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Los datos, informaciones, interpretaciones y calificaciones que aparecen en esta información corresponden exclusivamente al momento en que se realizaron y tienen, por tanto, una vigencia limitada.

: Bulos sobre alimentación: cuando a los adultos nos engañan como a niños

A diario, los profesionales de la información que escriben sobre salud y nutrición reciben numerosos comunicados. Esa abundancia de noticias y la búsqueda de titulares llamativos provoca que muchas veces los medios se conviertan en meros trasmisores de bulos.

No es de segunda fila

Uno de los problemas que arrastra la información en temas nutricionales, a juicio de Del Valle, es que muchas veces el periodista no es consciente de la relevancia de este tipo de noticias. “Cuando se informa sobre cáncer o la covid-19 se entiende que los datos deben ser pulcros y exactos, pero cuando se trata de nutrición se asocia a estilo de vida, a algo ligero, y se tiende a bajar la guardia”, asegura. Para la experta, encargárselo a alguien sin formación o sin experiencia en nutrición es un error, aunque es lo más habitual. Pero, precisamente al tratarse de temas menos densos, alcanzan mayor audiencia. No hay que perder de vista que la nutrición tiene impacto en la salud. De hecho, sabemos que la mala alimentación está relacionada con muchas patologías adquiridas en las sociedades occidentales, como la obesidad infantil.

Para Josu Mezo, de Malaprensa. com y colaborador con la Fundación Maldita, organización sin ánimo de lucro que se dedica a la comprobación de noticias, “el buen periodista debe ser buen investigador y narrador. Esto implica saber manejar bien las estadísticas para evitar errores lógicos, malas interpretaciones de datos a partir de estudios científicos o gráficos mal hechos”.

Etiquetas que no se entienden

Un fallo habitual es confundir las calorías de la etiqueta, expresadas por ley en 100 gramos, con las calorías totales del producto o ración y considerar que un alimento es menos energético de lo que realmente es. Sucede, por ejemplo, con los yogures, que pesan 125 gramos. Las marcas aprovechan este despiste para camuflar las cifras de azúcar añadido. Si una marca contiene 12,5 g de azúcar por 100 gramos de producto, la realidad es que lo que realmente se ingieren son 15,6 g, la cantidad que contiene cada unidad.

También lo hacen los fabricantes cuando destacan que sus nuevos batidos tienen un 50% menos de azúcar añadido y apunta que solo llevan 2,1 g por 100 ml. Sin embargo, un batido de esos que los niños se toman al salir del colegio tiene 200 ml. Esto duplica la cantidad de azúcar hasta los 4,2 g por unidad. Teniendo en cuenta que la OMS determina que hasta los ocho años no se deberían superar los 16 g de azúcar, esa merienda láctea aporta algo más de la cuarta parte de todo el azúcar que el niño debería ingerir a lo largo del día.

Otro ejemplo de la dificultad para leer las etiquetas lo contaba el dietista-nutricionista Julio Basulto en su cuenta de Twitter. Tras enseñar la imagen de una palmera de chocolate con 2.300 kcal (las recomendadas para todo un día), varias personas lo acusaron de haber realizado mal los cálculos, porque leyeron que el producto tenía 2.700 kilojulios. “No, no hice mal los cálculos. Que mucha gente se haya confundido es la prueba fehaciente de que las etiquetas parecen diseñadas para que las entienda una mínima parte de la población”, denunciaba Basulto.

La mano que mece el bulo

Rocío Benavente, coordinadora de Maldita Ciencia, señala que el periodismo científico debe transmitir de forma rigurosa y útil información que ayude a los ciudadanos a tomar buenas decisiones en temas tan importantes como la salud o la alimentación. Sin embargo, hasta con un estudio riguroso y veraz se pueden dar titulares muy alejados de la verdad. En algunas ocasiones, por intereses de la industria.

Otras veces, las noticias falsas nacen simplemente porque los medios de comunicación buscan el clickbait o ciberanzuelo. Su incidencia ha aumentado con la pandemia por la preocupación ciudadana por la salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya habla de “infodemia”, al constatar que en dicha sobreabundancia de información se incluyen intentos deliberados por difundir información falsa.

Por ello, está desarrollando el sistema EARS (siglas en inglés de Herramienta de Respuesta Temprana con Escucha Social), una inteligencia artificial que detecta dónde hay debate en las redes, analiza si hay vacíos de información y articula una respuesta en tiempo real con información de alta calidad basada en la evidencia científica, así como recomendaciones de intervención para los administradores de sistemas de salud. Aún está en fase piloto.

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