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Buenos hábitos: Aprender a comer bien, un juego de niños

Especialistas en nutrición señalan que pueden ser necesarios hasta diez intentos para que el paladar de los más pequeños acepte nuevos sabores y texturas

  La estrategia del palo y la zanahoria no funciona, tampoco el castigo ni los gritos hacia los más pequeños que hacen oídos sordos a imperativos y condiciones como: "¡estate quieto!" "¡no te levantes de la mesa hasta que acabes de comer!", "¡si no te comes la fruta, no hay helado!". Es normal que los niños pequeños no permanezcan sentados en la mesa todo el tiempo que dura la comida. A menudo son desordenados con la forma de comer y siempre se ensucian. Son reacciones normales porque no les gustan todos los alimentos y les supone un gran esfuerzo probar sabores nuevos y texturas diferentes. Hasta aquí, todos son comportamientos normales propios de un desarrollo infantil normal y sano.Por ello, la primera regla de oro que tienen que cumplir y asumir los padres para enseñar a comer a los niños es ser comprensivos y tener paciencia. Una tarea nada sencilla, más aún si se tiene en cuenta que vivimos un un momento en el que el objetivo es conseguirlo todo en el mínimo tiempo posible y con el mínimo esfuerzo. Esto no vale para enseñar a comer a nuestros hijos de una manera sana, sin tensiones ni peleas. Comer de forma equilibrada desde los primeros años de vida requiere tiempo y esfuerzo, ya que en cada etapa los padres tienen una influencia diferente sobre los hábitos alimentarios de los hijos. Y según la edad, el aprendizaje de los niños es distinto.

Enseñar a comer, por tanto, no es tan simple como saber que los niños tienen que tomar dos o tres piezas de fruta al día, dos raciones de verduras, tres o cuatro veces por semana pescado o dos raciones semanales de legumbres. Estas recomendaciones son pura teoría, fáciles de encontrar en los manuales de alimentación infantil. El verdadero reto para muchos progenitores es cómo llevar a la práctica la lección aprendida. Enseñar a comer bien tiene que ser un deseo, un convencimiento que va más allá de saber cantidades y frecuencias de consumo. Desde el momento del nacimiento, con la lactancia materna, se puede acostumbrar al niño a los diferentes sabores a partir de la leche que maman. Con los años, el mensaje entre lo que se dice y lo que se hace debe ser coherente. El tipo de alimentación familiar tiende a ser imitada por los niños, por lo que elegir comidas sanas por parte de los padres es un auténtico ejercicio de responsabilidad, por la salud individual y por la de toda la familia.

Lactancia materna: el comienzo de los nuevos alimentos

El sabor de la leche materna varía según los alimentos que ingiera la madre y ayuda al bebé a aceptar nuevos sabores y a desarrollar y diversificar su sentido del gusto. Se ha constatado que los leche materna están más dispuestos a aceptar con agrado los alimentos nuevos, en comparación con los lactantes alimentados con fórmula. Los bebés que toman leche materna están expuestos a una variedad de sabores mayor. Por ello, cuanto más variada y menos excluyente sea la alimentación de la madre que amamanta, más probabilidades hay de tener un niño buen comedor.

Sin límites

  A partir de los 2 años los niños pueden comer todo tipo de alimentos verduras, frutas, pescados, legumbres...), en las más variadas presentaciones y elaboraciones. En ese momento, los niños tienen por lo general todas las piezas dentales, pueden masticar lo suficiente, y su aparato digestivo está plenamente desarrollado. Por ello, conviene que prueben de todo desde pequeños. Los padres, por su parte, tienen la responsabilidad de ofrecerles una alimentación lo más variada posible y proporcionada a su edad y desarrollo. Sin embargo, suelen ser las costumbres e incluso las rarezas de los progenitores las que condicionan el gusto, las apetencias o aversiones de los niños.

Muchos padres se sorprenden cuando ven a un niño de la misma edad que el suyo comer una pequeña ensalada, unos garbanzos cocidos y no en puré, o unos ramilletes de coliflor. Frases tan comentadas y escuchadas como "eso no le va a gustar...", "no creo que lo coma...", "ni te molestes, que no lo va a probar...", tienen el efecto negativo del mensaje que trasmiten. Los niños están atentos a todo lo que se dice, escuchan y entienden más de lo que creemos, y actúan en consecuencia.

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