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: La lucha contra la obesidad infantil: el papel esencial de la ciencia

España es el cuarto país europeo con más niños con sobrepeso y obesidad, aproximadamente un 40% de los menores vivirán con un alto riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes o diferentes tipos de cáncer. Sabemos que muchos de los factores de riesgo disminuyen o desaparecen cuando se realiza un cambio en los hábitos de vida, pero solamente la ciencia puede transmitirnos ese conocimiento.

La lucha contra la obesidad infantil: el papel esencial de la ciencia

La investigación es la herramienta imprescindible para conocer cómo prevenir la obesidad y cómo tratarla, por eso, hay que seguir invirtiendo en ella. No hacerlo saldrá mucho más caro.

Detrás de campañas como Hijos del azúcar, lanzada recientemente por el Ministerio de Consumo para concienciar a los padres de la relación directa entre el consumo de azúcar y la obesidad infantil, y de decisiones como la implantación del semáforo nutricional Nutri-Score, que aporta mejor información a los consumidores sobre los alimentos, o la de limitar la publicidad de los productos poco saludables dirigida a menores, está el trabajo de investigación de numerosos científicos. Todas ellas son decisiones que llegan tras años de trabajo de multitud de investigadores.

Gracias a sus conclusiones sabemos que tenemos una prevalencia de obesidad entre nuestros menores del 18,1% (20,4% en niños y 15,8% en niñas) y que esta tasa expone a los pequeños en serio riesgo de desarrollar enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión o síndrome metabólico. Conocemos también que ni siquiera el 3% de los jóvenes españoles alcanza la ingesta óptima de frutas y hortalizas recomendada (400 gramos al día), que la población infantil y adolescente consume el 21,5% de la energía de la dieta en forma de azúcares totales (casi el 30% en los menores de tres años) y que cada vez hay más niños diagnosticados con diabetes 2, cuando antes era una enfermedad de adultos.

El conocimiento necesita inversión

Es prácticamente imposible investigar sin financiación y esa inversión puede obtenerse de las instituciones privadas (las menos) y públicas. El sistema funciona de la siguiente manera: a través de diferentes convocatorias, los grupos de investigación se presentan con sus respectivos proyectos y después, tras revisar estas propuestas, un comité evaluador decide financiar un proyecto concreto con la cantidad solicitada por el grupo investigador o una menor. No existen datos de los euros que se destinan específicamente a investigar la obesidad infantil, pero muchos de estos proyectos se financian gracias a las ayudas que otorga el Ministerio de Ciencia e Innovación, a través de la Agencia Estatal de Investigación.

En 2020, se otorgaron 411,15 millones de euros a equipos de las universidades, centros públicos y centros privados sin ánimo de lucro. Con estos recursos se promueve que la comunidad científica española pueda abordar proyectos de investigación de alta calidad, novedad y relevancia que contribuyan al progreso del conocimiento, así como a la resolución de problemas de la sociedad y al crecimiento de la economía. El centro que más recursos obtuvo fue la Universidad de Barcelona, que captó 21,8 millones de euros para realizar 168 proyectos, mayoritariamente en las facultades de Medicina y Ciencias de la Salud y de Biología (25 proyectos) y Farmacia y Ciencias de la Alimentación (con más de una decena). Haciendo cuentas, cada proyecto recibe unos 131.000 euros.

Pero ¿es suficiente? El coste de una investigación depende de factores casi innumerables y esto es, precisamente, lo que hace que los proyectos puedan variar tanto en su coste final. “Hay que tener en cuenta los años necesarios para su ejecución y el área concreta de investigación (más social, como una gran encuesta de hábitos, o más científica, del área de inmunología, metabolismo, genética…). También depende del tipo de experimentos que vayan a realizarse, del número de personas involucradas, si es necesario adquirir nuevos instrumentos para el laboratorio, contratar a personal, usar modelos animales, de la existencia de servicios de apoyo…”, relata Lluis Montoliu, científico del Centro Nacional de Biotecnología, que ha liderado y evaluado durante muchos años proyectos de investigación para administraciones nacionales e internacionales.

Un proyecto puede costar miles, centenares de miles y hasta millones de euros. A esta enumeración habría que añadir dos condicionantes más: la cantidad de dinero público destinado ese año a la investigación y el número de grupos científicos que postulan para conseguir la subvención.

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