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Guía de compra: hamburguesas: Hamburguesa, tan deseada como criticada

Con moderación (no más de 2 veces por semana), mesura al elegir los extras que la acompañan y eligiendo las de carne blanca (pollo, pavo o conejo) este plato encaja en nuestra dieta

  Cuando algo es universal, muchos son los que pelean por atribuirse su invención. La historia se complica si el invento en cuestión es tan simple como un trozo de carne entre pan y pan. Hay cientos de historias que designan el origen de la hamburguesa a unos y otros: romanos, tártaros, inmigrantes alemanes afincados en EEUU (se dice que la hamburguesa debe su nombre a la ciudad de Hamburgo), los propios americanos... Sea como fuere, lo cierto es que la hamburguesa lleva décadas como un plato más dentro y fuera de las paredes de nuestro hogar. Hoy, de hecho, es tendencia y abundan los establecimientos especializados en ofrecer este producto de una manera más gourmet, con su correspondiente legión de adeptos. En casa, la hamburguesa (en especial la fresca y envasada) juega a ser un comodín más en el frigorífico con el que resolver esos momentos en los que no apetece andar entre fogones. La operación no requiere mucha destreza en la cocina: basta con abrir el paquete y freír la hamburguesa en la plancha o en la sartén. Nadie se escandalizará si lee que la fama de este plato no es del todo buena, es incluso para muchos uno de los símbolos de la obesidad o que encarna la antítesis de la dieta mediterránea. Pero en número de calorías, una hamburguesa de ternera (255 kcal) no anda lejos de un solomillo de vacuno (241 kcal) o de un plato de pasta o arroz hervidos (278 kcal).

Tampoco ayuda la cantidad de bulos que circulan por ejemplo, en torno a su proceso de elaboración, un proceso tan transparente como el que sigue: una vez que la carne se recepciona, se desmenuza, pica, amasa y se añaden otros ingredientes necesarios para su elaboración como sal, pimienta, hortalizas, etc., se amasa todo, se moldea y finalmente se envasa. Lo cierto es que el consumo de carne picada, ya sea en forma de albóndiga o de hamburguesa, está motivado porque no toda la carne de cualquier animal de abasto puede transformarse en filetes. El tratamiento industrial que experimenta esta carne, contribuye a hacerla más agradable al paladar, facilita su masticación y también su digestión.

Ahora bien, cabe preguntarse si su destierro de la dieta es merecido o si existe la posibilidad de no renunciar a degustar este plato al elegir la hamburguesa más saludable posible o al equilibrar el resto de nuestro dieta con otros hábitos y pautas. Esta Guía de Compra pretende responder a estas cuestiones sin obviar otras como las de asegurar su correcta manipulación o conservación.

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