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El valor emocional de los alimentos: Tregua navideña para las dietas

Saltarse moderadamente el régimen en las fechas festivas, lejos de ser perjudicial, puede ser incluso conveniente desde un punto de vista emocional

  ¿Se ha preguntado por qué algunas personas parecen no tener fuerza de voluntad para seguir una dieta durante un periodo suficiente como para notar sus efectos? ¿O por qué las tentaciones se sienten de forma especial con algunos alimentos mientras que otros parecen no existir? ¿O cuáles pueden ser las razones que llevan a una persona a ingerir más alimentos de los que necesita, a pesar de saber que este comportamiento acabará, antes o después, en unos kilos de más que perjudican su salud?

Circunstancias sociales, personales, psicológicas y emocionales motivan que a muchas personas no les resulte fácil seguir una dieta, sobre todo en días señalados como Navidad, vacaciones estivales, un cumpleaños, una comida familiar, etc., dado el aspecto sentimental que acompaña la celebración de esos días. A estas situaciones se une el hecho de que mucha gente complica su propio seguimiento de una dieta por plantearse objetivos a muy corto plazo o metas inalcanzables, como puede ser perder un número determinado de kilos en pocos meses ante la llegada del verano -la temida "operación biquini"-, ponerse a dieta en Navidad creyendo que es la solución para no caer en la tentación de comer turrón, o llegar a obsesionarse con los alimentos y sus calorías ante la posibilidad de engordar 2 ó 3 kilos en estas fechas.

Huir del "todo o nada"

La renuncia absoluta a algo porque no podemos conseguir todo lo que deseamos, lo que en psicología se denomina mecanismo de "todo o nada", explica la frustración y el desánimo de no pocas personas, que ven más obstáculos que facilidades para conseguir su objetivo: perder peso o mantenerse en un peso saludable.

  Esta actitud aflora con más frecuencia en épocas concretas como los meses previos al verano o a la Navidad, en las que esperamos ver con ansia los resultados de la dieta. Hay que entender que cada persona tiene sus limitaciones y que se debe disfrutar con lo que hemos sido capaces de conseguir hasta ese momento. Por ejemplo: "he comido entremeses y turrón, hoy me salto la dieta y mañana me pongo en orden". ¿No nos sentiremos mejor así, disfrutando de un pequeño extra, con la tranquilidad de que si nos moderamos el resto del día, en otras celebraciones también nos podremos conceder un capricho?

Algo más que fuerza de voluntad

Una dieta no es algo tan simple como ajustarse a las calorías que una persona necesita para perder peso. Para que una dieta dé buenos resultados, quien la sigue ha de ser consciente de que en su forma de alimentarse y en su peso influyen muchos aspectos, como la genética, su cultura, sus costumbres, su familia, su situación económica, la moda de los alimentos, los horarios y el ritmo de trabajo... La genética, por ejemplo, determina la corpulencia de cada individuo, es decir, su tamaño y su metabolismo basal, y, por tanto, sus necesidades mínimas de energía. De la cultura a la que pertenece se aprende entre otras cosas a desear más ciertos alimentos y a conceder más o menos importancia a la estética o a la salud. Y la familia también deja su impronta en la forma en la que nos comportamos con la comida: en la manera de cocinar, en la elección de determinados alimentos, en los conocimientos más o menos acertados acerca de los alimentos y sus propiedades...

Además, el comportamiento de los más allegados influye, y mucho, para que quien sigue una dieta se sienta cómodo, seguro de sí mismo, a gusto con su apariencia física. Los hábitos alimentarios de las personas con las que convive pueden convertir su decisión de cuidar su alimentación en algo muy fácil o muy complicado. Por ejemplo, no ayuda a cumplir una dieta observar cómo la pareja come pizza mientras quien debe controlar su dieta se prepara una ensalada y una tortilla, ni el ofrecer con frecuencia alimentos calóricos a alguien que sabemos tiene dificultades para reprimir la tentación.

El valor simbólico de los alimentos

A todo lo dicho se une el valor simbólico que tienen los alimentos. Quienes hayan seguido alguna dieta por el motivo que sea (adelgazar, engordar o controlar la tensión, el colesterol, la diabetes...), han sentido en algún momento la tentación de comer lo que menos les conviene. Para comprender por qué cuando nos ponemos a dieta nos tientan de manera particular ciertos alimentos, hemos de entender que también las cosas del comer van cargadas de valor simbólico y emocional, que están compuestas de algo más que nutrientes (hidratos de carbono, proteínas, vitaminas...). Tendemos a asociar ciertos alimentos a emociones, a determinadas personas o situaciones de nuestra vida, a buenos o malos recuerdos, etc. Y muchas de estas asociaciones son necesarias para nuestra estabilidad emocional.

Los expertos en psicología ya advierten sobre qué hacer frente a alimentos cargados de un gran valor simbólico y emocional cuando se está a dieta en circunstancias concretas, como pueden ser las Navidades. Y el consejo de muchos de ellos es que no debemos prescindir de dichos alimentos. Simplemente, debemos ser conscientes de que los necesitamos de vez en cuando para sentirnos bien, lo que no debe generar ningún tipo de trauma e inseguridad. Y los días navideños bien pueden ser uno de esos momentos. Disfrutar al máximo del alimento y saborearlo ocasionalmente y en pequeña dosis es la mejor terapia para sentirse mejor de ánimo y para continuar con éxito la dieta. Es la manera de que las necesidades psicológicas que se esconden detrás del valor de ese alimento (sentirse querido, acompañado, elegido, etc.) queden satisfechas.

El mantenimiento de un peso correcto o el tratamiento de una enfermedad a través de la dieta más adecuada exige que sepamos planificar la alimentación en el tiempo, más allá de los días inmediatos, aunque, por supuesto, sin renunciar para siempre al placer que nos proporcionan determinados alimentos tomados en medida y en momentos concretos.


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