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La grandeza de ser débiles

  Vivimos tiempos en los que muchos piensan que ser (o mostrarse) fuertes, competitivos, dinámicos, agresivos, casi omnipotentes, constituye una garantía de supervivencia y éxito social. Y como lo que desemboca en éxito social se convierte en fuente de satisfacción, parece que podemos llegar a basar nuestra seguridad y bienestar emocional en el carácter, la competitividad y la preeminencia social.

El problema es que actuando según esos parámetros basamos la construcción de nuestra personalidad en criterios superficiales, engañosos y de resultados cuya duración será efímera. Este craso error tiene consecuencias de una magnitud equivalente: las consultas de los psicólogos están repletas de personas aparentemente fuertes, muy competitivas y bien situadas económica y socialmente que en un momento de su vida y por razones casi siempre ininteligibles para su entorno, han hecho crack, se han venido abajo, porque los cimientos de esa falsa firmeza se han resquebrajado hasta el extremo de requerir la intervención urgente de un especialista en cimientos. No otra cosa, en el ámbito del desarrollo personal, es el psicólogo.

Frente a esta ficticia seguridad que nos hace vivir instalados en la mentira y causarnos graves conflictos personales, la alternativa más eficaz y honesta es la autenticidad. En otras palabras, enfrentarse a uno mismo en la desnudez total y con la sinceridad necesaria para reconocer los propios límites y vivirlos sin traumas, con madurez, interpretándolos como lo que son, una parte de nuestra realidad cotidiana. Se trata de sentir la debilidad como algo tan profundamente humano que supone una satisfacción comprobar que cuanto más aceptamos nuestras limitaciones, más humanos somos.

El reconocimiento de nuestra vulnerabilidad tiene dos dimensiones, una a nivel individual y otra social.

El trabajo hacia dentro de nosotros mismos

Quienes reconocen sus limitaciones y nos las ocultan son mejor aceptados y considerados por los demás

Intentaremos adecuar lo que creemos ser como persona (nuestro yo ideal) a lo que realmente somos (el yo real). Es un ejercicio que puede parecer estúpido o innecesario porque "cada uno se conoce perfectamente a sí mismo". Nada más lejos de la realidad. No nos conocemos bien, al menos no suficientemente. O de tanto mentirnos hemos acabado creyéndonos distintos de como en realidad somos. Construimos la imagen que tenemos de nosotros mismos a partir de esa imagen nuestra que los demás nos trasmiten, y de nuestras ilusiones, sueños o proyecciones idealistas, no de nuestra manera real de ser, de pensar, sentir y actuar.

En otras palabras, que somos bien distintos de como nos vemos a nosotros mismos. Una prueba: propongamos a tres personas sinceras que nos conozcan bien que definan nuestro carácter, que nos digan, a tumba abierta y sin prevención alguna, cómo somos, cómo nos ven. Es casi seguro que esas tres versiones tendrán más en común entre ellas que con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Y ello porque a la hora de pensarnos, de vernos y definirnos como personas hilamos muy poco fino, por no decir que lo hacemos con cuerda de amarrar barcos.

Cuando este acercamiento al yo real se produce (seamos honestos: para conseguirlo se requiere, además de mucho esfuerzo, un poco de introspección y un mucho de sinceridad y capacidad de autocrítica), se descubren esas debilidades que ya conocíamos pero nos costaba re-conocer y asumir porque, inevitablemente, hacerlo nos supone sufrimiento o, cuando menos, un reencuentro con lo que menos nos gusta de nosotros mismos. La mayoría tendemos a pensar que somos mejores de lo que somos, e incluso quienes transitan preferentemente por caminos derrotistas o casi autodestructivos y tienen un concepto crítico y negativo de sí mismos, sufren cuando definen explícitamente sus limitaciones y han de asumirlas tal cual son. Una cosa es decir "me considero más bien pesimista", con el barniz estético-ideológico que lleva impregnada esa afirmación, y otra bien distinta reconocer como un defecto el hecho de que ante una determinada situación -problemática o no-, ese pesimismo frena, o directamente empeora, nuestra capacidad de reacción, de actuación.

