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Objetivo: Evitar lesiones: Pistas para un descenso seguro

Una escasa preparación física y la práctica incontrolada del esquí pueden causar daños graves y permanentes para terceros o para el propio esquiador.

  El descenso con esquís por una ladera nevada rodeada de bosque ya no es una práctica elitista o un coto de privilegiados. El año pasado las estaciones invernales españolas recibieron la visita de más de seis millones de esquiadores, un 2% más que en la temporada 2002-2003. Gracias a la inversión efectuada, que sólo en esta temporada 2004/2005 asciende a más de 111 millones de euros, las pistas han ganado en amplitud y, sobre todo, en seguridad. El material también ha ido evolucionando para hacer más fácil y segura esta práctica deportiva. Pero no podemos olvidar que el esquí sigue siendo un deporte de riesgo. Aunque la seguridad aumenta, también se ha incrementado la velocidad en las pistas. Esto explica que el 6% de los esquiadores sufra algún tipo de lesión o percance, que su número aumente y que cada invierno 200.000 españoles contraten un seguro de esquí. A la excesiva velocidad se suma la falta de conocimiento de las más elementales normas de seguridad en las pistas como principales responsables de estos accidentes.

Conscientes de la importancia de la seguridad, las estaciones han realizado esta temporada un especial esfuerzo para garantizarla. Así, se ha insistido en el uso del casco y se ha editado una guía cívica del esquiador con la que se pretenden eliminar ciertos comportamientos temerarios que adopta una mínima parte de visitantes y que ponen en peligro al resto de esquiadores.

En ella, los responsables de las estaciones hacen un llamamiento al civismo y ofrecen al esquiador las normas elementales de seguridad que le permitan disfrutar más y mejor de este deporte. En esta línea se enmarca la potestad de las estaciones de retirar el forfait y expulsar de sus pistas a los practicantes que pongan en peligro la seguridad de los demás esquiadores y la suya propia. En las estaciones de la vecina Andorra han ido más allá y han creado la figura de un vigilante o policía de nieve, capacitado para imponer graves sanciones en caso de que fuese necesario.

Lesiones del esquiador

  Es un hecho irrefutable que la práctica del esquí resulta muy saludable (mejora la condición física, incrementa el número de glóbulos rojos y blancos dada la altura a la que se practica, contribuye a la oxigenación del organismo...). Sin embargo, arrastra un punto negro: la elevada incidencia de lesiones por los accidentes que se registran en las pistas. El 60% de las lesiones que se producen en este deporte afectan a los miembros inferiores, en especial a la rodilla porque es la parte del cuerpo que más trabaja y que más presión soporta; el 20% inciden en las manos, el 10% son traumatismos craneoencefálicos y el resto suelen ser lesiones de columna.

La lesión más significativa es la que afecta al ligamento anterior cruzado de la rodilla, que la atraviesa diagonalmente por debajo de la rótula. La probabilidad de que un esquiador sufra una lesión en el ligamiento anterior cruzado es 365 veces superior a la de la población general. También es común el llamado 'pulgar del esquiador', una lesión que consiste en la rotura de los ligamentos de este dedo y que se produce al tirar del pulgar hacia un lado por extender la mano al amortiguar una caída.

Entre los practicantes de snowboard la lesión clásica es la fractura de muñeca, debido a que las manos van libres y son la primera parte del cuerpo en apoyarse tras la caída. Sin embargo, la mayor amenaza para el esquiador es siempre la fractura de cadera y la de fémur. En la mayoría de los casos, se producen tras una pérdida de control del esquiador en un giro efectuado a velocidad excesiva y que acaba en un choque contra un árbol o una de las vallas protectoras de la pista.

Los efectos nocivos de los rayos de sol también afectan a los ojos. La fotoftalmia, un tipo de conjuntivitis, puede aparecer entre esquiadores que no se han protegido adecuadamente. Sus síntomas se perciben tras cuatro o seis horas de exposición a la luz solar y suelen ser lagrimeo, enrojecimiento del ojo y sensación de cuerpos extraños.

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