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La búsqueda de un hueco en la jornada para jugar con los hijos es casi tan importante para de su desarrollo como una adecuada alimentación. Sin embargo, jugar con nuestros hijos no es tarea fácil. A los padres y madres les puede resultar tedioso y muchas veces comporta un esfuerzo extra en una vida en la que cada día está más presente el estrés y menos el tiempo libre.
Las familias cohesionadas por el juego en la infancia de sus hijos afrontan mejor su adolescencia
Especialmente importante es el juego hasta los tres años de edad, dado que en ese periodo de tiempo niños y niñas juegan menos entre sí -al principio porque son demasiado pequeños- y prefieren a sus progenitores para explorar el mundo del juego. En esta línea, diversos estudios demuestran que las familias que han hecho del juego una base de unión en la infancia han tenido menos problemas en la turbulenta etapa de la adolescencia. Pero se pueden tener muy buenas intenciones y no saber cómo hacer ese encuentro atractivo y beneficioso.
Las conductas lúdicas están presentes desde el momento del nacimiento. Hasta los 8 meses, son su cuerpo y, esporádicamente, algún artículo muy familiar los que acaparan su atención. A partir de los 9 meses, todo lo que alcanza su mano es un juguete y cuando ve que es capaz de actuar sobre ello, repite la maniobra.
El 60% del tiempo que un niño permanece despierto en estas edades lo dedica a jugar, o al menos así debería ser. Esta puntualización es la llamada de atención de la Asociación Española de Pediatría, que advierte de que nuestros hijos están viendo reducido su tiempo de juego para ocuparlo en un ocio mucho más pasivo, basado en la tele o los videojuegos. También en esta franja de edad, aunque median juguetes, es imprescindible la presencia de un adulto. El niño o la niña todavía no requiere a sus iguales para entretenerse; podrá compartir espacio e incluso juguete con otros niños, pero no forman parte de su juego.
La pelota es una compañera esencial de juegos. Se imponen el 'corre y pilla', cantar y bailar, señalar poco a poco las partes del cuerpo...
El niño deja de ser un bebé y empieza a relacionarse con sus iguales, desea compartir sus juegos con ellos, al tiempo que adquiere mayor independencia de sus padres. Es capaz de entretenerse mucho tiempo jugando a solas, por lo que el tiempo de participación de los padres puede sustituirse por la lectura de un cuento.
Más allá de ser un mero un pasatiempo o diversión, el juego se considera hoy como un aprendizaje para la vida adulta. A esto se une la preocupación de los progenitores para que no sea la televisión quien entretenga a los más pequeños. La conjunción de ambos factores ha puesto de relieve que padres y madres deben promover el juego y también aprender cómo hacerlo. La necesidad de jugar es innata, así lo recoge en su artículo séptimo la Declaración de los Derechos de la Infancia de 1959, que cataloga el juego como un derecho universal, una evidencia del desarrollo cultural que aspira a procurar a los niños el mayor bienestar. Sus elementos definitorios son:
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