Ojos. Las otras víctimas del cambio climático
Ojos rojos, picor, lagrimeo, escozor o sensación de arenilla. Son molestias que muchas veces achacamos al cansancio, al aire acondicionado o a la alergia, pero existe otro factor que cada vez influye más: el cambio climático. Las altas temperaturas, la contaminación, el aumento de la radiación ultravioleta y unas temporadas de polen cada vez más largas están haciendo que problemas como el ojo seco o las alergias oculares sean más frecuentes e intensos.
Hasta ahora, la atención se había centrado sobre todo en los efectos del cambio climático sobre la piel y el aparato respiratorio. Sin embargo, los ojos también son especialmente vulnerables porque están en contacto permanente con el exterior. “Reciben de forma directa el impacto del calor, el viento, la contaminación, la radiación ultravioleta o los ambientes secos. Cuando varios de estos factores coinciden, aumenta el riesgo de irritación e inflamación”, explica Pedro Arriola, oftalmólogo del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y coordinador del Comité de Sostenibilidad de la Sociedad Española de Oftalmología (SEO). Lucía Echevarría, oftalmóloga del Hospital Comarcal de la Axarquía (Vélez-Málaga), añade que el cambio climático también puede fomentar algunas infecciones oculares, ya que las altas temperaturas crean condiciones más favorables para que determinados microorganismos proliferen.
Cada vez más consultas
Los especialistas advierten de que este fenómeno ya se refleja en las consultas. Según la Agencia Internacional para la Prevención de la Ceguera (IAPB), el cambio climático incrementará la incidencia de problemas como el ojo seco y las alergias oculares, además de aumentar el riesgo de enfermedades como las cataratas, los desprendimientos de retina o la degeneración macular asociada a la edad, una relación que continúa siendo objeto de investigación. “El aumento de las consultas, así como de las intervenciones y los tratamientos, ya es un motivo de preocupación entre los oftalmólogos”, señala Echevarría. La especialista es autora de una investigación de 2024 que estima que hasta un 36,5% del aumento de las enfermedades oculares en el sur de España está relacionado con el cambio climático. Pero, ¿a través de qué mecanismos se produce ese impacto?
Los efectos de las altas temperaturas
El calor hace que los ojos se sequen con más facilidad. Las altas temperaturas aceleran la evaporación de la película lagrimal, la fina capa de líquido que mantiene hidratada y protegida la superficie del ojo. Si a esto se suma el uso frecuente del aire acondicionado, que reduce aún más la humedad ambiental, el riesgo de sufrir síndrome del ojo seco aumenta.
El calor también favorece la proliferación de bacterias y virus. Cada vez hay más evidencia de que durante las olas de calor aumentan los casos de conjuntivitis infecciosa. “El cambio climático fomenta la aparición de enfermedades infecciosas y de microorganismos transmisores que antes apenas estaban presentes en nuestras latitudes”, advierte Echevarría.
El aumento de temperatura suele ir acompañado de una mayor exposición a la radiación ultravioleta (UVB). Pasar mucho tiempo al sol sin una protección adecuada no solo daña la piel, también puede afectar a los ojos. La radiación ultravioleta produce lesiones acumulativas en su superficie y aumenta el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades. Una de ellas es el pterigión, conocido popularmente como “ojo de surfista” o “uña”. Se trata de un crecimiento anormal de la conjuntiva que invade poco a poco la córnea y, si progresa, puede alterar la visión. Además, la exposición continuada a la radiación ultravioleta acelera el envejecimiento del cristalino y favorece la aparición de cataratas a edades más tempranas.

Los efectos del cambio climático sobre la salud ocular no afectan a todos por igual. Los grupos más vulnerables son las personas mayores y los menores, cuyos ojos resultan más sensibles a las agresiones ambientales. También tienen un mayor riesgo quienes ya padecen ojo seco, alergias o alguna enfermedad ocular, así como los usuarios de lentes de contacto. La exposición al aire libre marca la diferencia. Según la oftalmóloga Lucía Echevarría, quienes trabajan en el campo, la playa, el mar o zonas de alta montaña reciben una mayor dosis de radiación ultravioleta. Por su parte, la población que vive en grandes ciudades o desarrolla su actividad en entornos urbanos e industriales está más expuesta a la contaminación, un factor que favorece la irritación ocular.
Más contaminación y más polen
El humo, el tráfico, las partículas en suspensión y los gases industriales irritan directamente la superficie del ojo. La primera barrera de protección es la película lagrimal, una finísima capa de líquido que lo mantiene hidratado y ayuda a defenderlo de las agresiones externas. Cuando la contaminación es elevada, esa protección resulta insuficiente y aumenta la irritación ocular. Según Pedro Arriola, estos contaminantes tienen un efecto inflamatorio, lo que favorece la irritación de la superficie del ojo y aumenta el riesgo de ojo seco, conjuntivitis alérgica o irritativa y, a largo plazo, de enfermedades como el glaucoma o la degeneración macular asociada a la edad.
