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La terapia basada en la combinación de fármacos es la que se ha revelado más eficaz
Se calcula que dos de cada diez personas se ven afectadas por una úlcera péptica alguna vez en su vida. Se trata de una lesión de la mucosa del estómago o del duodeno, en cuya génesis desempeñan un papel importante el ácido gástrico y la pepsina, enzima segregada por la membrana mucosa del estómago que digiere las proteínas.
Las principales y más frecuentes formas de úlcera péptica son la úlcera gástrica (del estómago) y la úlcera de duodeno.
La úlcera gástrica se manifiesta cada año en 0,5 casos por mil habitantes y aparece preferentemente entre los 55 y 65 años de edad -es raro que la sufran personas menores de 40 años- y afecta por igual a ambos sexos. La duodenal es algo más frecuente, con una incidencia anual de 1 caso cada mil habitantes. Surge mayoritariamente una vez superados los 45 años, pero no es inusual en gente más joven. Hace años afectaba más a los hombres, pero se ha producido un descenso entre éstos y un aumento entre las mujeres; actualmente tiene una prevalencia similar en ambos sexos.
Las dos enfermedades son crónicas, y están generadas por el bacilo Helicobacter pylori en el 80% de los casos de ulcera gástrica y en la totalidad de quienes sufren la duodenal. Aunque los conocimientos científicos sobre las causas de la úlcera péptica son todavía incompletos, se piensa que el Helicobacter pylori desempeña un papel central, pero que son necesarios también el ácido gástrico y la pepsina. El desarrollo de una úlcera depende del equilibrio entre los factores agresivos (principalmente, ácido gástrico y pepsina) y los que participan en la defensa de la mucosa o la resistencia a la ulceración. El medio gástrico es muy ácido y la mayoría de las bacterias sucumben en él, pero no el Helicobacter. De hecho, este bacilo se encuentra en el 60% de los estómagos de los adultos, pero la mayoría de las personas colonizadas nunca padecerán úlceras y permanecerán sin síntomas.
La úlcera dejada a su libre evolución presenta un curso clínico crónico, con remisiones espontáneas y episodios de recidiva a menudo relacionados con los cambios estacionales: la primavera y el otoño son las peores épocas para los ulcerosos. El síntoma más importante es el dolor epigástrico en la boca del estómago, que se percibe como dolor fuerte, ardor, daño corrosivo o sensación dolorosa de hambre. Aparece entre una y tres horas después de comer y se alivia con la ingesta de alimentos o la toma de antiácidos.
El 80% de los afectados padecen, además, dolores nocturnos. Otros síntomas de la úlcera son la pérdida de apetito y de peso. Más inespecíficas son otras manifestaciones, como náuseas, eructos o la sensación de distensión abdominal. Una úlcera puede sufrir complicaciones. Las más frecuentes son la hemorragia digestiva y la perforación, que se da más en hombres con úlcera duodenal y produce un cuadro de dolor muy intenso con síntomas de irritación peritoneal (cuadro de abdomen agudo), y una rápida evolución a una peritonitis. Aunque con menos frecuencia, también puede acabar perforada una víscera vecina, como el páncreas, el hígado o las vías biliares, y puede darse la estenosis pilórica, una estrechez a nivel del píloro (pequeña porción del estómago que sirve de puerta hacia el intestino, cerrándose o abriéndose para impedir o dejar paso a los alimentos) que separa el estómago del duodeno y que ocasiona vómitos alimentarios de retención, dolor más constante, pérdida de apetito y adelgazamiento.
El diagnóstico de la úlcera péptica se basa fundamentalmente en los síntomas. La endoscopia se utiliza para visualizar la lesión y tomar muestras que permitan completar el examen histológico e identificar el Helicobacter pylori, aunque todavía es escasa la accesibilidad inmediata a esta prueba para la mayoría de la población. De todos modos, la presencia del Helicobacter puede detectarse sin necesidad de prueba endoscópica: el test de la urea marcada en el aliento es muy fiable, así como la presencia de anticuerpos específicos en la sangre de los afectados.
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