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La marcha del hogar paterno, sin traumas: La ruptura del "cordón umbilical"

Los padres pueden volver a recuperar su intimidad, limitada por la llegada de los hijos, mediante el diálogo, el perdón y aceptación mutua

  Una de las principales metas de padres y madres en la educación de sus hijos es lograr que adquieran la capacidad y la autoestima necesarias para poder vivir su edad adulta de forma autónoma e independiente, por mucho que les duela su emancipación cuando llegue el momento. De hecho, su salida del hogar familiar supone el fin de una etapa y el comienzo de una nueva, es lo que se conoce comúnmente por "cortar el cordón umbilical". Ahora bien, cada extremo de este cordón tendrá su propio corte, es decir, cada parte -padres e hijos- deberá reelaborar su propia dependencia. ¿Cómo lograrlo para que nadie sufra?

Es importante aclarar que la recién estrenada independencia de los padres, originada por la marcha de los hijos, no se centra en conseguir espacios ni momentos de libertad, sino de conquistar la libertad interior para poder reconocer lo que Kahlil Gibran cita en su poema: "Tus hijos no son tus hijos", en el sentido de que ellos deben tener su vida, al igual que los padres la suya. Decir "adiós" a los hijos que empiezan su propia vida posibilita que surjan miedos e interrogantes. Uno de los principales es: ¿Habrá finalizado nuestra responsabilidad como padres y madres?.

La independencia de los hijos del hogar paterno no tiene por qué significar ausencia o abandono

La respuesta: No, rotundamente no. De la misma manera que los hijos nunca dejarán de ser "nuestros hijos", aunque duerman y coman en otra casa, convivan con otras personas o se muden a otra ciudad creando su propia familia. No se trata de dejar de ser padres, ni de asistir a ninguna pérdida, sino de que ambas partes sigan implicadas en la evolución y etapas propias de la emancipación familiar. Esta independencia no tiene por qué significar ausencia, desvinculación o abandono.

Nuevo espacio y tiempo para la pareja

  Los valores por los que siempre se ha regido la familia, así como la educación transmitida, harán que ningún miembro se "pierda de vista", y que se mantenga la misma comunicación y diálogo de afectos entre todos. Una actitud que en ningún caso se contrapone con el máximo exponente que rige la emancipación: cada uno debe vivir en su propio territorio, en viviendas independientes. La disposición de ese territorio propio implica la posibilidad de recuperar una intimidad que hasta el momento se ha mantenido limitada por compartirla con la llegada de los hijos.

Asimismo, se abren las posibilidades para vivir más el "nosotros" de la pareja, retomar conversaciones aparcadas o pospuestas, así como una mayor expresión de demostraciones de amor y cariño, también necesarias para que la relación entre los progenitores sea óptima.

Ahora es el momento de retomar ese tiempo y de "resituarse" como pareja. Para ello hay que determinar:

  • Dónde y cómo está la pareja.
  • Redefinir su propósito y aclarar cómo conseguirlo con la nueva situación familiar.
  • Volver a confirmar el amor que la pareja se ha tenido siempre y que ha sabido preservar de los múltiples obstáculos a los que han hecho frente.
  • Buscarse desde los cuerpos actuales. Más envejecidos, pero más sabios, más serenos y con más necesidad que nunca de caricias y fusiones que delaten la unión que hay entre ellos.

La amenaza de la soledad en compañía

La emancipación de los hijos y, junto a ella, la de los padres no se logra con su marcha del hogar familiar, sino que debe iniciarse cuando llegan al mundo. Su partida es un hito importante, pero no deja de ser una etapa más. Si no se ha cimentado la autoestima como pareja, si no se ha desarrollado la unión y comunicación, y no se ha sabido hablar, perdonar o reír, esa partida supondrá la entrada de un nuevo inquilino: el miedo.

Miedo a encontrarnos dentro de la pareja con alguien extraño, alguien de quien dejamos de saber hace tiempo, miedo a retomar enfados o abandonos que no se supieron abordar en su momento, miedo a no saber si somos los mismos o personas muy diferentes de aquéllas que un día se comprometieron; y miedo y vergüenza a mirarse desnudos, con espacio de intimidad y sin nadie que pueda romper el momento. Esto motivaría la llegada del miedo a la soledad, una "soledad en compañía", que es la peor de las soledades.

Pautas que deben seguir los padres para asumir la marcha de los hijos

  •  Comenzar a dialogar sobre lo que queremos y lo que nos preocupa.
  • Escuchar sin juicios, etiquetajes y "resabios" lo que nos comenta la otra persona. Hacerlo como si fuera la primera vez, como si iniciáramos el conocimiento mutuo.
  • Buscar todo aquello que podamos hacer en común para nuestro divertimento, gratificación y calidad de vida.
  • Propiciar situaciones y momentos que nos conecten con la ilusión y la dicha de estar juntos. Poner en juego la creatividad y fantasía para que se hagan realidad.
  • Escapar de la apatía y la rutina. Ensombrecen y apagan las vidas. Es la cotidianidad la que compartiremos, algo que no está reñido con el bienestar.
  • Reestablecer la broma, la sonrisa y la complicidad.
  • Retomar el beso, la caricia, el desnudo y el placer como lenguaje por excelencia de la pareja.
  • Hablar de los enfados, resentimientos y desencuentros que retraen o impiden el acercamiento. No se trata de revivir para reprochar los malestares, sino de que exista el reconocimiento de nuestro dolor, para que a través de él se cicatricen las heridas frente al silencio que se ha mantenido durante años.
  • Volver a encontrarse con las amistades comunes y planear actividades conjuntas.
  • Tener presente que el reencuentro es un proceso y que como tal requiere de un tiempo que nosotros mismos marcaremos. Hay que escapar de los agobios y las prisas. Eso sí, conviene estar atento a las pausas, que no son buenas compañeras de viaje.

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