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: Hambre emocional: cuando la comida se convierte en un consuelo

Recurrir a los alimentos para aplacar emociones puede derivar a trastornos más serios. Algo que pasa a edades cada vez más tempranas.

¿A quién no le gusta comer? La textura fundente de un queso gratinado, la suavidad de unas verduras cocidas en su punto justo, la explosión de sabor de una pieza de carne a la brasa… La comida se asocia con el placer, pero también se ha convertido en un nexo de unión para cualquier acontecimiento. Durante la pandemia, una de las primeras cosas que hicimos fue tomar algo frente a la pantalla con amigos. Con mimo, preparábamos ese aperitivo que íbamos a compartir en la distancia con nuestros seres queridos. ¿Cuántas de esas veces lo hicimos realmente por tener hambre o sed? Es innegable que en el contexto en el que vivimos muchas veces comemos por el puro placer de comer. Es lo que denominamos, comer emocional.

Hambre fisiológica y emocional

Cuando llevamos varias horas sin comer, nuestro cuerpo desencadena una serie de procesos para “protestar” por ello y señalarnos que necesita nutrientes. Las células intestinales secretan grelina, una hormona relacionada con la sensación de hambre y saciedad, y nuestro páncreas genera insulina, lo que hace que tengamos un descenso en los niveles de glucosa, por eso, muchas veces, sentimos cierta debilidad cuando tenemos hambre. Todas estas señales llegan al cerebro para hacernos ver que necesitamos alimentarnos. Este proceso no es inmediato. “Se trata de una sensación de malestar que va creciendo poco a poco y que, una vez que llega a su punto máximo, nos hace desear cualquier tipo de alimento. No discriminamos entre lo que nos gusta más o menos”, explica el dietista-nutricionista Daniel Ursúa. Una vez que empezamos a comer, esta sensación se calma y empiezan los procesos que nos indicarán que estamos saciados, que tampoco son inmediatos. La señal de saciedad tarda unos 20 minutos en llegar al cerebro.

En cambio, hay otro tipo de hambre que podríamos llamar “emocional” y que no está ligada a una falta de nutrientes. El psicólogo y psicoterapeuta especializado en trastornos de conducta alimentaria (TCA) Marc Ruiz la define así: “Hay sensaciones agradables asociadas a la ingesta de alimentos que sobrevienen tras comer, porque nos relajamos. También se pueden dar a causa de determinados sabores. Esto significa que, en el corto plazo, la comida puede convertirse en un recurso para combatir la ansiedad. El comer emocional es hacer uso de la ingesta de alimentos con el objetivo de sentirnos bien o aplacar emociones desagradables”.

A diferencia del hambre que podríamos llamar fisiológica, el hambre emocional surge de forma repentina, no tiene por qué ir acorde a nuestro horario habitual de comida y suele responder al deseo de un alimento o un grupo de alimentos concreto. “Se da de forma habitual en multitud de situaciones cotidianas. Después de un día especialmente duro en el trabajo, llegamos a casa y nos apetece encargar una pizza, una hamburguesa o cualquier otro tipo de comida que nos dé placer y una sensación de recompensa”, añade Daniel Ursúa.

Pero no solo pasa con emociones negativas. Cuando preparamos una comida especial en la que incluimos alimentos y productos que normalmente no comemos y, en una mayor cantidad de la habitual, también interviene el hambre emocional.

Publicidad: la venta de emociones

Las grandes empresas de la industria alimentaria invierten mucho dinero en publicidad con un propósito claro: vender. Cada persona tiene gustos e intereses distintos. No a todo el mundo le gusta el chocolate, la pizza o el alcohol, pero hay algo que todos tenemos en común: las emociones. Todos podemos tener un mal día, estar cansados o querer celebrar algo. Muchos anuncios apelan a estas emociones de una forma u otra. Pocas marcas venden productos, la mayoría busca vender experiencias. El problema es que los anuncios los ven tanto las personas que tienen una buena relación con la comida, como las que no. Y muchas campañas que vemos a diario pueden suponer un desencadenante de conductas de riesgo. Así lo demostró un estudio conjunto de  de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Universidad Pompeu Fabra. Según sus conclusiones, “la percepción de ciertos valores en la publicidad tiene un papel determinante en el grave problema social que representan las conductas alimentarias alteradas”. Un ejemplo son las campañas publicitarias que utilizan la comida como “mediadora” en los conflictos familiares. Pasa lo mismo cuando se propone como recompensa a un día duro de trabajo, como premio tras el gimnasio o tras una ruptura.

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