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Prevenir la cistitis: Cistitis: de los antibióticos a las autovacunas

Beber abundante agua y tomar antibióticos son los tratamientos más comunes para tratar esta infección, aunque hay hábitos que ayudan a evitarla como orinar antes y después de mantener relaciones sexuales

  Sensación de escozor al orinar, urgencia para hacerlo, deseo de miccionar aunque la vejiga esté vacía, dolor en la región pubiana... Estos son algunos síntomas de la cistitis o inflamación de la vejiga, una dolencia más habitual entre mujeres y a la que no siempre se le presta la atención que requiere. Las mujeres jóvenes y los hombres mayores son los grupos más afectados por la cistitis o inflamación de la pared de la vejiga, un proceso muy doloroso y casi siempre originado por una infección de orina. Ahora bien, el impacto de esta afección varía en función del sexo y de la edad. La cistitis es más frecuente en las mujeres que en los hombres; el 90% de sus víctimas son féminas y el 10% varones. Dentro de la población femenina, afecta más a las mujeres en edad fértil y con relaciones sexuales activas y, entre la masculina, a los hombres de más de 60 años. Muchos de estos afectados a menudo caen en el error de autodiagnosticarse y automedicarse, un mal hábito que ha elevado las resistencias a los antibióticos con que se trata esta enfermedad. Por fortuna, se han desarrollado otros tratamientos que permiten combatirla con éxito, como los comprimidos basados en una sustancia del arándano rojo americano y las autovacunas.

Principales causas

En la actualidad, la cistitis es un problema de salud tan habitual que se considera aceptable que las mujeres en edad fértil, con una vida sexual activa, la padezcan entre una y dos veces al año. No obstante, cuando se presenta una tercera vez, se trata de una cistitis de repetición y se ha de identificar el factor que provoca que se desarrolle más de lo normal. En las mujeres se suele originar por una infección de orina, mientras que en los hombres se cronifica por una infección de las vías seminales. Pero ¿por qué se desarrolla?

  La cistitis no se desencadena por una sola causa, sino que se manifiesta cuando encajan todas las piezas (factores) que la favorecen y forman el puzzle (afección). Entre esas piezas figura la predisposición individual a sufrir cistitis. Hay distintos tipos de vejigas y según sea ésta la vulnerabilidad frente a esta dolencia puede ser mayor. En la vejiga, las bacterias infecciosas, van provistas de fimbrias (una especie de ganchos), y se anclan a la pared de este órgano, en concreto, a la mucosa que lo reviste. Otro factor que favorece el desarrollo de la cistitis en las mujeres es la mala higiene, por ausencia o porque esta sea inadecuada. Después de defecar es fundamental que las mujeres se limpien de adelante hacia atrás para no contaminar la entrada de la uretra con restos fecales. Si eso ocurre, los gérmenes se encuentran con el calor de la orina almacenada en la vejiga, lo que constituye un ambiente perfecto para que se desarrollen las infecciones de orina y la consiguiente inflamación de la vejiga o cistitis. Para evitarlo, las mujeres deben aprender, desde la niñez, a lavar su región vulvar de delante hacia atrás, hasta llegar al ano, y no al revés. Adquirir el hábito de no retener la orina es igual de importante: se ha de ir al inodoro tantas veces como se desee y en especial, antes y después de mantener relaciones sexuales.

Por último, la tercera pieza clave del puzle es la aparición de gérmenes que pueden causar la infección urinaria que conduce a la cistitis. Entre los más típicos figuran la "Escherichia coli" (responsable del 56%-58% de todos los casos) y el "Enterococcus faecalis" (del 11% del total). Estos microbios se encuentran en el recto, el periné o la flora vaginal. De hecho, en el 95% de los casos las cistitis se desencadenan por una infección de orina, mientras que sólo el 5% restante se deben a otra causa. No todas las cistitis son infecciosas. Hay personas que presentan síntomas de cistitis, aunque sus análisis de orina no evidencian presencia de bacterias. Padecen molestias al orinar, sensación de urgencia para hacerlo y miccionan muchas veces, pero no hay infección; su orina es estéril. Se trata de la llamada cistitis intersticial, caracterizada por una inflamación crónica de la pared de la vejiga. Su causa no está aclarada y su tratamiento es puramente sintomático, ya que no responde al tratamiento antibiótico.

Automedicación y resistencias

 Convivir con la cistitis es doloroso, incómodo y desagradable. Entre sus síntomas figuran tener muchas ganas de orinar y sentir escozor al hacerlo, perder sangre -aunque poca- con la orina e, incluso, tener fiebre. Cuando se superan los 40 grados de temperatura, la infección es grave y se ha pasado a la sangre. Por otro lado, está afección da sensación de inseguridad, sobre todo, cuando su desencadenante principal son las relaciones sexuales o cuando se padece varias veces al año (cistitis de repetición) puesto que los afectados saben que van a volver a tenerla, aunque desconocen cuándo.

Si la fiebre es muy alta es probable que la infección sea grave y haya pasado a la sangre

No obstante, algunas personas que padecen cistitis de forma repetida se toman este problema de salud como si fuera un vulgar catarro, cometen el error de autodiagnosticarse y, lo que es peor aún, de automedicarse. El peligro de "autotratarse" es que aumenta la resistencia a los tratamientos antibióticos que permiten combatir la infección. De hecho, España figura entre los países de Europa con más resistencias los antibióticos, según han denunciado en 2011 tanto la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC) como la Organización Mundial de la Salud (OMS). Así, más del 60% de las cepas de "Escherichia coli", principal responsable de la cistitis, muestra resistencias a los tratamientos con ampicilina y amoxicilina, y entre el 20% y el 30% a un grupo de antibióticos llamado quinolonas, según información del Ministerio de Sanidad destinada a concienciar sobre el uso prudente de los antibióticos. Por eso, lo más responsable es acudir al médico. Él es quien tiene la última palabra sobre si es necesario suministrar antibióticos o no.

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