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Los datos, informaciones, interpretaciones y calificaciones que aparecen en esta información corresponden exclusivamente al momento en que se realizaron y tienen, por tanto, una vigencia limitada.

Menús escolares: analizados, durante dos semanas consecutivas, los menús diarios de 211 colegios de 18 provincias españolas: Mejora la calidad nutricional de los menús escolares, pero uno de cada tres son mediocres o malos

Un 17% de los centros visitados no incluye verduras como mínimo un día a la semana y los alumnos de uno de cada diez colegios no comen una ración de pescado de lunes a viernes

La fruta fresca se ofrece al menos dos días a la semana

Lo más correcto en un menú sano y equilibrado para los más pequeños es que el postre de más de la mitad de los días de la semana esté compuesto por fruta fresca, mientras que el resto de las jornadas lectivas se opte por lácteos sencillos como yogures, cuajadas o quesitos. El 97% de los centros estudiados sirven fruta fresca un mínimo de dos días a la semana (en 2004 la proporción ascendía al 92%).

Poco abuso de precocinados y derivados cárnicos grasos

Una práctica de los comedores escolares es recurrir a los productos precocinados y derivados cárnicos grasos (san jacobos, croquetas, empanadillas, hamburguesas, salchichas Frankfurt, varitas de pescado y similares, aros de calamar...) por su bajo coste, fácil preparación y gran aceptación entre los más pequeños. Aunque su aporte de grasas, sodio y calorías desaconseja su inclusión en la alimentación diaria de los niños, se ha comprobado que en el 5% de los 211 colegios estudiados se recurren a estos productos más de dos veces por semana (hace cuatro años, la proporción ascendía al 15%).

Dulces, sólo en contadas ocasiones

Es habitual que en días festivos o especiales aparezcan en el menú los platos preferidos por los niños como pasteles o bollería. En líneas generales, se ha constatado una reducción en el recurso a estos productos en los últimos cuatro años. De hecho, ninguno de los 211 centros analizados los incluye más de dos veces a la semana. Los almíbares de fruta y los postres lácteos como natillas y flanes son los alimentos que han ido sustituyendo a los pastelitos que se ofrecían como postre para finalizar la comida en algunos colegios incluidos en el informe de 2004. En aquel estudio, un 3% de los centros fue penalizado por servir más de dos veces por semana estas pequeñas tentaciones.

Menús para todos

La preocupación de un centro escolar por la alimentación de sus alumnos también se refleja en las facilidades para aquellos niños que precisan atenciones especiales por circunstancias médicas o convicciones religiosas. En nueve de cada diez centros estudiados, además de la comida convencional se ofrece la posibilidad de preparar platos alternativos para aquellos menores con problemas de diabetes, sobrepeso, alergias o que no consumen ciertos productos por motivos religiosos o culturales. 17 colegios analizados no disponían de esas alternativas e incluso uno de ellos, localizado en Álava, se negó a facilitar esta información por considerarla confidencial.

Sin diferencias entre privado, concertado o público

 En líneas generales, la calidad dietética de los menús escolares no registra variaciones significativas en función de la titularidad pública, privada o concertada del centro. En los concertados y privados, el 87% de los menús analizados supera el examen de CONSUMER EROSKI, aunque casi el 11% lo hace con un mediocre 'aceptable' como nota media. Entre los públicos, aprueban el 86%, aunque de ellos el 21% se conforma con un 'aceptable'. La proporción de suspensos también es muy similar (alrededor de un 13%).

Los resultados sí varían en función de quién elabore el menú (el propio centro, una empresa externa o ambos). A tenor de los datos, la mejor fórmula es la que incluye el trabajo conjunto de los cocineros del propio colegio junto con la empresa externa (con notas de entre 'bien' y 'muy bien' en el 77% de los casos que se decantan por este modelo), seguido de los menús preparados por un servicio de catering, la opción escogida por más de la mitad de los centros estudiados, (el 53% de ellos obtiene un 'muy bien'). Por último, las carencias más evidentes se detectaron en aquellos menús diseñados en exclusiva por el personal del centro escolar (casi la mitad no logran rebasar 'aceptable').

