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Roberto Urrutia, educador social y portavoz de la Asociación de Gitanos La Majarí: "El valor de la familia determina el comportamiento gitano"

 Profesor de acordeón, amante de las rancheras y de la pelota mano. Treintañero, soltero y educador social. Roberto Urrutia es todo esto y, además, portavoz de la Asociación de Gitanos La Majarí, con sede en Navarra. Su actuación está centrada en las necesidades de las familias gitanas, a quienes procura atención, recursos y oportunidades para que su situación, en demasiadas ocasiones marginal, se vea dignificada. Habla de familias, y no de colectivo. "Este término está bien para hablar de un grupo de profesionales con intereses en común, pero si nos referimos a los gitanos, hablamos de personas con una cultura común, con un pasado y unos valores propios, incluso con unos rasgos físicos determinados. Nosotros somos un pueblo, el pueblo gitano", reivindica.

¿Por qué una asociación de gitanos?

Seguimos siendo una minoría no censada porque nadie nos pregunta si somos gitanos y no hay una casilla para rellenar en el padrón

Durante los 25 años que llevamos como asociación las razones que justifican nuestra existencia han variado. Las necesidades hace tres décadas son distintas a las de ahora. De hecho, la Majarí surgió de una iniciativa de Cáritas con un grupo de gitanos que acercaron los protocolos de salud a sus familias: calendario de vacunas, pautas de higiene, mediación de recursos. Ahora nuestros objetivos son más ambiciosos y están centrados en la promoción de la cultura. Facilitamos a los socios el encuentro con habilidades, manifestaciones y conocimientos de la sociedad en la que vivimos. Pero también tratamos de dar a conocer y transmitir nuestra cultura a esta sociedad. Todo ello con una visión gitana, con pautas gitanas, para que el logro sea eficaz porque es necesario reconocer nuestra realidad. Somos gitanos.

¿Y son tan diferentes a la mayoría, a pesar de vivir en el mismo entorno?

Sin duda. Pero no veamos las diferencias como algo malo. Están ahí, tratemos de entenderlas y de enriquecernos con ellas, no pretendamos negarlas ni anularlas. Los gitanos tenemos detrás una historia que nos antecede y que nos condiciona. Nuestras raíces, que no rechazamos, nos enorgullecen y nos llevan a ver la vida de una determinada manera. La tradición, aquello que nuestros anteriores creen bueno y tratan de proteger y transmitir, es particular. Todo esto nos lleva a comportarnos de una manera concreta, la gitana. Pero las diferencias no deben alejarnos.

¿En qué se concretan esas diferencias que proclama y defiende?

El valor que se tiene de la familia es particular. Ahí estaría la clave de todo. No diré que nuestra concepción de la familia sea mejor o peor, pero sí definitiva. Esto conduce, por ejemplo, a que los jóvenes se casen pronto. Sienten la necesidad de formarse en pareja con hijos y seguir ampliando la familia. Les compensa esa vida. No quieren esperar a tener piso o trabajo estable.

Su respuesta me lleva directamente a otra pregunta. La comunidad gitana está a la cabeza del absentismo escolar. ¿Qué sucede?

  La Primaria se cumple. Los gitanos queremos que nuestros hijos e hijas vayan a la escuela a aprender. El problema llega en Secundaria. La reforma educativa que obligó a la escolarización hasta los 16 años no nos ha ayudado. Los cambios que implicó fueron radicales. El que los chavales a los 12 años tuvieran que cambiar de centro e ir al instituto siendo tan críos no fue positivo, al menos para nosotros. Aquí entran en juego muchos matices. Que una niña de 12 años comparta espacio con adolescentes de hasta 18 nos incomoda. La realidad es así. Insisto, no vamos a juzgarla. Tal vez tengamos que aprender a confiar y a no protegernos tanto entre nosotros, pero nuestra historia, la que llevamos en nuestros genes, nos narra que hemos sido muy perseguidos, y esto, de manera instintiva, nos lleva a resguardarnos entre nosotros. Otro matiz es que la educación académica y reglada no ha sido vista como un valor. Esa necesidad de conocimientos útiles o aplicables para determinadas disciplinas se dejaba para otros. Ahora intentamos corregirlo o, mejor dicho, apoyamos al gitano o la gitana que quiere estudiar una carrera. Y por redondear los matices, le diré que en muchas ocasiones el gitano no ve reflejada su realidad en la escuela. Es más, se siente alejado de lo que le cuentan.

¿En qué concretaría esto último?

Yo he ido a la escuela y nunca he estudiado ni he visto ejemplos de nuestra historia. La Historia del pueblo gitano. Ni en el arte, ni en la literatura, ni en ninguna asignatura. El desconocimiento que tienen mis compañeros respecto de mi cultura y de mi pueblo es total. Y somos vecinos, en muchos casos desde generaciones, pero ni siquiera saben que nuestro origen está en la India. Demandamos a las instituciones que nos incluyan en sus programas, no como una anécdota, sino como parte de la realidad.

El gitano era nómada, y sin embargo, en esta época en que el turismo es un bien de consumo y un objetivo para muchos, no es viajero.

Bueno, tal vez porque el turismo lo siente como algo banal. Esa necesidad de recorrer kilómetros para conocer un sitio no le apremia al gitano, y en cambio la de viajar para pasar una temporada en casa de unos familiares sí. Lo que para otros sería todo un cambio de residencia, para nosotros es un tiempo de paso. Ahí queda reflejado nuestro nomadismo, que yo relaciono con un rasgo muy gitano: la falta de perspectiva de futuro, o al menos de un futuro lejano. Vivimos al día, y esto se manifiesta en muchas de nuestras actuaciones y choca con la cultura del ahorro, del pago a plazos y de tantas otras cosas.

