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Cerca de la mitad de los menores españoles presenta sobrepeso u obesidad. El origen es multifactorial, pero no puede obviarse el papel de una alimentación poco saludable. ¿Es responsabilidad de los fabricantes? Representantes de la industria, nutricionistas y expertos en seguridad alimentaria analizan las causas y apuntan posibles soluciones. : ¿Con qué alimentamos a nuestros hijos?

 ¿Qué hacen mal?

Con las cifras de sobrepeso y obesidad infantil en la mano cabe plantearse cuánta responsabilidad tiene la industria alimentaria. Sin perder de vista que estamos ante un problema con otros actores involucrados: los padres y las madres, el menú escolar, la hostelería y el sistema público de salud.

“En el caso de la industria alimentaria, tanto de la transformación como de la distribución, toca reformular y desarrollar productos alimenticios con composiciones adecuadas a los requerimientos poblacionales”, explica Rafael Urrialde, profesor de microbiología en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Complutense de Madrid y experto en Alimentación, Seguridad Alimentaria y Nutrición.

En el último medio siglo las necesidades calóricas se han reducido como consecuencia de la automoción, los ascensores o el ocio sedentario. Sin embargo, la industria sigue lanzando propuestas muy energéticas, desde bollería alta en grasas y azúcares a bolsas de aperitivos salados en los famosos tamaños familiares que distorsionan la idea de ración.

Por si fuera poco, la puesta en escena es implacable. Se busca embelesar a los pequeños y convencer a los adultos. “Debería eliminarse la comunicación dirigida a niños de productos con excesivos nutrientes críticos (grasas, sal y azúcar, fundamentalmente)”, señala Urrialde. Se apunta a los anuncios convencionales y a la poca conveniencia de regalar juguetes con este tipo de alimentos (el ya habitual regalo dirigido a los más pequeños que se encuentra en los formatos grandes de ColaCao o el propio huevo Kinder). Pero también se cuestionan los crecientes patrocinios de famosos (el chef Daviz Muñoz con Donuts o youtubers confesando que desayunan Red Bull para estar más despiertos).

Tampoco se salvan los reclamos en la parte delantera de los propios envases: el “enriquecido con vitaminas y calcio”, “mejora el rendimiento intelectual”, “recomendado por pediatras” o “patrocinador del equipo olímpico” inducen a pensar en súper alimentos o en elementos habituales en la dieta de los deportistas, camuflando la realidad de productos de bajo interés nutricional y altos en calorías.

Autocontrol, regulación o sanciones, ¿qué funciona? 

En 2005 el Ministerio de Sanidad y Consumo ponía en marcha la estrategia NAOS para revertir la obesidad infantil. 16 años después, industria y nutricionistas coinciden: fue una oportunidad perdida ya que no se acompañó de una campaña de educación nutricional para la población general. Cuando los padres no saben interpretar una etiqueta de nutrientes difícilmente harán elecciones acertadas en la cesta de la compra. Aun así, la Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB) se alineó al plan elaborando el Código Autorregulación de la Publicidad de Alimentos (PAOS), una serie de guías para atemperar los mensajes publicitarios destinados a niños menores de 12 años. “Los acuerdos voluntarios o de autocontrol funcionan muy bien para recortar los ingredientes críticos o moderar los mensajes en la publicidad, pero solo serán efectivos si las autoridades los supervisan y cuentan con sanciones. Habría que establecer una regulación específica para los productos dirigidos a menores de 16 años, como ya hacen en Portugal”, recalca Rafael Urrialde.

Entre 2017 y 2020 el sector se comprometió a mejorar los perfiles nutricionales de muchos alimentos. En la práctica, significaba eliminar un 10% de azúcar a los néctares de fruta, un 5% de grasas saturadas a las galletas o un 13,8% de sal a las patatas fritas. Para Enrico Frabetti, director de Política Alimentaria, Nutrición y Salud de FIAB, “hay alternativas tecnológicas que permitirían reducir aún más esos porcentajes, incluso eliminarlos sin poner en riesgo la seguridad alimentaria. Pero el sabor o la textura se modificarían de forma notable. Lo más probable es que el paladar del consumidor los rechazara. Los cambios deben ser graduales”.

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