Errores comunes en la alimentación infantil

El estilo de vida actual exige a los padres atender a tantas obligaciones cotidianas que apenas queda tiempo para asuntos esenciales, como el de enseñar a los niños a alimentarse bien. Si no saben comer, si en el colegio no se les enseña, y si cada vez están más tiempo solos en casa, el fracaso está casi garantizado: casi siempre acaban comiendo lo que más les gusta. La publicidad televisiva tampoco ayuda; al revés, potencia preferentemente la ingesta de alimentos procesados calóricos, salados y grasos. Hay errores dietéticos que los que los padres deben contribuir a subsanar. Estos son los más habituales:

1. Tomar más de 3 productos o raciones de lácteos al día:

Aunque la leche es un alimento muy recomendable, casi imprescindible durante la infancia, por constituir una excepcional fuente de calcio, no es infrecuente toparse con niños que ingieren cantidades excesivas de leche o sus derivados (yogures, natillas, petit suisse o quesitos). Y el exceso es un error. Leche y lácteos, abundantes y no siempre con toda su grasa, pero sin abusar en las cantidades

2. Tomar demasiado zumo:

Los zumos de fruta, tanto envasados como naturales, son saludables. Están de moda y se consumen mucho, hasta el punto de que algunas personas creen que pueden sustituir a la fruta, cuando no es así. La fruta entera, que los niños deben consumir todos los días y variando de tipo de fruta todo lo posible, contiene fibra (de la que carecen los zumos, salvo que sean de los de "con pulpa") y ayuda a aprender a masticar y a saborear los alimentos a los niños, cuestión esencial. Tampoco deben sustituir los zumos al agua, porque aportan más calorías y acostumbran a los niños al sabor dulce.

3. Cereales azucarados y/o chocolateados para el desayuno:

Los cereales (de trigo, arroz o maíz) cubiertos de azúcar, miel o chocolate contienen demasiadas calorías, sin aportar nutrientes esenciales. Además, estos cereales de desayuno, ya en general, llevan sal para reforzar el sabor neutro de la materia prima. Lo saludable es que el desayuno no siempre se componga de estos cereales (hay que variar: galletas, pan, tostadas...), y que, en todo caso, que cuando se consuman se prefieran las versiones más sencillas, o el muesli, por menos calóricos y grasos.

4. Meriendas blandas a base de pan de molde y bollería:

Los alimentos de consistencia siquiera un poco dura favorecen el desarrollo de los músculos de la cara y de la masticación, y al mismo tiempo fortalecen dientes y encías. Por el contrario, los demasiado blandos, como el pan de molde o la bollería, eluden ese pequeño esfuerzo. La bollería y los dulces, por su generoso contenido en azúcares, propician la aparición de caries. Además los productos de bollería y los panes de molde tienen grasa añadida, que no tiene el pan del día. Lo aconsejable es que los niños merienden alimentos de más consistencia, como los bocadillos de pan del día (y no sólo con jamón, queso o embutidos: puede probarse con el pescado -atún en aceite, sardinas-, con las ensaladas) y la fruta entera.

5. Postre lácteo en lugar de fruta:

Algunos padres ofrecen lácteos de postre a sus hijos porque creen que así su alimentación es más completa. Los menores, salvo excepciones, no se quejan, porque prefieren yogures, flanes y natillas a la fruta, ya que los toman más rápido y evitan pelar la fruta. Sin embargo, la fruta contiene nutrientes de los que carece la leche, necesarios para los niños. Desde su primer año de vida, han de acostumbrarse a tomar fruta entera cada día.

6. Preguntarles qué quieren tomar:

La responsabilidad de elegir el menú, comprar los alimentos y diseñar la dieta no corresponde a los niños, sino a los padres. Los menores acostumbran a elegir alimentos dulces, grasos y salados. Es tarea de los padres mostrarles los alimentos más saludables, presentarlos de modo atractivo y conseguir que sus hijos los consuman cotidianamente.

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