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Josefina Aldecoa, escritora y fundadora del Colegio Estilo: "Tengo 80 años y todos los días me levanto para ir al colegio"

 Josefina Aldecoa se retrasa. Su hija Susana, actual directora del colegio Estilo la disculpa: "Hoy tiene dos entrevistas". La espera se hace corta ojeando el edificio viejo del Viso de Madrid. En él, en 1959, Aldecoa fundó un centro escolar bajo las premisas de la Institución Libre de Enseñanza. Ya entonces era mixto y se buscaba "ayudar a los niños y las niñas a crecer dándoles la oportunidad de que desarrollen al máximo sus capacidades, que suelen ir unidas a sus aficiones". Estos principios, como los muros entre los que se transmiten, se han mantenido firmes.

Se educa desde el primer año de vida del niño: la enseñanza es un apoyo a la educación

Entra por su puerta la mujer, octogenaria. Nadie lo diría. El paso de los años ha cincelado en su rostro la inteligencia, la determinación y la curiosidad. Sentada junto a la ventana de su despacho, repara en una fotografía en blanco y negro tomada el día de la inauguración del colegio. "La enseñanza no cambia. Las leyes, los proyectos curriculares y los libros pueden hacerlo; el amor a la lectura y a la pintura, el compañerismo, la capacidad de superación y la generosidad son inmutables". Son palabras de una pedagoga, que no maestra -"yo no lo soy, lo fueron mi abuela y madre; yo sólo fundé un colegio"-, que comparte su pasión por la enseñanza con su otra vocación: la escritura. Autora de 11 novelas, decenas de cuentos y selecciones de relatos, esta primavera vio la luz su primer manuscrito, "La casa gris", una narración que guardó en un baúl en 1950 y que ahí se quedó a lo largo de los últimos 56 años. Durante ese tiempo, Josefina Aldecoa ha devorado la vida, "las horas, los minutos, los segundos".

Fundadora de un colegio y escritora. ¿Cuál es el oficio y cuál la pasión?

 Mis cuadernos me acompañan todo el año: los de enseñar y los de escribir. Tengo 80 años y todos los días me levanto para ir al colegio. No puedo renunciar a la enseñanza, me da vitalidad. Me liga a la sociedad y a la sabia nueva. Me estimula el día a día. Me gusta tener la obligación de acudir a las aulas. Tener la oportunidad de relacionarme con los padres y las madres, con el profesorado y con los alumnos. La literatura en cambio es un trabajo solitario. Escojo el verano, que lo tengo de maestra y por lo tanto es largo, y lo dedico a ordenar todas esas notas que he ido apuntando durante el curso y que pueden terminar siendo una novela o un cuento. O nada.

Estuvo 25 años sin publicar. ¿Dudaba sobre ser escritora?

Cuando murió Ignacio me refugié en el colegio. No podía escribir, no tenía ganas. ¿Tanto tiempo pasé sin escribir? Puede ser. Él fue lo más importante que me ha pasado en la vida.

¿Por eso lleva su apellido?

Es un homenaje, algo fortuito porque regresé a la escritura recopilando sus cuentos y firmé como Josefina Rodríguez Aldecoa. El siguiente libro, "Los niños de la guerra", quitamos el Rodríguez.

Sin embargo, no parece usted una persona a la sombra de un hombre.

No lo he sido nunca. Creo firmemente en la independencia de la mujer, que necesariamente debe pasar por su autonomía económica. La mujer tradicional española ha heredado la creencia de que debe ser el alma del hogar y, si es preciso, ser una esclava de sus obligaciones, de sus hijos y de sus parejas. Abandonar esa idea es necesario, pero no se produce de la mañana a la noche. El mensaje que debe recibir la mujer es que puede hacerlo, pero para eso deben comprometerse las instituciones, ofreciendo caminos concretos para que la mujer pueda liberarse. Desde luego, esos caminos se inician en la educación y en los centros de enseñanza, pero hasta que la metamorfosis sea intrínseca hay que ofrecer oportunidades. Hace 100 años la mujer no podía cortar sus grilletes aunque estuviera en la misma situación que ahora: no le amparaba un Estado de Derecho ni una sensibilidad concreta, ni siquiera las leyes estaban de su parte. Hoy sí. Lo que sucede es que la mujer debe saber que cuenta con ese apoyo, y también debe saberse libre y buscar su autonomía económica como un principio vital.

Hace casi 100 años desde que Gabriela, la protagonista de "Historia de una maestra", contó su historia. Sin embargo, en sus páginas se reconocen problemas actuales, de la mujer y del mundo de la educación. ¿Tan poco ha cambiado nuestro país?

Los procesos históricos son largos. La intención de cambio es todavía muy reciente, más si cabe si tenemos en cuenta el parón evolutivo que sufrimos durante la dictadura. Las semillas tienen que crecer y para hacerse fuertes necesitan tiempo. Los cambios que afectan a la esencia social transcurren de manera apacible. Para lograr otro sistema educativo se necesitan tres generaciones íntegras. Los albores los conocerá la madre, los encontrará la hija y los disfrutará la nieta.

¿Y en qué se fundamentan esos cambios?