La tarea hacia los demás

La otra dimensión, al social, consiste en conseguir que no nos importe aparecer socialmente como vulnerables, como seres imperfectos y limitados. No se trata, sin embargo, de ser autocompasivo, de autoinmolarse ante los demás, de pregonar nuestras miserias o agrandar nuestras limitaciones. Hemos de medir dónde, ante quién, cómo y cuáles de nuestras menos lucidas características personales hemos de exponer.. En nuestro entorno social hay personas que poco nos aportan o a las que importamos poco y, por qué no decirlo, otras que incluso se alegran de nuestros males. Obviamente, no constituyen el mejor terreno para sincerarnos, para desnudarnos psicológicamente. Hemos de seleccionar los ámbitos sociales merecedores de estos actos de sinceridad y de comunicación de nuestras interioridades.

Hay muchos ámbitos, como el de nuestros familiares adultos (con los hijos pequeños la sinceridad absoluta no siempre es conveniente), amigos íntimos o compañeros de trabajo con los que mantenemos una relación humana estrecha, en los que podemos y debemos poner en práctica esta exhibición (siempre calculada y medida) de nuestro yo más íntimo, puede resultar fértil y conveniente. Una vez elegido el medio social favorable, es un ejercicio muy positivo trasmitir nuestras limitaciones; eso sí, sin atropellar al otro con un caudal torrencial de duras o abruptas confesiones, descoordinadas y ajenas a la situación concreta que se vive en ese momento. Hemos de saber medir y ubicar nuestra sinceridad, para no abrumar y para conseguir un doble efecto positivo: que nos conozcan mejor (y, por tanto, no nos pidan imposibles) y que podamos vivir conforme a nuestra auténtica manera de ser, no siguiendo los criterios a que nos obliga la imagen que los demás tienen de nosotros o la que nosotros, equivocadamente, hemos contribuido a generar.

No se trata de despertar la compasión ajena, sino de dar a conocer nuestra manera de ser y sentir, de concedernos la oportunidad de comprobar cómo las personas de nuestro entorno nos comprenden mejor e incluso comienzan a sentirse más cómodas con nosotros cuando nos mostramos más humanos, más limitados y reales. De hecho, nos sentimos mejor con quienes se muestran cercanos, imperfectos y accesibles y nos consideran merecedores de escuchar sus confidencias. Y por el contrario, resultan menos amables aquellos que, por su apariencia de fortaleza, no parecen necesitarnos para nada. El mundo está lleno de falsos líderes, que, además de equivocar y engañar a los demás, sufren desempeñando un papel que no es el suyo. En nuestras manos está corregir estas coordenadas y resituarlas donde corresponde.

Reconocer y asumir nuestras limitaciones

Lo más conveniente, lo realmente saludable, es que el individuo reconozca sus limitaciones y las asuma con serenidad y espíritu de superación, entendiéndolas como un hecho incontestable y como parte irrenunciable de su peculiaridad como ser humano imperfecto, de su propia historia personal. De esa manera, puede que lamente haber cometido errores y experimentado fracasos, pero los integrará en su trayectoria vital, aprenderá de ellos y no se avergonzará porque al menos podrá aducir que ha intentado mejorar la situación. Y, sepámoslo, cuando ante un determinado problema analizamos primero la coyuntura y actuamos después con decisión y empeño, por mucho que el éxito no corone nuestra actuación nos cabe la satisfacción de haber hecho lo posible. Y de disponer de información que nos permitirá mejorar en futuras circunstancias y nos ayudará a evitar la repetición de los errores cometidos La persona que actúa de este modo acaba concibiéndose como lo que es un ser humano: un mosaico compuesto de piezas de todos los colores y texturas que forman un conjunto armónico, aunque algunas no sean muy afortunadas e incluso resulten contradictorias con el conjunto. En este ejercicio de la sunción de las propias limitaciones se acepta la vulnerabilidad, la debilidad en algunos apartados como un componente imprescindible de la propia personalidad, que en ocasiones incluso la enriquece y peculiaridad. Los demás perciben esas flaquezas o "defectos" como rasgos personales que nos convierten e más humanos, más cercanos.


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