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Para osados montañeros en sus inicios y elitista en su confirmación, la práctica del esquí es una opción de ocio invernal cada año más popular. La temporada pasada cerca de ocho millones de personas se acercaron a alguna de las veintinueve estaciones de esquí alpino distribuidas por los montes ibéricos. En ellas, además de cumbres nevadas, encuentran unas estructuras calculadas al milímetro, una organización en la que nada se deja a la improvisación y en cuyo funcionamiento trabajan cientos de profesionales. En una jornada cualquiera, la estación que hemos retratado del Pirineo oscense ofrece 137 kilómetros esquiables, garantiza una capacidad de 36.860 esquiadores por hora, alberga 97 pistas y mantiene operativos sus once telesillas, cinco telesquís y si fueran necesarios, haría funcionar los 440 cañones de nieve artificial distribuidos por los cuatro valles que ocupa.
Si el tiempo lo permite, y han de ser condiciones muy extremas las que lo impidan, las máquinas pisan la nieve todos los días. Los 137 kilómetros obligan a dos turnos de trabajo. El primero ocupa de las 5 de la tarde hasta medianoche; el segundo toma el relevo hasta las 8 de la mañana. Su misión es compactar la nieve en el espacio definido por las balizas que marcan el ancho y largo de la pista.
Recogidas las máquinas en sus hangares, una hora antes de la apertura de la estación se ponen en marcha los telesillas. Junto con el motor eléctrico, se arranca también el de emergencia, de gasoil, como medida de comprobación por si fuera necesario utilizarlo. El viento es determinante. Ha de ser inferior a 20 kilómetros por hora y han de descartarse la posibilidad de ráfagas fuertes. Por lo demás, puede nevar copiosamente o alcanzarse temperaturas inferiores a los 20 grados bajo cero y no afectar al funcionamiento mecánico. Las sillas pasan por el cable a una velocidad de cinco metros por segundo y en la zona de embarque deceleran para recoger al esquiador a un metro por segundo.
El personal de la estación revisa las pistas y las instalaciones en su integridad. Conocedores de la previsión meteorológica y del riesgo de aludes, arrancan su examen desde las cotas altas y llegan a las más bajas. Deciden la apertura, o no, de las pistas e informan de la calidad de la nieve y de su espesor. Comprueban que las balizas están colocadas: las de precaución (palos en negro y amarillo) y las del grado de dificultad (verde, azul, rojo y negra). Colocan las señales de aminorar la velocidad y los carteles de cruces. Pero ese es sólo el inicio de su trabajo. Son ellos quienes rescatan a los accidentados y si es necesario, les transportan en motos de nieve y camillas.
Dos veces por semana, pero si es necesario todos los días, los pisters realizan un corte de nieve para interpretar por la estructura de sus capas la probabilidad de aludes. Cornisas, tubos y palas más expuestas o susceptibles de que la nieve se desprenda y alcance las pistas son objeto de explosiones controladas, bien a través de conductos de gas o con dinamita. Si el riesgo es muy alto y la acumulación de nieve peligrosa pueden utilizar el helicóptero para provocar avalanchas.
Un mes antes del inicio de la temporada se comienza a fabricar la nieve natural, que no lleva ningún aditivo químico. Los cañones, colocados cada setenta metros, ocupan 30 kilómetros y sirven para conservar las pistas hasta la clausura de la estación. Expulsan a una presión de 70 bares (un grifo doméstico abierto al máximo no alcanza los tres bares) el agua y el aire que viajan en tuberías enterradas a un metro de profundidad. En el núcleo de cada cañón se mezcla el aire con el agua y crea la nieve siempre que las condiciones climatológicas lo permitan.
El esquiador más apasionado transcurridas ocho horas completará una jornada de esquí. A lo largo de todo ese tiempo habrá encontrado las pistas pisadas, los cruces señalizados, las balizas en su sitio, las sillas funcionando y los paneles informativos actualizados. Podrá volver al día siguiente y hallará la estación en unas condiciones similares. Sólo cambiará el tiempo: nevará, hará sol, viento, niebla; y la nieve, estará húmeda, será polvo o dura. Pero gracias a un equipo de decenas de profesionales nada más dependerá de la improvisación.
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