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Anginas: adiós a las extirpaciones sistemáticas

En pocos años se han reducido de forma radical las intervenciones de amigdalitis en niños para que puedan beneficiarse de las defensas que este órgano proporciona

  Si preguntáramos en una reunión de amigos, de entre 30 y 37 años de edad, a cuántos de ellos les operaron de anginas cuando eran pequeños, la mayoría respondería de manera positiva. Esta práctica, sin embargo, ya no se lleva a cabo con tanta asiduidad. Hasta la década de los 80 el número de niños operados al año de las amígdalas era elevado, pero, a partir de entonces, y de la mano de la comunidad médica anglosajona, se puso freno a esta tendencia y se pasó de extirpar el 85% de los casos de amigdalitis a hacerlo sólo en el 2%. La razón radicó en la toma de conciencia del papel que desarrollan las amígdalas, más conocidas como anginas, en la función defensiva del organismo.

Las amígdalas, ubicadas en la orofaringe (la parte posterior y lateral de la boca), forman parte de una serie de órganos cuya misión es fabricar defensas -anticuerpos- para el organismo con la finalidad de que le protejan de agresiones externas. Esta función defensiva se desarrolla a una determinada edad: hasta los cinco o seis años se fabrican las defensas y crean anticuerpos ante agresiones por virus, bacterias u otros elementos vivos en el ambiente. A partir de los seis años, esta función comienza a remitir. Así, las amígdalas se van atrofiando y desaparecen o quedan reducidas hacia los 25 años.

Esta es la razón por la que practicar una intervención antes de los seis años supone privar al organismo de un importante órgano defensivo. Los gérmenes que penetran con el aire en la boca son captados por las amígdalas, que los identifican y ponen en marcha el proceso de formación de anticuerpos que, en condiciones normales, tienen capacidad suficiente para acabar con la infección.

Las defensas del organismo

Siempre que se diagnostica una amigdalitis, bien por virus o por bacterias, duele la garganta -sobre todo al tragar-, se enrojecen las amígdalas y la fiebre puede ser elevada. El tratamiento básico más efectivo es hacer reposo y tomar líquidos. Los antibióticos no están indicados en el caso de las infecciones víricas, que son la mayoría, y son muchos los expertos que desaconsejan su uso en las bacterianas, ya que prefieren que sea el propio organismo el que venza el proceso con sus propias defensas. Si se suministra antibiótico, y es éste el que acaba con el germen y con la infección, no se desarrollan las suficientes defensas y el organismo queda indefenso y vulnerable para infecciones posteriores.

En cuanto a la fiebre, hay partidarios de no atajarla salvo en casos de que sea muy elevada, ya que cuando la temperatura corporal llega a los 38ºC se generan sustancias que potencian las defensas -los leucocitos killer- (actúan como un batallón de élite que extermina los gérmenes invasores). Cuando se baja la fiebre se desmoviliza gran parte de las propias defensas del organismo, por eso en la actualidad se opta, en la mayoría de los casos, por que actúe el organismo en contra del intervencionismo clásico ante cualquier infección.

Intervención justificada

  En unas décadas se ha pasado de operar por sistema a intervenir en casos muy concretos. En estos momentos se revisan y racionalizan los criterios, y las indicaciones para intervenir son más precisas. En los adultos que arrastran amigdalitis crónicas desde la infancia y que ocasionan abscesos (acumulación de pus) y flemones periamigdalinos la intervención está indicada en casi todos los casos.

En los niños, la operación está recomendada cuando sufren varios episodios, más de cinco o seis al año, si se ronca por las noches, se tienen dificultades para respirar y sufren de otitis asociada. También se sabe que el niño que ronca puede padecer episodios de apnea nocturna (síndrome de apnea del sueño), motivado en numerosas ocasiones por una obstrucción de las vías respiratorias altas, por el tamaño de las amígdalas y las glándulas adenoides. En estos casos la intervención también está indicada.

No obstante, los cambios experimentados en los últimos años no se han centrado sólo en la definición de criterios de intervención, sino en la técnica quirúrgica para su extirpación. Hacia los años 50 se extraían las amígdalas de forma ambulatoria, con un gas que adormecía al niño unos minutos y con una especie de guillotina con la que se cortaban las glándulas. Todo era cuestión de minutos y la complicación más frecuente era la hemorragia. Ahora la intervención se realiza en el quirófano bajo anestesia general y con todas las garantías sanitarias que garantizan la ausencia de complicaciones.


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