De la vivienda, por ejemplo.

Estamos llegando a una estructura de ciudades herméticas. Antes, cierto que había menos vecinos, menos barrios y menos calles, pero podías encontrar en la misma calle, o en una cercana, diferentes tipos de personas, el vecindario era heterogéneo. Ahora las zonas se encasillan cada vez más y se separan los grupos sociales. Y si bien el alto coste de la vivienda afecta a toda la sociedad, sin duda, en los grupos más marginales y con menos recursos hace estragos. De éstos formamos parte las familias gitanas. Nos vemos abocados a irnos lejos de los centros ciudades y nos buscamos para estar arropados, con lo que terminamos haciendo espacios propios. No hace mucho tiempo, en mi ciudad, esto no era así. Las familias gitanas vivían en muchas casas, calles y lugares. Parece que al no ser ahora así, no lo ha sido nunca. Y no, esto ha cambiado.

Escuchándole recuperamos aquella idea de que el gitano es el inmigrante perpetuo, el extranjero con más de 500 años de residencia en Europa.

  Seguimos siendo una minoría, no censada, porque nadie nos pregunta si somos gitanos y no hay una casilla para rellenar en el padrón. Pero hacemos mucha vida de comunidad y esto nos lleva a reconocernos. Puede sorprender a quien no quiera entender que la familia es tan importante para nosotros, tan determinante que incluso nos diferencia físicamente. Yo soy capaz de saber los apellidos por las facciones, es como si nos delatara un rasgo físico característico: los ojos azules, los labios finos, la tez oscura.

Hablaba antes de que no les gusta que la niña de 12 años comparta instituto con chavales de 18. Son innegables los cambios que se han producido en la situación de la mujer en las últimas décadas, y es un proceso imparable. ¿Cómo se vive en el mundo gitano?

Vivimos en una sociedad machista, para todos. Y la cultura gitana es machista. Tal vez más, pero la discusión, si no me equivoco, no es cuantitativa. Por tanto, nadie tiene que venir a decir cómo liberar a la mujer gitana, ni a dar ejemplo, si es que pudiera darlo. Es la mujer gitana la que tiene que saber o procurarse una mayor independencia. Pero no podemos olvidar que en el valor de la familia está implícita la maternidad. Y por eso, la mujer quiere ser madre, y quiere estar con sus hijos, y no le importan muchas otras cosas.

¿Pero qué sucede cuando una mujer gitana quiere hacer otra cosa con su vida? ¿Hasta qué punto pesa la obligación de casarse?

Hablar de casamientos concertados como una costumbre actual y habitual son ganas de hacer perdurar el estereotipo. En asociaciones como ésta a la que pertenezco tratamos de hacer ver que la edad para ser madre puede retrasarse. Desde luego, tal y como está el panorama laboral y social, es obvio que cuanta mayor formación se tenga, mayor libertad y seguridad se obtiene, algo que beneficia también a los hijos. Hoy, si una chica muestra cualidades, ganas e interés por seguir estudiando, son ella y su familia quienes analizan la posibilidad de que estudie. Nosotros no tenemos nada que decir ahí. Si nos piden apoyo, procuraremos dárselo, pero desde luego no dictamos qué comportamiento es bueno o malo, pues todos son dignos.

¿Por qué tiene que trasladarse toda una familia cuando alguno de sus miembros es hospitalizado?

Lo necesita el enfermo, de veras, si no se siente acompañado por todos sus seres queridos no lo pasa bien. La familia, ya lo dije, es lo más importante. Está por encima de cualquier cosa. Son conductas aprendidas, que sabemos debemos conciliar con las normas no escritas. Pero esa persona que tiene la sensación de que hay muchos gitanos en el hospital, debería preguntarse: ¿si el grupo no fuera de gitanos, lo sentiría tan numeroso? Además, yo creo que en esa crítica también hay mucha envidia.

¿El consejo de ancianos puede llegar a representar un sistema judicial paralelo?

El criterio de los gitanos de respeto -que no patriarcas, pues ese término no es nuestro- es muy valioso, pero no es comparable a un juicio. No se trata de aplicar leyes escritas o códigos penales. Se trata de que su sabiduría, respetada y reconocida, sirve para ofrecer consejo o tomar una decisión cuando hay que solucionar problemas.

La delincuencia está muy presente en las familias gitanas.

Eso dicen los medios de comunicación cuando recalcan que el delincuente es gitano, como si fuera un rasgo criminal más. La delincuencia está ligada a la marginalidad y al fracaso escolar. El chaval que no vaya a la escuela, que tenga horas muertas y que no tenga aficiones saludables está comprando boletos para terminar en la marginación. Esto a la familia gitana le preocupa mucho. Son numerosas las asociaciones como la mía en las que se organizan programas antidroga, ofreciendo alternativas de ocio y deportistas.

En estos momentos hay una corriente que intenta recuperar el Romanó, ¿conoce a quien lo hable?

Buff, es una lengua muy difícil y desconocida. Lo que sí hablamos es caló, un dialecto mezcla de Romanó y castellano, irreconocible para un profano, y muy complicado de aprender, pues no está reglado. Hay que mamarlo.

¿Qué me dice de la capacidad de cantar y bailar? ¿También es innata?

Nacemos con un sentido del ritmo muy grande. Tenemos facultades y aptitudes. No todos, pero las habilidades se potencian. Y desde luego, un niño con mal oído, pero acunado a base de rumba, canciones y bailes, al menos tendrá el gusto por el arte. Para nosotros el arte, el flamenco, es una manera de entender la vida: es la manera de vivir la vida.


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