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Ainhoa Garmendia, soprano: "En este mundo ya no quedan divas"

  Ainhoa Garmendia (San Sebastián, 1974) se perfila como un nombre importante en el futuro de la lírica mundial, un escenario difícil, limitado a unos cientos de representaciones en unas decenas de teatros con contados papeles al año. Ha llegado a él a golpe de intuición, desechando el cálculo y escogiendo la oportunidad cuando se presentaba.

¿Elitista? Ahora, quien no va a la ópera es porque no le gusta o no le interesa

Desde que se dio cuenta de que lo suyo era cantar e interpretar (algo para lo que los italianos habían inventado un género: la ópera), ha orquestado sus pasos para convertirse en una soprano respetada. Hoy su nombre se acerca a la primera línea de los carteles más importantes de Europa.

Vitalista y políglota (habla español, euskera, francés, alemán, inglés e italiano), su imagen nada tiene que ver con la diva caprichosa entrada en carnes. Practica deportes para estar en forma y sus antojos los comparte con los amigos lejos del telón. Segura de sí misma, confía en su olfato que le lleva a mirar lejos y andar despacio. Su casa sobre el papel la sitúa en Alemania, pero descansa en Burdeos y en el Goiherri guipuzcoano, y se prepara en Londres y Gante. En realidad, su dirección está en un ordenador personal que permite estar conectada con el mundo. Vive una realidad mucho más amplia que la música, su pasión, que ha convertido en trabajo sin superlativos.

  Premiada en numerosos concursos nacionales e internacionales, Ainhoa Garmendia es actualmente solista de la ópera de Leipzig, la segunda institución más antigua de la escena musical alemana. Ha debutado en el Festival de Glyndebourne, en el Royal Albert Hall y en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Entre sus proyectos, está interpretar Las bodas de Fígaro en las óperas de Amberes, Gantes y Bilbao.

¿Por qué la ópera?

Empecé tocando el acordeón y el profesor dijo que mi voz podía merecer la pena. Me apunté a una coral y llegué al Orfeón Donostiarra, donde me recomendaron matricularme en la Escuela Superior de Canto de Madrid. Allí montamos una obra de teatro para sacar dinero y descubrí que además de cantar también me gustaba interpretar. Se fue dibujando la posibilidad de dedicarme a la ópera, pero todavía no era mi objetivo. De hecho, a los 21 años aprobé una oposición para el Coro de la Comunidad de Madrid. Es decir, me convertí en funcionaria. Pero en un cursillo en Santiago de Compostela, una profesora polaca me habló de las pruebas para la Universität für Musik und Darstellende en Viena. Y probé suerte.

¿Abandonó un trabajo seguro para probar suerte?

  Sí. Yo me muevo por instinto. Aquello podía ser lo que quería. Les pedí apoyo a mis padres porque tenían que ayudarme económicamente. Me lo dieron. Y también me ayudó la Diputación de Guipúzcoa, que condicionó una beca a mi admisión. El ingreso fue duro, pero lo logré. Tenía por delante 3 años de aprendizaje.

¿Quería aprender a ser soprano?

  Quería aprender a cantar. Cuando apenas se cumplían dos cursos me invitaron a participar en un montaje de una ópera en un teatro alemán. Allí conocí a un cantante que me habló del Centro Nacional de Inserción para Artistas Líricos en Marsella. Las pruebas comenzaban en dos días. Sin pasar siquiera por Viena me fui a Marsella y logré que me admitieran. Intuí que era el camino que debía seguir en mi carrera. Se trataba de dar un paso al mundo semiprofesional. Compatibilicé el aprendizaje vocal con disciplinas paralelas, pero también importantes, como la interpretación. Y sobre todo empecé a conocerme a mí misma. Realicé audiciones, contacté con agentes y diseñé mi propio repertorio.

¿Terminó el curso?

 Qué va (risas), parece que huyo de los títulos, pero la verdad es que una vez más se me cruzó el destino en el camino. A mi profesor, Josef Frakstein, le nombraron director de la Opera de Leipzig, y me dijo que quería que fuera con él. En Alemania, los teatros importantes cuentan con su propio grupo fijo de solistas. Yo me sentía ya preparada. Había llegado el momento de dejar la escuela y buscar otros caminos.

¿Ha encontrado ya su sitio?

Sigo buscando. Ahora ya no es lo mismo que al principio. Tengo mucho camino recorrido, pero sigo despacio. Todavía tengo que escuchar mi voz.

¿No es el público el que debe hacer eso?

Claro que sí, pero antes de enseñarla, antes de que el público pueda disfrutar con una interpretación mía debo saber qué puedo ofrecerle. Empecé con una voz ligera y ahora tengo una voz lírica-ligera. La voz evoluciona y no voy a ir en contra de mi naturaleza. Sé que cuando tenga un bebé me cambiará. Me encantaría cantar Carmen de Bizet, pero todavía no puedo. Y tal vez no pueda nunca. Quiero disfrutar en mis papeles. Por ahora son pequeños, segundas figuras, pero los he hecho míos. Y las críticas los avalan.

¿Tanto importan las críticas?

Claro que son importantes. Tanto las positivas como las negativas son juicios a tu trabajo, y se convierten en tu carta de presentación. No puedo pretender que los directores me concedan una audición si no he demostrado antes lo que valgo. Debo estar preparada para ganarme el puesto.

Saberse juzgada, ¿no lleva a sentir pánico escénico?

