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: Un verano ¿con deberes?

Ante un nuevo curso condicionado por el virus que rompió el ritmo al anterior, padres, educadores y alumnos se toman el verano como un escenario de transición. Ahora bien, ¿cómo han de ser estas vacaciones?

Jugar mientras aprenden

Aprender es una aventura que va más allá de abrir un libro, tomar apuntes en un aula o presentarse a un examen de evaluación. Por eso, la propia Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) anima a padres y a profesores a “ir más allá de la enseñanza y el aprendizaje formal y considerar también la educación informal”. Se debe motivar lo más posible a los estudiantes para que jueguen y participen en actividades de aprendizaje entretenidas que les permitan levantar el ánimo en tiempos de crisis y aumentar su motivación por aprender. Y más si estamos de vacaciones. 

Es cierto que los cuadernos de verano resumen los contenidos principales de cada asignatura e intentan hacerlo de una manera más ligera que los libros de texto habituales; sin embargo, muchos alumnos suelen considerar que son “más de lo mismo”. “Las tareas estivales tendrían que ser muchísimo más lúdicas. Contamos con internet –una valiosa herramienta para los educadores– donde hay miles de páginas que resultan mucho más atractivas que las fi chas o el cuaderno de turno”, aconseja la pedagoga. “Se trata de que los deberes veraniegos sean motivadores, porque si les damos lo mismo que en invierno, no conseguiremos nada, solo potenciaremos su frustración”. 

Toda actividad que a los niños y niñas les parezca útil y tenga que ver con su mundo será un recurso muy apropiado: materiales online que les permitan interactuar, redactar un cuaderno de bitácora del verano, escribir sus propias historias, así como otras experiencias que en invierno, por falta de tiempo, no se pueden llevar a cabo. Cristian Olivé añade otras vivencias, como establecer el diálogo intergeneracional, leer y escribir sus propias reflexiones o debatir temas de actualidad con los adultos. 

Después del largo encierro de esta primavera en casa, las actividades deberían tener lugar al aire libre: en el monte, en la calle, en la playa… o en un parque. Y siempre en compañía de más niños porque, como apunta Yolanda Domínguez, “relacionándose con otros es como más y mejor aprenden, aunque sea guardando distancias y con mascarillas”. Y si este año hemos renunciado a un campamento de verano (algunos hay, sujetos a la nueva normativa de seguridad e higiene), la mejor solución es establecer redes de adultos –otros familiares o padres de amigos, si los propios están trabajando– para permitirles salir el mayor tiempo posible de casa. 

Por un nuevo curso sin traumas

Igual que el teletrabajo de los mayores se ha revelado como herramienta eficaz en esta etapa, parece claro que en el próximo curso la educación online va a convivir en mayor o menor medida con la presencial, según los expertos. “Durante las semanas de confinamiento, alumnos y profesores han tenido que desenvolverse como nunca dentro de un entorno digital, así que deberíamos aprovechar todo lo que han aprendido y potenciarlo a partir de ahora”, apunta Cristian Olivé.

Pero la próxima vuelta al cole no estará solo marcada por los contendidos que los estudiantes deban aprender, por la manera de impartirlos o por las normas sanitarias que determinan la nueva normalidad en los centros educativos. También será preciso que profesores y padres refuercen la parte emocional de los alumnos, tal como afirma Cristian Olivé: “No deberíamos lanzar la teoría como una ametralladora para intentar recuperar lo perdido, sino ver durante el próximo curso lo que hemos ganado y fortalecerlo. Será necesario mucho trabajo en equipo entre alumnos y mucha atención individualizada. La escuela es un espacio de encuentro y debate, de autoconocimiento y reflexión. Si creemos que la educación supone solo transmitir conocimientos, tenemos los días contados”. 

El confinamiento de la primavera ha sido duro; niños y adolescentes han sufrido una carga emocional fuerte y cada uno la ha sobrellevado como ha podido, dependiendo en especial de su situación familiar. “No podemos aparentar que no ha pasado nada, hay que trabajar esos sentimientos durante el curso”, recomienda Yolanda Domínguez. ¿Cómo? Potenciando las tutorías, no solo en grupo, sino también a título personal. Porque los menores tienen que hablar de la covid-19, de cómo la han vivido ellos, expresar como cada uno quiera (y pueda) sus vivencias. Y para alcanzar ese objetivo es preciso que existan espacios en la propia escuela en los que puedan contar sus preocupaciones emocionales y sociales, no solo las educativas.

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