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No quedan muleros en Gredos. Estas imágenes son la captura del ocaso de un oficio. De aquel que llevaba a hombres fornidos a subir junto con sus animales a escarpadas cumbres para retirar los troncos caídos, pinos que en ocasiones llegaban a pesar una tonelada. Ahora las máquinas han sustituido a las mulas, y los muleros son tristes testigos del progreso. Llegaban más alto y más lejos, por caminos naturales, pero no pueden competir con la rapidez de los motores. Y al final, hay que llegar a la subasta de la madera. Esto era un oficio, y no folclore.
Amanece en la Sierra. La niebla está baja. El frescor tibio anuncia un día de mucho calor. Las mulas aguardan nerviosas el ajuste de la yunta. Su amo las guía por caminos estrechos, inventados tiempo atrás. Estas mulas son obedientes y fuertes, pero nada que ver con aquellas del Valle de Arán, que han desparecido. Ni siquiera en la Feria de San Andrés, en León, se encuentran. Si todavía hay mulas es porque sirven para tirar de los carros de El Rocío. De otra forma, tal vez sólo se verían en las fotos.
Hay que llegar hasta la parte alta de la sierra, dejar el collado atrás y subir a una de las moles de granito, picuda, en la que los troncos han caído forzados por la lluvia, el viento y el paso de los años. Hay que llegar antes de que se empiecen a pudrir y sirvan sólo para leña. La labor no es fácil. Las máquinas se han llevado la madera de abajo y las del linde del camino. Las de fácil acceso.
Rodeado de caídas fatales, el mulero selecciona el tronco y lo amarra a las cadenas ligadas al yugo. Algunos superan los 7 metros, rígidos, y las mulas, azuzadas por el amo, tiran de ellos para sacarlos al camino. Volverán a repetir la operación hasta limpiar la zona. Los muleros veteranos recuerdan que cuando no había lucha por llegar abajo, se pelaban los pinos y se abandonaba la corteza para el humus.
En el descenso de la senda, desniveles de varios grados obligan a las bestias a frenar. Hay que lograr compensar la inercia que les empuja hacia abajo y la fuerza de cientos de kilos que las frena. La técnica se aprende mirando. El oficio ha pasado de padres a hijos durante generaciones, y los chiquillos no preguntaban cuando de madrugada cargaban el carro y se dirigían al monte. Sólo miraban, y aprendían lo que luego les tocaría a ellos enseñar.
Diez troncos es el fruto de una jornada. Ahora es un tractor, no el carro, el que lleva la carga hasta el puesto de subasta. Esta madera tiene que ajustarse al precio de mercado. Que haya sido lograda a base de esfuerzo, de sabiduría, de respeto medioambiental; que su presencia garantice limpieza de cumbres, prevención de incendios y saneamiento del suelo no suma enteros. Es un valor que no cuantifica.
Ya no quedan muleros en Gredos. Su oficio no les da para ganarse la vida. Se han despedido de sus mulas. De sus cumbres. De las madrugadas de ir a por pinos. Estas imágenes son testimonio de otro tiempo. No son folclore. Ser mulero era un oficio.
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