No me lo permito. En el momento en que empiezo a interpretar, lo hago desde la seguridad que me garantiza un trabajo anterior muy arduo. Antes de aceptar un papel, lo medito mucho y calculo si voy a ser capaz de llevarlo adelante. No me interesa pasar miedo, ni someterme a un estrés que desgasta. Prefiero marcarme objetivos ambiciosos pero no peligrosos.

Es curiosa esa duplicidad de osadía y prudencia.

Será mi vena artística que me hace dual. Para mí la vida es pasión, no sólo trabajo. Cantar es mi profesión, pero yo soy la suma de muchas cosas más: mi marido, mi familia, mis amigos, mis gustos, mis aficiones. Soy muy responsable con mi profesión, pero no permito que ésta ocupe más espacio del que debe tener.

¿De veras no le atrae el halo de divismo que rodea a las grandes figuras del "bel canto". María Callas, Joan Sutherland, Montserrat Caballé...

Admitámoslo, en el panorama lírico actual no hay figuras del calibre de la Callas. Ella era un genio. Marcó una época, pero la escena ha cambiado. En este mundo ya no hay divas. También se ha profesionalizado, tal vez haya perdido brillo, glamour, pero es el precio que hay que pagar para que suba el telón y continúe el espectáculo. La competencia de espacios y sugerencias para el ocio se ha multiplicado.

¿Le gustan las actuales propuestas de modificar la época de los libretos: situar la Traviata en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo? ¿Puede ser un intento de modernizar la ópera y acercarla al gran público?

La ópera es un género que se entiende en un tiempo, en un teatro y en una puesta en escena concreta. Su parte musical es antigua, y lo que cuenta, aunque en ocasiones trate de temas universales y atemporales, necesita de su momento para entender a los personajes, su comportamiento y su psicología. No pasa nada por admitir que la ópera es una expresión artística decimonónica. Su esencia está en los grandes autores, en los grandes libretos, e intentar rescatar aquello pero adaptarlo al momento actual resulta... "artificial" Para disfrutar de música moderna, de historias e instrumentos actuales ya contamos con otros géneros. El musical, por ejemplo.

Con esto, ¿quiere decir que la ópera seguirá siendo elitista?

Ésa es la idea que se tiene, aunque cada vez con menos motivo. Casi podríamos decir que quien hoy no va a ver una representación de ópera es porque no le gusta o no le interesa. Los espectáculos en general están democratizándose. Hay más auditorios y más espacios subvencionados en los que los precios de las entradas son asequibles. Es cierto que prevalece la imagen de los grandes templos de lírica, con hombres y mujeres vestidos de noche. No está mal, también hay que conceder un espacio a la estética de acudir a un teatro como acto social. Pero en la actualidad el encuentro de la ópera con el público no se limita a las temporadas. Los festivales están ayudando. Y los recitales.

¿Eso es también ópera? Es decir, las actuaciones en gira, al estilo pop, de los Tres Tenores ¿sientan bien en su mundo?

Sin duda no es ópera, pero es una bonita manera de ofrecer al público la posibilidad de disfrutar de piezas que pueden gustar a todo el mundo y ayudarle a perder el miedo por algo "tan serio" como la ópera. Y tiene gracia que se califique así, porque la ópera no es seria. Es un espectáculo en vivo, la mayoría de las veces dramático, pero otras muchas cómico. Y desde luego es muy romántica y muy sentimental.

¿Y qué hay de la zarzuela?

Me llamaron este año del Teatro de la Zarzuela, pero no tenía fechas libres. Es un género que desconozco pero al que no le hago de menos. Tal vez llegue algún día.

Si ojeamos su página Web? por cierto, ¿quién se la hace?

Yo misma. Me encanta la informática. Programar, jugar con la fotografía, navegar por Internet. De hecho tengo entre manos el diseño de algunas páginas más para amigos míos. ¿Qué le ha llamado la atención del "site"?

Al margen de las fotos tan sugerentes, su agenda. Cerrada hasta el año 2009. Y la repetición en ella del papel de Susana de Las Bodas de Fígaro de Motzart.

La agenda es mi seguridad laboral. Para eso trabajan mis agentes. En cuanto al papel de Susana, es el que más he trabajado y con el que me siento más a gusto. Aún estoy aprendiendo con él, pero ya he logrado hacerlo mío.

¿Cómo conecta con el público?

El público es diferente en cada país, e incluso en cada ciudad. El alemán es tremendamente frío, y sin embargo, el berlinés es entusiasta: abuchea, aplaude, se vuelca con la interpretación. En Inglaterra es un público entendido e impone, pero también está muy acostumbrado a la escena en vivo con lo que se siente muy cómodo y su formalismo es muy natural. El español todavía no sé definirlo. Ya te lo diré cuando debute en el Liceo. (Lo hizo tres semanas después de la entrevista).

¿Nerviosa ante la expectativa?

Emocionada más bien. Servilia (La Clemenza di Tito de Mozart) es un papel que domino y me gusta. Es muy importante para mí llegar al gran teatro catalán, y hacerlo a las órdenes de Francisco Negrín bajo la dirección musical de Sebastián Weigle, abriendo la temporada... es un logro.

¿Mirando al Metropolitan de Nueva York? ¿A la Scala de Milán?

Ya llegaré. No tengo prisa. Me prepararé para cantar allí, pero no como una meta. Antes tengo que debutar en Bilbao.


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