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Los sitios de subastas de Internet ofrecen tantas oportunidades como peligros
La Red es, entre otras muchas cosas, un enorme rastrillo virtual. De la misma forma que permite comunicarse a personas de todo el mundo, sirve para reunir en un mismo lugar a vendedores y compradores ubicados en cualquier rincón del planeta.
Actuan como intermediarios entre usuarios de todo el mundo que deseen vender o comprar los más diversos productos
Los sitios web de subastas ofrecen la posibilidad de acceder a una casi infinita variedad de productos, que van desde los clásicos libros y discos de segunda mano, a licores, joyas, coches, antigüedades, entradas de espectáculos o billetes de avión. El usuario puede ponerse en contacto con internautas de todo el mundo con los que comparte aficiones y gustos, y adquirir a buen precio artículos que no había soñado localizar. También puede desempolvar los objetos del desván y hacer un dinerillo vendiendo lo que de otra forma estaba destinado al olvido o la basura.
No se puede hablar de subastas virtuales sin mencionar a eBay. Desde su nacimiento, en septiembre de 1995, y a pesar de la creciente competencia, no ha hecho otra cosa que crecer, devorar a la competencia y extenderse por una veintena de países. Se dice no existe nada que no se pueda comprar en eBay, algo que deja de ser una exageración al echar un vistazo a los más de 12 millones de artículos que se encuentran entre las 18.000 categorías del rey de las subastas.
El año pasado, los usuarios de eBay se intercambiaron artículos por valor de 14.870 millones de dólares, lo que da buena cuenta de la importancia de este 'mercadillo'. Y es que ya no se trata de un grupo de usuarios particulares pasando el rato comprando y vendiendo: las empresas colocan sus excedentes o venden los restos de una quiebra, las tiendas colocan sus escaparates en las subastas y decenas de miles de personas viven exclusivamente de hacer negocio en los rastros virtuales.
Los sitios de subastas funcionan como intermediarios virtuales entre compradores y vendedores, poniendo a su alcance una serie de herramientas para facilitar las transacciones. Tanto el que ofrece el artículo a subastar como el que puja deben registrarse previamente, requisito que suele ser gratuito.
Las reglas de participación en una subasta virtual difieren en cada sitio, por lo que es muy recomendable leerse la letra pequeña, sobre todo en lo concerniente a la seguridad y privacidad de los datos, así como a las tarifas y comisiones de todos los servicios disponibles (tarifas por publicación de anuncio, por 'destacados', por la opción 'cómpralo ya', por fijación de precio mínimo, etc.). Sin embargo, el funcionamiento básico es muy similar.
El vendedor coloca el artículo -o artículos en 'subasta holandesa' si dispone de varios iguales- dentro de alguna categoría, incluyendo toda la información que crea oportuna (especificaciones del producto, fotografías, etc.), así como el tiempo límite de la subasta, la forma de pago, gastos de envío y los países a donde alcanza la entrega. También fija el precio inicial y tiene la posibilidad de incluir un 'precio de reserva' oculto, por debajo del cual no estará obligado a aceptar la oferta. El precio inicial bajo es un gancho para los compradores, pero está muy mal visto que éste sea muy inferior al precio de reserva.
Los compradores acceden al producto en los listados de categorías o realizando búsquedas por artículos, precios, etc. Cuando se encuentra lo que se necesita, se realiza una puja a partir del precio inicial, que se irá incrementando según una cantidad especificada. Lo normal es que el comprador pueda hacer un seguimiento de cómo marchan las subastas de los artículos de su interés y recibir alertas por email para saber si su puja ha sido superada o si se acerca el final de la subasta. También se puede utilizar el sistema de 'puja automática', especificando una cantidad máxima, para no tener que estar siempre pendiente del desarrollo de la subasta.
Cuando se cumple la fecha y hora tope, el pujador que haya ofrecido la cantidad más alta se lleva el gato al agua. El sitio de subastas comunicará a vendedor y comprador el resultado, y éstos deberán ponerse en contacto para concretar las condiciones de la entrega (lo habitual es que el comprador corra con los gastos de envío). El intermediario cobra al vendedor una comisión, que ronda el 5%, sobre el precio final de venta. Una vez cerrada la subasta, el sitio web se lava las manos...
Siempre se dice que Internet es un reflejo del mundo real. Y las subastas no son una excepción. Al igual que hay que ir con los ojos bien abiertos cuando uno se adentra en un mercado a la caza de la ganga, hay que andar con pies de plomo sobre las subastas digitales.
Varias sentencias judiciales han liberado a los sitios de web de la responsabilidad sobre las transacciones realizadas en sus páginas. El subastero no puede garantizar la solvencia del comprador, ni siquiera que tenga la intención de pagar. Tampoco puede certificar la autenticidad de los artículos, si éstos cumplen con las características que su descripción promete o si el vendedor respetará las condiciones de entrega.
De hecho, las subastas online siempre se sitúan como la principal fuente del fraude en Internet, acaparando entre la mitad y más del 80% de las denuncias según distintos estudios. Las quejas abarcan desde la venta de gato por liebre o los artículos nunca entregados o pagados, hasta las demandas contra sitios de subastas que desaparecen sin previo aviso.
Pero no se puede decir que el usuario esté completamente desprotegido. Tanto los sitios de subastas como los participantes han creado herramientas para detectar y erradicar el fraude. Los primeros rastrean los lotes con complejos sistemas que localizan las ofertas (por el artículo o el vendedor) sospechosas, y los usuarios califican a los vendedores para que el pujador se haga una idea de con quien va a hacer negocios.
Además del fraude puro y duro, las subastas virtuales son un lugar proclive a la picaresca, donde abundan los trucos no siempre honestos. Los licitantes avezados, por ejemplo, lanzan su última oferta segundos antes de cerrarse la subasta, con lo que no dejan capacidad de respuesta. Tampoco es extraño, como ocurre con los trileros de la calle, que exista un socio que vaya animando la puja, papel que puede jugar el propio vendedor registrado con otro nombre.
Por encima de todos los consejos y precauciones, siempre hay que tener en cuenta la regla de oro: nadie da duros a pesetas. Las subastas pueden llegar a convertirse en un vicio que crea auténtica adicción, donde acaba siendo más importante ganar que adquirir un artículo verdaderamente útil. Pero nunca hay que perder de vista que en las subastas quien gana, paga.
En las subastas de Internet el usuario tiene acceso a una cantidad de artículos que jamás soñaría en un mercado real. Pero debe conformarse con esa variedad y con conseguir el objeto de deseo un poco por debajo del precio de mercado. Nadie regala nada.
Para obtener el máximo partido de una subasta virtual y evitar el fraude existen unas cuantas directrices básicas.
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