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La razón de ser de los Centros de Recuperación de Fauna Salvaje diseminados en nuestro país es trabajar para devolver a la naturaleza aquellos animales a los que el ser humano ha infligido sufrimiento y les ha causado de manera directa o indirecta un daño que, si no se repara, le causará la muerte. A este principio se añade otro objetivo al que se dedica igual esfuerzo: sensibilizar a la sociedad de que la naturaleza es patrimonio universal que se hereda y debe ser dejado en herencia.
Los centros de Recuperación son servicios públicos, abiertos en cumplimiento de las leyes que obligan a las instituciones responsables de la gestión del medio natural a dotarles de medios, personal e infraestructuras. Están en guardia las 24 horas de cada uno de los 365 días del año. A través de los teléfonos de emergencias se activa el dispositivo para que sus equipos se dirijan al lugar donde se encuentra el animal herido y recogerlo. En el 70% de las llamadas es un particular quien advierte de la situación; el 30% restante corresponde a avisos de bomberos o agentes forestales. Hasta que llegue el veterinario para hacerse cargo, al animal no se le debe dar de beber o comer, si intenta huir y corre riesgo de dañarse más, puede cubrirse con una manta o cualquier prenda de vestir, aunque lo idóneo es no tocarle.
Los centros funcionan como 'pequeños hospitales' diseñados para atender a cualquier especie, y suplen las dificultades y falta de infraestructura con un equipo muy vocacional que se apoya también en redes de voluntarios. El tratamiento facultativo de los animales salvajes es muy complejo. Durante todo el proceso, el veterinario debe tratar de no ganarse su confianza para evitar crear vínculos emocionales y de dependencia: se trata de un animal salvaje y no puede dejar de serlo. Si la primera exploración descarta el pronóstico de irrecuperable, se procede a la sedación. El nivel de estrés que sufre le convierte en muy vulnerable a la anestesia, sin embargo, es inevitable dormirlo para proceder al diagnóstico.
Se realizan análisis de sangre ad hoc (no hay medidas estándares para cada una de las especies o subespecies), radiografías y endoscopias. Ante todo deben tratarse de técnicas no invasivas que permitan una recuperación lo menos traumática posible. Sólo si es ineludible se escayolará o vendará al animal, pero cuanto menos rastro de la cura quede, más fácil será que recupere su estado salvaje.
Una vez curado, el animal precisa de varios días de rehabilitación. Su convalecencia arranca en numerosas ocasiones del paso traumático de una cirugía, y es necesario conseguir una recuperación física a nivel muscular, nutricional y de capacidades motoras.
El éxito de todo el proceso se mide en la capacidad del animal en reencontrarse con sus condiciones innatas. Son muchas las ocasiones en que hay que instalarle en un espacio pre-libertad. Los voladeros -zonas en que el ave encuentra sin dificultad lugares de poso-, charcas donde las condiciones son del todo favorables, rediles donde no existen peligros naturales.
El animal demuestra que tiene posibilidades de sobrevivir cuando cambia de actitud, es decir, cuando su vuelo, el nado o el paso es agresivo, los análisis descartan anemia y su fisonomía se muestra normalizada. Hay que aprovechar el inicio de estos síntomas y no prolongar la estancia más allá de lo necesario. Si se yerra al medir el tiempo, aumenta el riesgo de que pierda su instinto y sin él no sobrevivirá en su hábitat. Hay que tratar de devolverlo sano pero no artificialmente sano.
En ocasiones, se coloca al animal anillas, bandas alares o radiotransmisores que, una vez reintroducidos en el medio natural, facilitan su seguimiento y permiten comprobar su adaptación. Un Centro de Recuperación de Fauna medio logra dar el alta clínica a 600 animales al año. Se trata de muchas especies, protegidas o no, en peligro de extinción actual o futuro, que son víctimas de accidentes en tendidos eléctrico y vallados cinegéticos, pero la mayoría lo son de disparos fortuitos o voluntarios y otras prácticas vandálicas. Se estima que da cada 60 animales que llegan a un Centro hay 6.000 en las mismas condiciones que no se han encontrado. La defensa de la biodiversidad y el respeto a la naturaleza necesita de grandes palabras, pero también de diminutos hechos.
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