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La luz de 187 faros ilumina parte de los 7.889 kilómetros de las costas españolas. En el listado se encuentra la Torre de Hércules, el faro más antiguo del mundo en funcionamiento. Y es que a pesar de las nuevas tecnologías, la comunicación vía satélite y los radares, las señales luminosas emitidas desde puntos estratégicos del litoral conservan su valor. Un barco acercándose a la costa siempre buscará las dos luces parpadeantes, si no son tres, que limitan la tierra y el mar. Los torreros, ahora reconocidos como técnicos mecánicos de señales marítimas, se ocupan de que nunca se apaguen. El cambio de nombre evidencia la pérdida del halo de romanticismo de un oficio que inspira soledad, imagina tormentas y desvelos nocturnos. Pero igual que persiste el faro, los fareros siguen siendo los responsables últimos de que la señal se reciba a partir de las doce millas de la costa.
Cuando un barco navega en la noche paralelo al litoral nunca deja de ver dos luces que se relevan para lanzar un mensaje al navegante. Su significado puede identificarse con facilidad y es posible determinar de qué construcción concreta se trata consultando los libros de Derroteros o libros de Faros elaborados a partir de 1842, año en que se creó la Comisión Permanente de Faros y comenzó a organizarse de manera protocolaria el alumbrado marítimo. En la actualidad lo rige la Comisión de Faros fundada en 1996, que integra a los representantes de las diversas organizaciones autonómicas y locales gestoras de la señalización marítima.
Los primeros faros debían ser atendidos por personal expresamente destinado a la señal. Por ello no son sólo una torre, sino que albergan viviendas. El estilo responde a la época en la que construyeron pero siempre se suceden cubiertas planas, fachadas dotadas de acusados zócalos, pronunciadas cornisas y una torre de planta circular rematada por el torreón sustentador de la linterna. Estos hogares verticales acogen las dependencias familiares, el taller, los almacenes de iluminantes, repuestos y centrales energéticas. Una escalera metálica de caracol abre el acceso a la cámara de iluminación, es decir, a la cubierta que aloja la instalación luminosa y la óptica. A ella se llega también desde el exterior, puesto que es imprescindible para limpiar los cristales de la linterna.
El faro es símbolo de cercanía y seguridad, y es el torrero quien le dota de ese significado. No hace mucho tiempo, cada noche o en días de tormentas, todos los fareros debían estar en el faro, incluso las provisiones llegaban por medio de un abastecedor oficial, lo que evitaba causas de abandono. Aunque en condiciones diferentes, en la actualidad 43 fareros habitan las atalayas. Este número, que se vio drásticamente disminuido con los avances tecnológicos que hicieron innecesaria la presencia del vigilante, ha aumentado en los últimos años. Además de ofrecer una vivienda -la mejora de carreteras y vehículos ha acercado el faro a la población-, se evitan los problemas estructurales que genera la ausencia de personal. Por una parte, se abandonaba una infraestructura sometida a condiciones ambientales muy agresivas que precisaba de permanente cuidado para paliar su deterioro. Por otra, los edificios quedaban expuestos a efectos del vandalismo. Por eso, en todo el mundo se está promocionando el regreso del farero.
En la antigüedad fueron hogueras a la intemperie, después se protegieron y se les dotó de superficies reflectoras, y por último se construyó un edificio que albergaba tanto a la señal como al responsable de prender el carbón o la leña. Al final, se inventó la lámpara. Al principio se alimentó de aceite, después de petróleo y luego de gas. Hoy, todo el sistema está automatizado con equipos de alimentación fotovoltaica e híbridos, solar y eólica, que iluminan lámparas de diodos de luz (leds) de bajo consumo pero igual intensidad. Los sistemas ópticos, el mecanismo que amplifica la luz, también se han sofisticado. En los orígenes se colocaba detrás de la llama un espejo parabólico que concentraba la luz y se dotaba de giro a la óptica. En estos momentos se utilizan ópticas acrílicas y flotadores de mercurio para potenciar la luz y regular la velocidad.
Los faros marcan el horizonte terrestre pero su función original, la que hoy se mantiene, es señalar la entrada a los puertos. Su luz se suma a lo que se conoce como señales marítimas. Estas ayudas luminosas incluyen las balizas, las luces de puerto, las enfilaciones, las luces de sectores, las boyas y los buques-faro. Cuando un barco comienza la maniobra de atraque espera entre balizas la llegada del práctico y de los remolcadores. El técnico es el encargado de conducir el buque al puerto, guiándose de su experiencia y de las luces que señalan el camino. El farero es quien sabe que las luces están dispuestas. Los centinelas del mar funcionan.
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