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Mi hijo no come

La obsesión de muchos padres por la comida y la insistencia para que los niños coman cantidades desproporcionadas son los motivos principales de esta situación

  "No me importa si es niño o niña, lo único que quiero es que coma". Este es el deseo de muchos padres que esperan su segundo hijo y que ya no saben qué hacer para que el primero coma. Y no se trata de un caso aislado. Esta inquietud, compartida por tantas familias, responde en la mayoría de los casos a una preocupación exagerada de los padres y las madres. Los cambios que vive el niño en su corta vida influyen de manera determinante en su conducta, y estos se reflejan también en su comportamiento con la comida. El cambio que experimenta el menor cuando pasa de tomar el pecho o de tomar el biberón a comer sólido, el inicio de la guardería, quedarse a comer en el comedor, la vuelta al colegio después de las largas vacaciones, el nacimiento de un hermanito... Son situaciones que alteran a los niños y que de forma natural manifiestan también con la comida. En muchos casos, el problema de que un niño sano sienta cierta inapetencia o no coma lo suficiente responde a las malas costumbres de los padres o de los cuidadores de su alimentación, ya que pretenden que los niños coman cantidades de comida equivalentes a las de un adulto.

¿De verdad que el niño no come?

La diferencia entre un niño que realmente no come y un niño que parece que no come, es que el primero pierde peso, y el segundo no. No obstante, ante la duda y la preocupación, el pediatra ha de descartar cualquier enfermedad mediante una revisión exhaustiva. A continuación, se enumeran las soluciones a la situaciones más comunes y que más preocupan a los padres :

No se puede pretender que los niños coman las mismas cantidades de comida que un adulto

  • Come en el colegio pero no en casa (o poco y con mucho esfuerzo). Aparte del vínculo emocional y el interés por ser el centro de atención que tiene el niño en casa con respecto al comedor escolar, seguro que hay algo más que diferencia estos ambientes. En el comedor del colegio los niños de la misma edad comen todos juntos y sin distracciones; no hay tele, no hay juguetes. La hora de la comida se dedica a lo que es: el momento de comer. Después de comer, se juega, pero no mientras se come. Tampoco hay opción de elegir otro plato si el que se ha servido no gusta o no apetece: se deja un tiempo concreto para que el niño coma (solo o con apoyo) el plato que toca en el menú día. Pasado ese tiempo, haya comido más o menos, deberá comer el segundo plato. En el comedor escolar tampoco hay posibilidad de comer el postre que más le gusta. En casa, sin embargo, es más fácil que los niños consigan sus caprichos porque padres, tíos y abuelos ceden a sus insistentes (e incluso molestas) peticiones. La clave está en analizar las distintas situaciones que se dan en ambos ambientes, copiar lo que funciona en el colegio para llevarlo a la práctica en casa, ser perseverantes, no ceder ni conceder caprichos y tener la confianza de que los cambios van a funcionar.
  •   Come en casa pero no en el colegio. Distinta situación, pero mismo consejo; analizar las situaciones que funcionan en casa y valorar la posibilidad de repetirlas en el colegio. Aunque esta práctica no siempre es posible, ya que el comedor se rige por unas normas determinadas. En este caso, una buena idea es concederle al niño una mayor libertad e independencia a la hora de hacer las cosas. Se debe admitir, sin reproches, que el niño se manche la ropa o las mangas si come solo. No pasa nada, la ropa se lava, aunque se le debe educar en que sea cuidadoso mientras come.
  • Apenas come en ningún sitio. Si el niño está sano, pero es inapetente, el problema de su comportamiento negativo puede ser consecuencia de que la relación entre los padres y la alimentación sea mala. En la siguiente tabla se recogen algunos de los errores que cometen los padres y que deben mejorar para que la conducta del niño cambie.
  • Come siempre bien, en casa, en el colegio... El consejo no es otro que seguir como hasta ahora y no preocuparse de si el niño come menos durante uno o dos días, o en determinados momentos (merienda, cena...). Los niños, igual que los adultos, no tienen el mismo apetito todos los días. ¡Permitámosle que no siempre coma igual de bien! No vayamos a cometer el error de obligarle a comer cuando realmente no quiere.

¿Por qué no quieren comer muchos niños?

En muchas ocasiones, el problema de la conducta negativa de los niños lo tienen los padres por ser muy insistentes, ofrecer comida a cualquier hora, obsesionarse con que se lo coma todo, servir una cantidad exagerada de comida para su edad, o ceder a sus caprichos y darles lo que más les gusta siempre ante la mínima protesta... .

Los pediatras subrayan que la única esperanza de cambio cuando un niño se aferra a no comer está en que cambien los padres. Un niño que no come tiene que perder mucho peso para que haya un riesgo real de enfermedad. Si el niño está sano, tiene vitalidad, duerme, juega y ríe, aunque parezca que come poco, está comiendo lo que su cuerpo le pide. No más.

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