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El ser humano no nada instintivamente. La habilidad para sostenerse y avanzar en el agua ha de ser aprendida. Este conocimiento se creía innecesario en el mundo occidental hasta bien entrado el siglo XX, incluso en sectores tan hidrodependientes como los pescadores. Pero hoy, aprender a nadar se ha convertido en una prioridad. La proliferación de piscinas y la elección de zonas costeras, ríos o pantanos como destinos mayoritarios en el ocio estival nos obliga a todos, desde niños a adultos, a adquirir conocimientos para familiarizarnos y sentirnos seguros en el agua. Además, las estadísticas revelan que si bien el número de personas que no saben nadar ha disminuido en las dos últimas décadas -sobre todo en las franjas de menor edad-, todavía es elevado el número de hombres y mujeres que han renunciado a sentirse cómodos dando unas brazadas. Y es que aprender a nadar no es sólo una opción de disfrute: el ahogamiento ocupa el séptimo lugar entre las causas de accidentes infantiles, y en la escala de accidentes mortales globales, los ocurridos en el agua ocupan el segundo puesto, sólo después de los accidentes de tráfico.
Cuanto antes se aprenda a nadar más fácil resulta, pero a cualquier edad es viable lograrlo. Conviene que sea un experto quien inicie a la persona adulta, pues así se asegura un aprendizaje consolidado. Si quien aprende es joven y no ha sufrido ningún accidente que le provoque más temor al agua que el lógico respeto, puede enseñarle un amigo o familiar, pero a la menor dificultad será el momento de acudir a una de las múltiples escuelas especializadas. Con diez sesiones bien diseñadas es posible aprender a nadar, aunque las lecciones consisten, más que en avanzar sobre el agua, en aprender a flotar y a respirar.
Aunque es recomendable familiarizar a los niños y niñas con el medio acuático desde que nacen, antes de los cuatro años son demasiado pequeños para desarrollar autonomía en el agua y adquirir los movimientos de la natación. Por eso, los pediatras animan a iniciar el aprendizaje desde bebés, pero teniendo muy presente que los programas de natación no garantizan la autonomía del niño, y hasta que no sean adolescentes, siempre que se bañen debe existir la supervisión de un adulto.
Para que el proceso de iniciación no resulte traumático y sí lo más fructífero posible, es muy importante presentar el agua como un elemento lúdico y natural desde los primeros baños en casa. Aunque cueste, se invita a que los padres y madres a que no utilicen una esponja para limpiar la cara de sus pequeños, es mejor que introduzcan su cabeza bajo el agua. Esto contribuye a que el pequeño no perciba la sensación de no respirar bajo el agua como algo ajeno y que provoca miedo.
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