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Cuando el mundo no era un planeta globalizado, las personas compartían sin saberlo un ritual: enmascararse. Los antropólogos, historiadores y sociólogos no se ponen de acuerdo en la razón de ocultar el rostro y tomar la calle para quebrar las reglas cuando el invierno toca su fin. Celebrar la renovación y la fertilidad de la tierra, enfrentar el bien al mal y hacer coincidir las celebraciones paganas para procurarse un festín con el calendario piadoso cristiano son las tres tesis que cobran más fuerza. Pero es probable que no haya que optar por una causa monolítica. En el Carnaval confluyen los múltiples significados: la sumisión a la diosa Tierra, el tributo a la justicia y la preparación de la llegada de la Cuaresma. Todavía hoy se respetan estos orígenes, aunque no se atiende a ellos. Pese a ello hay un rasgo que el Carnaval mantiene: la oportunidad de participar en un espectáculo trasgresor sin tener que rendir cuentas. Y lo hace en lugares tan distintos y tan distantes como la India y Canarias, Brasil y Baviera, Chiapas y Galicia o Navarra.
Lantz, un pueblo navarro del valle de Anue, reúne en su antiquísima expresión carnavalesca muchos de los símbolos de esta fiesta, así como el misterio de carecer de una explicación única de todos los personajes, sus actos y sus razones. Por un lado, atiende al mito de las saturninas romanas de que la diosa Tierra es vida, pero también es muerte. A la par, escenifica la lucha por la justicia, pero los personajes que convierten las calles en un escenario de luchas no son buenos ni malos, están llenos de matices, son justicieros pero a la vez bandidos. Se disfrazan para poder representar papeles y excederse en sus roles.
Los txatxos, mozos ataviados de vivos colores, ocultan sus rostros y se hacen dueños de la escena. Escoltan al viejo (Ziripot) que huye del caballo (Zaldiko) que es perseguido por los herreros (Arotzak). Pero al mismo tiempo, los mozos, que asustan a quienes observan la escena, ziriquean a Ziripot, aplauden a Zaldiko cuando le capturan y ayudan a los arotzak a herrar al caballo. Al término de la pantomima, los txatxos, que han alzado a Miel Otxin, a quien identifican con el mal, le queman en la hoguera y bailan para celebrar su triunfo.
Esta mágica demostración evidencia la contradicción de las máscaras que ocultan la identidad. Son capaces de perseguir el bien pero disfrutan haciendo el mal.
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