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Cuando se habla de terremotos tendemos a pensar en fenómenos ajenos a nuestro entorno. De hecho, las grandes catástrofes sísmicas que saltan a los titulares de los informativos se producen en regiones alejadas de nosotros. Sin embargo, no hay que olvidar que la Península Ibérica se sitúa en el borde suroeste de la placa euroasiática en su colisión con la placa africana. El desplazamiento tectónico entre ambos continentes provoca la actividad sísmica en la cuenca mediterránea y es la causa de los grandes terremotos en zonas como Grecia o Turquía. En España se registran anualmente entre 1.200 y 1.400 terremotos, de los que unos 870 no llegan a la magnitud 4 de la escala Richter.

La corteza de la Tierra está conformada por una docena de placas de unos 70 kilómetros de grosor. Estas placas tectónicas se están acomodando continuamente en un proceso que se produce desde hace millones de años y que ha ido dando la forma que hoy conocemos a la superficie de nuestro planeta. Consecuencia de ese fenómeno se han originado los continentes y los relieves geográficos, dentro de un proceso todavía inconcluso. En algunos casos estas placas chocan entre sí como grandes témpanos de tierra sobre un océano de magma, impidiendo su desplazamiento. Entonces una placa comienza a desplazarse sobre o bajo la otra, originando lentos cambios en la topografía. Pero si el movimiento es dificultado, comienza a acumularse una energía de tensión que en algún momento se liberará y una de las placas colisionará bruscamente contra la otra rompiéndola, liberándose entonces una cantidad de energía que origina el terremoto. Resumiendo mucho, un terremoto consiste en la liberación repentina, en forma de ondas que se propagan en todas direcciones, de la energía acumulada en la corteza terrestre.
Son las zonas en que las placas ejercen esta fuerza entre ellas y es el lugar en que, con más probabilidad, se originen fenómenos sísmicos. Sólo el 10% de los terremotos ocurren alejados de los límites de estas placas.
Es el punto en la profundidad de la Tierra desde donde se libera la energía en un terremoto. Puede estar a muchos kilómetros hacia el interior de la tierra.
Es el punto de la superficie de la Tierra directamente sobre el hipocentro. Es, generalmente, la localización de la superficie terrestre donde la intensidad del terremoto es mayor.
La medición se realiza a través de un instrumento llamado sismógrafo, que registra en un papel la vibración de la Tierra. Este aparato reconoce dos tipos de ondas: las superficiales, que viajan a través de la superficie terrestre y que producen la mayor vibración de ésta (y probablemente el mayor daño), y las centrales o corporales, que viajan a través de la Tierra desde su profundidad.
Representa la energía sísmica liberada en cada terremoto. Es una escala que crece en forma potencial o semilogarítmica, de manera que cada punto de aumento puede significar un incremento de energía diez o más veces mayor. Una magnitud 4 no es el doble de 2, sino que es cien veces mayor.
Creada en 1902 por el sismólogo italiano Giusseppe Mercalli, no se basa en los registros sismográficos sino en el efecto o daño producido en las estructuras y en la sensación percibida por la gente. Oscila entre el grado I y el XII.
Actualmente no existe ningún método capaz de predecir el tiempo, lugar y magnitud de un terremoto. Esta dificultad radica en el comportamiento no lineal y bastante caótico que tienen los movimientos sísmicos. Es más realista referirse al "riesgo" de terremotos, ya que no existe una certeza mayor que decir que en cierta zona hay una probabilidad estadística de que se registre un evento sísmico de magnitud variable desconocida.
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