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“La buena voluntad de la industria está bien, pero, si no funciona, hay que establecer reglas” : Entrevista: Alberto Garzón, ministro de Consumo

¿Se han planteado impulsar la educación nutricional en las escuelas?

Por supuesto. En algunas comunidades autónomas esta educación nutricional ya viene recogida en los pliegos de contratación de los comedores escolares. Sin embargo, hay un amplio margen de mejora. Tenemos que avanzar hacia planes más integrales que incluyan, como señalas, a las familias, y mejorando el conocimiento tanto nutricional para dar las claves de cómo mantener una dieta sana, sostenible, accesible y que no quite tiempo. Estas claves son cruciales para introducir cambios en los hábitos que sean realistas con la sociedad actual.

¿La implantación del etiquetado Nutri-Score tendrá lugar este año? El etiquetado Nutri-Score se va a regular después del verano y será voluntario. Y, además, forma parte del acuerdo de Gobierno. Creemos que 2021 es el mejor momento. Somos conscientes de que Nutri-Score es un instrumento que ayuda, pero no es perfecto. Tiene algunos déficits importantes. Al fin y al cabo, se trata de un algoritmo, un indicador sintético que trata de resumir en una sola imagen mucha información, y eso tiene lagunas. Probablemente, es el mejor de los que podamos poner en marcha dentro de la regulación actual europea, pero tiene carencias. Trabajamos para corregirlas.

¿Qué se quiere corregir? Por ejemplo, el caso de monoingredientes como el aceite de oliva. El algoritmo los penaliza, y no es justo, porque no es cierto, desde el punto de vista científico, considerar al aceite perjudicial para la salud. Si los monoingredientes no están bien valorados, no queremos incluirlos. No queremos trasladar ningún mensaje que no sea científico y, por lo tanto, la protección del aceite de oliva está garantizada.

¿Qué supone este sistema? Va a ayudar a que las empresas se adapten al algoritmo y modifiquen sus propios componentes, para que eso no solo sea una dinámica de buena voluntad o de adaptación a los deseos de los consumidores que, como digo, están siendo cada vez más exigentes. Nutri-Score es también una invitación a que las empresas hagan los cambios oportunos para todo tipo de productos, con el fin de llegar a tener un abanico mucho más saludable. Y al hecho fundamental de que quien va a consumir sepa lo que está comprando, que no se deje guiar –o por lo menos sea mucho más difícil–, por ese tipo de informaciones erróneas que muchas veces se trasladan desde algunas empresas.

Nutri-Score levanta mucha polémica. ¿Tienen en cuenta lo que se hace en otros países de nuestro entorno? Participamos recientemente en un encuentro internacional con bastantes países que ya lo tienen implantado. En el Comité Rector de Nutri-Score en la UE están Francia, Alemania… Y España. Aunque no lo tenemos implantado todavía, estamos ya dentro. Tenemos claro que va a salir hacia adelante. Nutri-Score es el mejor de los sistemas que podemos poner en marcha dentro de la UE. Fuera existen otros etiquetados. Incluso algunos que recomienda la OMS, como el de Chile, un modelo distinto porque implica obligatoriedad. Pero la normativa europea, de momento, no lo permite. En el Comité Rector del Nutri-Score, donde nos incorporamos progresivamente, vamos a intentar avanzar y cambiar para que la industria acompañe necesariamente a los gobiernos y se tenga que ir adaptando a las normas para que, más temprano que tarde, pasemos a algo mejor que el Nutri-Score. Pero, de momento, Nutri-Score va a suponer un salto cualitativo, porque hoy en día no existe nada.

¿No cree que Nutri-Score podría crear una brecha entre las propias empresas fabricantes? Las que tienen más recursos para invertir en una reformulación de sus productos frente a otras que no los tienen. No es un riesgo real. Las inversiones que hacen falta para adaptar tu producto a un consumo más saludable no son relevantes. Hay que hacer lo que no se ha hecho antes porque no había conciencia. No se trata de una cuestión moral. Antes, sencillamente, no había esa demanda por parte de la población; no había un conocimiento científico, no se conocían los impactos a medio y largo plazo de determinado tipo de producto. Todo eso está cambiando, y muchas empresas han modificado ya la mayor parte de los ingredientes de sus productos estrella, adaptando o rebajando aquellos ingredientes perjudiciales.

¿Diría que todas son conscientes? Sí, y los cambios tienen que seguir la normativa. Nosotros les empujamos a ello por un motivo de salud pública, no por ningún capricho: creemos que se tiene que hacer de forma más rápida. Es decir, no obligamos a ninguna empresa a cambiar su producción; ni lo que venden ni cómo lo distribuyen. El consumidor va a tener a su disposición un indicador que le dirá si un producto es mejor o peor. Y luego hará, naturalmente, lo que le parezca oportuno. Las empresas van a tener un incentivo para mejorar su producto, porque a nadie le gusta tener unos indicadores que el consumidor pueda detectar como peligroso.

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