No obstante, los padres cada vez se lo ponen más fácil a los invitados, ya que facilitar un número de cuenta a los invitados -como si de una boda se tratara- o de enviarles una lista de regalos es una práctica cada vez más común.

La comunión sin comunión

Desde hace unos años algunas familias han comenzado a celebrar lo que denominan “comunión civil”, por analogía con las bodas civiles. Se trata de realizar una fiesta social similar a la de aquellas familias cuyos hijos han decidido cumplir con este sacramento pero, en estos casos, sin pasar por la iglesia. Aunque minoritarias, cada vez son menos extrañas las fiestas civiles, sin iglesia ni catequesis, pero con regalos, banquetes y hasta traje de comunión para la niña o niño homenajeado. Se trata de no privar al pequeño de la fiesta ni del surtido de regalos que la mayoría de sus compañeros de colegio disfrutarán.

En un país en el que la práctica religiosa está disminuyendo -según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en 1998 el 83% de los españoles se definía como católico, mientras que en 2007 la cifra bajó hasta el 77%-, los ciudadanos quieren festejar los momentos importantes de la vida, pero no necesariamente por un motivo religioso. Es decir, celebrar una comunión sin comunión.

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