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La condición de hijo único no es ni una ventaja ni un inconveniente en sí misma, todo depende del tipo de educación, de valores y actitudes que los padres fomenten en ellos
Mimados, consentidos, caprichosos, egoístas y retraídos. Son muchos los tópicos y estereotipos que giran en torno al hijo único. Sin embargo, la realidad es muy distinta. El mero hecho de carecer de hermanos no determina ni el futuro ni el carácter del menor, y su evolución y personalidad vienen marcados por la educación y los valores que reciba de sus padres, igual que ocurre con cualquier otro niño o niña rodeado de hermanos. Psicólogos y educadores coinciden en su diagnóstico: ser hijo único no acarrea en sí mismo ventajas ni inconvenientes, y si bien son numerosos los estudios que demuestran que los hermanos influyen en la sociabilidad del niño, también abundan las investigaciones que han demostrado que los hijos únicos son tan sociables como el que más. Siempre que se favorezcan las conductas sociales desde la primera infancia, los hijos únicos no tienen mayores problemas que los vástagos de familias numerosas para integrarse en la sociedad con normalidad.
El principal riesgo de los padres con un hijo único es caer en la sobreprotección. Ya sea por el sentimiento de culpabilidad por no ampliar la familia o por el miedo exagerado a que al niño le suceda algo, es habitual que los padres caigan en el error de proteger en exceso a su hijo o hija, creando para ellos un mundo artificial lleno de comodidades que les impiden crecer como seres independientes. Este celo exagerado también puede llegar a agobiar hasta tal punto al menor que sólo actúe para contentar a sus padres, o se convierta en una persona temerosa, insegura y dependiente. Además, un menor sobreprotegido puede no desarrollar las habilidades necesarias para su desarrollo, como su autonomía, lo que le impedirá medir sus propios límites o tomar decisiones sin la aprobación continua de sus padres. No se trata de que los padres se desentiendan de lo que hace, pero tampoco deben protegerle de manera desmedida, anticipándose a sus necesidades antes de que el pequeño pida ayuda. Los padres deben contener sus temores y proporcionar oportunidades y recursos que faciliten el desarrollo de las habilidades de sus hijos para que estos puedan madurar en lo emocional y en lo social.
Es fácil caer en la tentación de mimar o proteger en exceso a los hijos, sean únicos o no. Por eso conviene tener en cuenta una serie de recomendaciones que ayudan a que su integración en la sociedad sea lo más natural posible y que la sobreprotección no suponga un problema, sino una ayuda que les reporte seguridad. Ahora bien, ningún consejo supera el de aplicar el sentido común en todas las situaciones.
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