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La cerámica comparte un significado universal indiferente a fonemas, formas y colores. Presente en los tiempos y en las geografías, el barro modelado con belleza y diseñado para ser útil se encuentra en los yacimientos de culturas pretéritas. Antes, ahora y después la arcilla configurada narra la historia de los pueblos, refleja su naturaleza, su luz y su flora, fauna, los gustos, las costumbres, las dificultades y los éxitos. La producción en cadena reubicó un gremio pero no terminó con él. Lo ordinario pasó a ser un clásico y el oficio se transformó en artesanía.

Tierra fina constituida por agregados de silicatos de aluminio hidratados que procede de la descomposición de minerales. Eso es la arcilla. La masa empapada en agua, denominada pella, se hace plástica dispuesta para ser manipulada. Sensibilidad y técnica, experiencia y arte se unen en cada cerámica a la que el alfarero puede dotar de una apariencia similar, que la hace igual pero preserva su carácter individual. Con el pie impulsa la rueda que mueve el torno sobre el que gira el barro informe sostenido con manos huecas. Hace crecer la masa hasta alcanzar su forma de origen.

La cerámica sometida al calor se contrae al verse privada la cal viva de los minerales calcáreos del ácido carbónico. La torta del horno la sostiene alcanzando los 1.000 grados a lo largo de ocho horas. Terminada la cochura o cocción se rebaja paulatinamente la temperatura. Fría la pieza adopta su forma definitiva.


Frías, secas y uniformes las piezas se sumergen en esmalte. Untadas con el barniz vidriado se embellecen con la pátina de protección. La delicadeza del polvo que mezcla sulfuro de estaño con algún fundente disuelto en agua se mide por la riqueza química de la fusión cristalina. De ella depende la calidad y suavidad de la cobertura, e incluso su durabilidad.


Con pincel sobre el lienzo blanco, curvo y vitrificado el artesano traslada los colores óxidos a las piezas. En función del resultado buscado, se opta por la pintura directa o la técnica de estarcido. Estarcir es estampar el dibujo desde un papel calco a base de recortes efectuados con punzón. Se repasa el perfil con un trozo de pieza rellena de carbón molido que se cuela por los poros y sombrea el contorno del dibujo. Ayudado por una caña de bambú, el pintor se vale de su flexibilidad y firmeza para no perder el pulso y dota de colores los motivos particulares de cada colección.





En la segunda cocción se consigue la vitrificación de la capa de sulfuro con lo que la pieza se hace impermeable y los óxidos definitivos. Conservar los colores y conseguir que el dibujo no se altere determina el éxito del segundo tiempo de hornada. En los hornos antiguos era necesario proteger las piezas dentro de unos recipientes para evitar su contacto con el calor directo y con el humo y eludir la descomposición de los colores. Con los nuevos fogones también es ineludible vigilar el proceso de cocción para evitar variaciones inesperadas. Un mal fuego o una corriente tiznada pueden destruir en un momento el trabajo de días e incluso de semanas.

Años, incluso siglos pueden conservar incólumes los colores sobre la blancura lechosa. Las pinturas superaron antes la prueba del fuego y defendieron a 900 grados, temperatura necesaria para la vitrificación de la capa de esmalte blanco, que efectivamente adquiere la apariencia del vidrio. El amarillo del antimonio, el violeta del manganeso, el verde del cobre y el azul del cobalto configuran la paleta concreta que define a la cerámica de Talavera.



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