A este problema se suma el aumento del polen y de otros alérgenos ambientales. El cambio climático está provocando que los inviernos sean más cortos y que los días de calor lleguen antes. Como consecuencia, las plantas florecen antes y durante más tiempo, de modo que las temporadas de polinización se adelantan, son más intensas y se prolongan varias semanas. Esto hace que las personas alérgicas permanezcan expuestas al polen durante más tiempo y sufran molestias oculares una parte mayor del año. “Aunque todavía no existe evidencia concluyente en España, todo apunta a que esta situación está favoreciendo alergias oculares con síntomas más intensos y persistentes”, señala Pedro Arriola, portavoz de la Sociedad Española de Oftalmología.
Las consecuencias ya se están notando. La evidencia científica es especialmente sólida en dos problemas muy frecuentes: el ojo seco y la conjuntivitis alérgica. En ambos casos, los estudios muestran que el aumento de las temperaturas no solo incrementa el número de personas afectadas, sino que también agrava los síntomas, una tendencia que los oftalmólogos llevan años observando en las consultas.
En 2023, la Sociedad Española de Superficie Ocular y Córnea (SESOC) y la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) ya alertaban de que la incidencia de la conjuntivitis alérgica había aumentado de forma significativa en España, en gran medida como consecuencia del cambio climático y de la contaminación atmosférica. Según estas sociedades científicas, su prevalencia, que rondaba el 20% de la población, supera ya el 30%.
Las consecuencias a largo plazo
Pero los efectos del cambio climático no se limitan al ojo seco o las alergias. A largo plazo, la exposición continuada al calor y a la radiación ultravioleta también puede aumentar el riesgo de enfermedades oculares como las cataratas, el glaucoma o la degeneración macular asociada a la edad. Esta relación ya se ha observado en algunos estudios. Una investigación del Hospital de la Axarquía (Vélez-Málaga) concluyó que por cada grado centígrado de aumento de la temperatura máxima media anual se registran 370,8 casos más de cataratas por cada 100.000 habitantes. El trabajo también encontró que las zonas con más precipitaciones presentaban una menor incidencia de esta enfermedad, lo que sugiere que la lluvia podría ejercer un efecto protector.
“El aumento de las temperaturas y las olas de calor implican también una mayor exposición a la radiación ultravioleta, que acelera el envejecimiento del cristalino y favorece la aparición de cataratas”, explica Lucía Echevarría, autora principal del estudio. La especialista añade que otras investigaciones también han encontrado una relación entre el incremento de las temperaturas y enfermedades como el desprendimiento de retina o la degeneración macular asociada a la edad.
En definitiva, el cambio climático ya no solo compromete la salud del planeta, sino también la de nuestros ojos. Muchas de las molestias oculares que hoy parecen formar parte de nuestra vida cotidiana pueden verse agravadas por las altas temperaturas, la contaminación o unas temporadas de polen cada vez más largas. La buena noticia es que una parte importante de este impacto puede prevenirse con medidas sencillas, como proteger los ojos del sol, mantener una buena hidratación o reducir la exposición a ambientes contaminados. Cuidar nuestra salud ocular también forma parte de la adaptación al cambio climático.
Aunque no podemos evitar todos los efectos del calor y la contaminación, sí podemos reducir su impacto sobre nuestros ojos con las siguientes recomendaciones:
- Protege tus ojos del sol. Utiliza gafas de sol homologadas con filtro frente a la radiación ultravioleta y, siempre que sea posible, complétalas con una gorra o un sombrero de ala. “El simple hecho de llevar gafas de sol ya proporciona una protección importante frente a no llevarlas”, recuerda la oftalmóloga Lucía Echevarría.
- Mantén los ojos bien hidratados. Si notas sequedad o irritación en los ojos, las lágrimas artificiales ayudan a mantener la superficie ocular protegida, especialmente en ambientes muy calurosos, secos o con aire acondicionado.
- Reduce la exposición a la contaminación. Evita permanecer durante mucho tiempo en ambientes con humo, tráfico intenso o aire muy seco y, si haces ejercicio, procura hacerlo en zonas al aire libre con menor contaminación.
- Cuida tu alimentación y tu hidratación. Mantener una buena hidratación y seguir una dieta rica en frutas, verduras de hoja verde y alimentos con vitaminas A, C y E contribuyen a preservar la salud ocular.
- Haz que tu entorno sea más saludable. Las zonas verdes y el arbolado ayudan a reducir la temperatura, filtrar parte de la contaminación y disminuir la exposición a la radiación solar.