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Cuanto menos se vea el foco y más lo que busca iluminar, mejor
En la cocina, tubos fluorescentes y fáciles de limpiar; en el cuarto de baño, focos potentes y una pantalla en los laterales del espejo que eviten sombras; en el comedor, luces indirectas y suaves; en el salón, combinación de lámparas de luz baja; en los pasillos, apliques que iluminen los objetos, y en el recibidor, luces puntuales. En los dormitorios, lámparas. Ésta es la fórmula para dar luz a un hogar. A partir de ahí las combinaciones son múltiples, pero siempre habrán de dar respuesta a dos preguntas: qué queremos alumbrar y con qué tipo de luz. Ambas cuestiones determinarán la forma de iluminar nuestra casa, un elemento al que se le presta escasa atención y que, sin embargo, define el espacio, el ambiente e incluso el grado de confortabilidad que una estancia.
Una correcta distribución de los tres tipos de iluminación (general, ambiental y puntual) es la clave para acertar
Se busca otorgar visibilidad, pero también lograr el grado de iluminación adecuado para que la actividad que acoge cada estancia pueda ser realizada con seguridad y precisión. Cuanto menos se vea el foco y más lo que busca iluminar, se consigue mayor calidad de luz, y con ello mayor grado de confort.
Las luces generales iluminan la estancia a través de tubos fluorescentes, lámparas de pie que se dirigen al techo, halógenas o apliques en la pared. Se trata una luz potente aunque difusa.
La cocina precisa una luz homogénea, bien de forma directa colocada en el techo o sobre la zona de trabajo, o ambas fórmulas. Al ser una estancia en que la luz se mantiene encendida de forma prolongada, son idóneos los tubos fluorescentes, que si bien consumen más energía en el momento de encenderlos, duran aproximadamente 8.000 horas y consumen en torno al 20% menos que una bombilla incandescente. Aunque la decisión sobre la cantidad de luz con que iluminar una estancia es muy personal, conviene consultar con un especialista para no quedarse corto ni excederse. La ubicación cardinal de las habitaciones y el uso que se haga de ellas determinarán en gran medida su iluminación. De poco vale dejarse guiar por una tabla que indique que para un salón de 18 de metros cuadrados se precisan 400 vatios, si no se contempla que el salón es muy horizontal o muy cuadrado. Ayudado por un aparato que mide la luminaria, el electricista se ocupará de aconsejarnos sobre la fuerza de luz que necesita una habitación para estar iluminada. Pero no hay reglas. Será el dueño de la vivienda quien decida si prefiere ambientes muy luminosos o más bien tenues.
Un espacio con un techo muy bajo puede dar una sensación agobiante, pero se suavizará si se ilumina intensamente el techo. La habitación se ensanchará considerablemente, aunque reducirá su profundidad. En EROSKI CONSUMER nos tomamos muy en serio la privacidad de tus datos, aviso legal. © Fundación EROSKI