Antes de nada distingamos educación y enseñanza. La educación la dan los padres. Las normas de conducta, las creencias, los principios y la ética: ahí está todo. Y se educa desde el primer año de la vida del niño. La infancia entera es decisiva, pero no podemos olvidar que ésta empieza desde el nacimiento. La enseñanza por su parte es un apoyo a la educación. Es la transmisión de conocimientos. Pero no puede sustituir, ni aunque quisiera podría hacerlo, la acción de la familia. Ambas se conjugan en procurar felicidad, y entiendo por felicidad la satisfacción de aprender a hacer algo que merezca la pena. Me da igual que sea escalar una montaña o hacer un transplante de corazón.

Usted es directora de un centro privado, ¿qué opinión le merece la escuela pública?

La escuela pública tiene grandes profesionales, con una gran vocación. Es cierto que mucha de su historia está ligada con los poderes públicos, no en vano la escolarización masiva en este país se acometió durante el anterior régimen y éste tenía muy controladas sus "escuelas nacionales". Pero ahora, en plena democracia, todos deberíamos ver a la pública como la escuela propia. Luego hay opciones particulares o minoritarias que responden a la sensibilidad de un grupo de personas, y la Constitución reconoce el derecho de las familias a procurar a sus hijos la educación que quieran. Pero en la gran mayoría de las ocasiones, la educación pública debería ser tomada como una opción muy digna y de confianza.

Sin embargo, presenta problemas que no deben obviarse: centros que concentran la inmigración, un profesorado que dice sentirse desprotegido, adolescentes que no quieren aprender...

Excepto la inmigración, los problemas son comunes a todos los centros, pero la solución principalmente está en los padres y las madres. Reconozco que hacen lo posible por dar a sus hijos todo tipo de cariño, pero no disponen de tiempo para estar con ellos, sobre todo en las grandes ciudades. Lo que más necesitan los hijos desde que nacen es el afecto. Y mucha observación. Hay que dejarse guiar por los hijos. No por el capricho momentáneo de un niño a los 10 años, pero sí intentar descubrir sus necesidades y sus cualidades. Esto nos posibilita motivar sus capacidades y sus aficiones. Los progenitores, y también los maestros, deben respetar los gustos de los niños aunque no sean los propios. Por mucho que una madre quiera que su hija sea juez, si ella quiere ser poeta, ¿por qué ponerle trabas?

¿Y la inmigración?

No se puede culpar a los estudiantes que desconocen el idioma. Los profesores -yo confío mucho en los maestros- reclaman medidas que contemplen la situación y aseguran que los problemas, en un porcentaje muy alto, están motivados por desconocimiento de la lengua. Sin embargo, los niños tienen la ventaja de que aprenden otro idioma de manera casi espontánea. Además, están en un centro con otros niños, con lo que la ponen rápidamente en práctica. Primero que aprendan a hablar y a leer, después ya aprenderán las materias. En general, existe un desconcierto que hace que todo el mundo esté preocupado por la educación. Para mí ha sido siempre, y sigue siendo, el principal problema de un país. Soy poco amiga de los consejos, pero me gustaría invitar a la gente que viaje. Que tenga sed y hambre de cultura y se descubra a sí misma distinta, inmigrante.

Precisamente usted viajó cuando era algo... ¿raro?

Rarísimo. Era el año 50. Me encontré con Emilia Moliner, sobrina de María, y como hacía tiempo que no le veía le pregunté dónde había estado. Me dijo que en Londres había una residencia de mujeres que en verano aceptaban extranjeras. Le pedí la dirección y allí me fui. La Guerra Mundial estaba muy reciente. Tenía 24 años, y viví una experiencia vital determinante. Había escrito cuentos, pero al volver me enfrasqué en una novela. La mandé a un premio, que no voy a revelar cuál es, y por supuesto no gané. Recuerdo que se lo dieron a un plagio. Y malvada de mí me alegré cuando se descubrió el engaño. Guardé el original y lo olvidé. Pero hace un año mi hija lo encontró y me dijo que se lo enseñara a Amaia Lezcano, la directora literaria de Alfaguara. Salió esta primavera y ya va por la segunda edición.

Todo ese tiempo fue un borrador. ¿Tiene algún otro libro en un cajón o en el disco duro del ordenador esperando a salir?

Escribo a máquina. Mi editorial quería que utilizara un ordenador y me puso uno, incluso me mandó un experto para que me enseñara a usarlo. Una vez aprendí, regalé el ordenador a mi nieto y seguí usando mi máquina. Mantengo el correo electrónico pero su gestión es competencia de mi nieto. La verdad es que he sido poco aficionada a la electrónica o la mecánica, o los nuevos inventos. Dejo que entren en mi entorno, pero no me entusiasman.

Sin embargo, siempre ha estado en la vanguardia cultural, ¿se siente ahora mayor?

Soy mayor, pero eso no significa inactividad ni perder la curiosidad. Mi madre murió con muchos años, y a la edad que tengo yo ahora se puso a estudiar inglés porque decía que era una asignatura que tenía pendiente. Consiguió leer en esa lengua. Esto corrobora mi convencimiento de que la vejez está muy desaprovechada. No sé si las neuronas se mueren, pero sé que las que quedan siguen activas. Hay que aprovecharlas para hacer cosas útiles, y no sólo ejercer de abuelos, también buscar actividades y experiencias individuales que dan sentido a la vida hasta el final.


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